De Vida y la muerte

vida.jpgHabía quedado el viernes con un amigo para hablar de la muerte. Más que de la muerte, queríamos hablar de la agonía. Un familiar suyo había muerto después de un par de años de pelea contra el cáncer y una lenta agonía de varias semanas. En el proceso mi amigo había concluido que no tenemos miedo a la muerte en sí, lo que realmente tememos es la degradación, la descomposición, el deterioro, el proceso de putrefacción anticipado por los síntomas de la enfermedad terminal. De aquí, mi amigo, encontró una posible respuesta a otra pregunta que, no hace mucho, nos planteamos: ¿Qué tendrá la belleza dentro para que no podamos resistirnos a ella?. Había llegado a la conclusión de que la belleza es el anuncio de la vida tanto como la agonía lo es de la muerte, por eso asociamos inconscientemente juventud y belleza. Además, este hallazgo serviría para enunciar una especie de ley de la atracción universal: La atracción que un sujeto siente por la belleza es inversamente proporcional a la distancia que le separa de la muerte. Cuanto menos nos queda de vida más nos atraen los atributos de la belleza. Que esta atracción no sea perfectamente lineal lo evita esa especie de rozamiento sentimental que —al igual que el rozamiento mecánico— frena y modera los impulsos atractivos. Vamos, que teníamos tema de conversación sesuda para varias noches. El destino quiso que nos encontrásemos en un bar atendido por dos camareras jóvenes, una negra, otra de piel blanca tatuada. Destacaban en el conjunto los ojos brillantes de la segunda que hacían sospechar una fuerte capacidad atractiva sobre unos cuarentones físicamente sanos como nosotros. No podría ser considerado un recurso literario que escribiese ahora “no sé cómo pasó” porque no tengo la menor idea de cómo pasó. Mi amigo tampoco ha sido capaz de explicarme. En un momento dado la de los tatuajes y los ojos brillantes nos puso un cóctel y nos pidió nuestra opinión. Somos malos bebedores de cerveza, le advertimos, no sabemos distinguir unos sabores de otros. Solo dadme vuestra opinión, no os preocupéis. El brebaje era esencialmente amargo. Se lo dijimos. Lo rebajó con sevenup mientras compartía con nosotros sus consideraciones sobre la injustificada mala fama del negroni y del vermú extra-amargo. Pese a que debíamos estar contentos por poder aliviar nuestra compulsión por la bebida, no podíamos evitar estar extrañados de tantas atenciones. Para defendernos —confirmando así nuestra mediocridad— empezamos a especular con la posibilidad de que el brillo de aquellos ojos se debiera más al consumo de estupefacientes que a la juventud. Eso nos relajó, habíamos aplicado sabiamente la navaja de Ockham para encontrar la explicación más simple a aquel misterio. Es bien sabido que no conviene relajarse y que todo lo que puede empeorar, empeora: Mientras bebíamos el segundo cóctel, apareció una tercera mujer joven —y cuando digo joven lo digo con datos: le faltaban tres días para cumplir veintisiete, esa edad maldita—. No creo que, a estas alturas, haga falta decir que nos habíamos olvidado de los temas trascendentes que teníamos pendientes y habíamos sido arrollados por una dinámica de viernes noche con sueños de seducción incluidos (pese a que ellas se cuidaron mucho de advertirnos que tenían novio). Nuestro inconsciente, imagino, se estaría justificando con argumentos del tipo ¿qué mejor forma de olvidarnos del deterioro y de la pena?, ¿cómo no disfrutar de estas cosas ahora que se ha confirmado que nos quedan cuatro días?. Había pasado el tiempo indefinido de las situaciones de intensidad elevada cuando alguien a nuestras espaldas gritó “¡Vida!”. Mi amigo y yo nos miramos como si el fantasma de su familiar nos estuviese llamando al orden desde algún más allá. Miramos hacia la voz y vimos los ojos brillantes de la tercera joven que burlona nos decía: ¿Qué os pasa?, sí, se llama Vida. Mi amigo y yo nos volvimos a mirar. El mundo se nos paró de golpe. Miramos a la una, miramos a la otra. Sonreían con la naturalidad de quien no tiene muertos en la familia. ¿Qué azar del destino nos había llevado a hablar de la muerte a un bar en el que la camarera se llama “Vida”? ¿Qué estigma o responsabilidad lleva alguien encima con ese nombre? ¿Debíamos irnos a casa corriendo a reflexionar sobre nuestra frivolidad o debíamos tomarnos aquello como una señal y apurar cóctel tras cóctel hasta encontrar la razón de ser de aquel azar? Estuvimos callados un par de minutos, mirando al suelo, valorando las posibilidades que nos quedaban de salvar nuestra dignidad. Era previsible que acabáramos pidiendo otro cóctel diciendo al unísono: “El último, ¿eh?”. No fue el último, claro. Nos pedimos varios más movidos por la evidencia de que aquello no volvería a repetirse, de que esa noche estábamos poseídos por Eros e íbamos a ser amados como siempre nos habíamos merecido. Las nínfulas seguían pululando a nuestro alrededor, interesándose por nuestras historias, riéndonos las gracias. Allí, sobre el terreno, entendimos bien la importancia de la motivación y del refuerzo. Su atención nos hacía elocuentes, sus risas nos hacían más graciosos, sus miradas nos hacían creer que nos brillaban los ojos. Ni yo ni mi amigo sabemos cómo decidimos salir de allí, volvernos a casa. Hemos acordado que se trató de un ataque de dignidad porque, en el fondo, somos tíos razonables y maduros que no se dejan llevar por cantos de sirena. Ya digo, no lo sé, solo recuerdo con claridad que, al cerrar los ojos —tumbado ya en mi cama— vi lucecitas como estrellas en el fondo de mis córneas probablemente por haber estado expuesto demasiado tiempo a los brillos de la juventud, de la belleza, de la vida o de lo que coño sea eso que brilla tanto.

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