Acerca de Andrade Latarce

Autodidacta de la desaparición. Investigo el modo de pasar desapercibido.

Wabi Sabi

No me había dado cuenta de lo que ponía en el tatuaje que llevaba en el antebrazo izquierdo. Era una chica morena que me había llamado la atención porque tenía unos ojos verdes desconcertantes. Me advirtió —antes si quiera de que le preguntase su nombre— que era feminazi. Supongo que para que fuese asumiendo mi fracaso si mi intención era seducirla. Yo no tenía intención de seducirla, solo quería saber qué había detrás de aquellos ojos en general verdes pero plagados de motas de diversos tonos de marrón. Ya lo he dicho, desconcertantes. Esto debe ser una especie de superstición generalizada: pensar que detrás de la belleza hay algún secreto que descubrir y del que, apropiándose uno —o una—, se vuelve más bella o más poderoso o más sabia. Nos cuesta tanto asumir que las cosas son puro azar… Yo presumo de no ser supersticioso así que, a lo mejor, soy solo un vanidoso o un mimoso que quiere que le presten atención porque tuvo una infancia difícil. Sea como fuere, aquella feminazi y yo comenzamos una conversación animada. Era joven y se notaba, aunque, de vez en cuando, soltaba algunas frases sugestivas que tenían cierta capacidad de enganche. Además, a mí me acababan de abandonar, por lo que me encontraba en uno de esos momentos de sensibilidad exacerbada. Eran las tres de la mañana cuando ella me dijo, sin venir a cuento, que había que acostarse con el sol y levantarse con los pájaros. Yo le dije que, entonces, íbamos un poco tarde. Fue en ese momento cuando movió su mano izquierda hacia mí y pude ver el tatuaje. Ponía: “WABI SABI”, así, en mayúsculas. La primera palabra más arriba que la segunda. Arriba y abajo, un adorno en espiral asimétrico al final y al principio de la leyenda. ¿Qué significa eso?. Hizo como si no me hubiera oído mientras saludaba con efusión a una mujer que llegaba en ese momento a la barra. Después saludó con igual efusión a un hombre que llevaba tiempo sentado no lejos de donde nosotros estábamos. Le di un par de tragos a la botella de cerveza mientras echaba un vistazo al peculiar barullo de aquel lugar. La playa se olía —estaba a menos de cien metros— aunque no se viese, un grupo numeroso tocaba música brasileña, una veintena de personas —mujeres en su mayoría— bailaban al estilo samba. Había una negra que se movía muy por encima de la media. Yo la miraba para intentar vislumbrar el idioma de aquel baile que no acabo de entender. La morena del tatuaje igual pensó que la miraba por otra razón. Es la profesora, dijo. Supongo que de mover el cuerpo sin complejos. De ritmos brasileiros. Se nota; y tu tatuaje, ¿Qué significa?. Belleza imperfecta. Le iba a pedir alguna aclaración pero no me dio tiempo: salió disparada a interceptar a un surfista de ojos azules. Le perseguí delicadamente para pedirle que me dejase hacer una foto a su antebrazo y así no olvidarme de las palabras. No tuvo inconveniente. Mientras la negra controlaba la pista de baile —imagino que sumando clientes para su escuela de ritmos brasileiros— la morena trataba de deslumbrar al surfista sin importarle no estar comportándose como exactamente se espera de una feminazi. Supongo que, al final, incluso las feminazis son supersticiosas de la belleza. ¿Qué coño tendrá la belleza dentro?. Me apoyé en la barra para leer en mi móvil el artículo dedicado al Wabi Sabi en la Wikipedia. Me sorprendió la complejidad del concepto que abarca la estética, el paso del tiempo, ciertos sentimientos… todo un modo de vida en el que debes hacerte consciente de que las cosas son imperfectas, limitadas en el tiempo y en el espacio, que duran lo que duran. Tiene que ver —entendí— con esa serena melancolía de vivir lejos del mundo, en una sana soledad dedicado en exclusiva a observar —inútiles las palabras— cómo la naturaleza va desgastándose. Se me quedó grabada la imagen de un óxido incoloro que nos va cubriendo con su pátina de desconsuelo a medida que pasan los años. Desconsuelo sereno, por supuesto. Me bebí lo que me quedaba de cerveza mientras pensaba que ser abandonado es muy wabisabi, que tiene su encanto y su belleza. Eructé. El eructo creo que me inspiró la idea de sacar partido al desconsuelo mientras espero a que vuelvas. Un poco a mi derecha, la morena —ignorando magníficamente la filosofía wabisabi— hacía apreciables esfuerzos para llevarse a la cama al surfista que me pareció desde esta perspectiva aún más bello —simétricamente bello, eso sí, sin pátina alguna—. Aquello era normal, como el desgaste de las rocas que golpea el agua del mar. Iba a volver a la lectura cuando una morena me dijo algo. No me lo creí porque hablarme a mí dos mujeres en una noche es una casualidad demasiado grande. La miré a los ojos —que resultaban insípidos después de haber estado sumergiéndome en los de la primera morena— intentando interrogarla sin hablar. Como diciendo “¿es a mí?”. Sonrió con naturalidad —muy wabisabi, pensé— y me repitió lo que me había dicho. Mi cerebro me explicó —para evitar que me hiciese ilusiones y perdiese la serenidad— que aquella mujer me había visto solo contra la barra leyendo y eso le había despertado esa necesidad de ayudar que tienen ciertas mujeres maduras que no han tenido hijos. A punto estuve de soltarle el rollo de la melancolía serena y de la belleza distraída. Me dijo algo del trabajo. La sola mención de la palabra —todo el mundo lo sabe— me provoca crisis de ansiedad, así que dejé de estar imperturbable de golpe. La primera morena había conseguido arrastrar al surfista hasta los sillones del fondo y ya rondaba su boca. Aquello ya no me pareció desgaste natural. Si eres de las que viven para trabajar estás perdiendo el tiempo conmigo, le solté a la madre frustrada. Que conste que me encanta que me adopten de vez en cuando, incluso creo que es lo que necesito, pero en aquel momento —ya lo he dicho— acababa de perder la serenidad. Vaya, no parecías un borde. Y no lo soy, es solo que no estoy acostumbrado a que me hablen dos mujeres en la misma noche. Ya, dijo lacónica. Viendo que se iba, me dejé llevar por mi necesidad de cariño y le solté el rollo de mi tormentosa relación con el trabajo. Así que quieres vivir sin trabajar, muy listo. Me defendí: ¿acaso tú no?. Hay que ser realista, el mundo está organizado como está organizado. ¿Y no sería mejor que estuviese organizado de otra manera?. Probablemente, pero ya digo, puedes seguir soñando o madurar por fin y empezar a asumir las cosas como son, vas a sufrir menos, ya lo verás. El tono era, definitivamente, el de mi madre pero con un puntito de superioridad que no me gustó nada. A ella le dio igual, cogió su botella de cerveza y dirigió sus pasos hacia un percusionista mulato que acababa de terminar su turno en la banda. Pagué mis cervezas —demasiado pocas para lo que soy yo— y salí cabizbajo a caminar por la playa. Me descalcé. Pensaba en lo injusta que es la obsesión para la que tan pronto eres dios, como el demonio. Pensé en que solo se tiene lo que se deja ir. Por allí, en medio de la oscuridad, andarían follando la morena de los ojos imposibles y el surfista. En breve, lo estarían haciendo la morena madura y el mulato. Qué importa, no todo el mundo puede hacer el trabajo de contemplar con naturalidad el desgaste de vivir y —nadie lo olvide— es un trabajo que alguien tiene que hacer para que los demás puedan dedicar su tiempo a la simetría y al realismo.

 

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