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VII

Vivir en el almacén de un chiringuito no es tan terrible. A las tres de la mañana ponía la tumbona rota junto a la cámara de frío. Por la rejilla inferior el aire caliente disipado por el condensador templaba mis pies como si, la máquina, quisiera compensar el constante ruido de motor en mi cabeza. Cuando no podía dormir respiraba por la nariz y pensaba en nada. Antes de que el sol entrara por el ventanuco cuadrado, iba desnudo hasta el mar para bañarme.

Luego me sentaba en la playa a esperar.
A veces, ella venía.
A veces, ella no venía.
Nuestras rodillas se rozaban de vez en cuando.

Debíamos ser muy felices porque apenas hablábamos.
Tan lejos estábamos de este mundo que ha desterrado el silencio.

Antes de irme del chiringuito hablaba con la cocinera. Era rumana y tampoco habitaba este mundo. Había quedado atrapada en un microcosmos y no tenía acceso a nada más. Me contaba cómo le trataban su marido y su hijo. Lo hacía con la naturalidad con la que se cuentan las anécdotas en los bares. Oyéndola yo me dejaba llevar por el sentimentalismo y sufría por no poder hacer nada más que sufrir. Un día me dijo que su jefe había ido a la comisaría a preguntar por mí.

—Supongo que es su deber hacerlo— dije yo —es bueno hacer lo que se debe si no se hace por venganza, por mezquindad o por el ansia de obtener algo a cambio.

Puede que este mundo esté diseñado para evitar que salgamos de él.

A las dos semanas un tipo de uniforme se acercó a mí sin prisa. Yo estaba sentado con los pies sobre mis rodillas. Se presentó, me expuso el caso y esperó a que le contestara. Yo no tenía nada que decirle. Después de unos minutos, dejó una carta certificada sobre mi tobillo derecho y se fue. Irene llegó a las pocas horas. Me preguntó qué hacía aquel trozo de papel sobre mi tobillo. Le conté la historia. Dijo:

Una persona que ni se regocija al conseguir algo agradable ni se lamenta al obtener algo desagradable está próxima a la liberación“.

Y así fue como me enteré de que había sido despedido.

 

VIII

Una semana después los del chiringuito me dijeron que no podía seguir durmiendo en el almacén, que mi situación legal parecía delicada. Les agradecí el cobijo que me habían proporcionado y volví a pasar las noches a la intemperie.

Un día frío en el que la playa estaba desierta, una pareja de la Guardia Civil se personó para identificarme. Siguieron el protocolo al estilo de los listos de la clase.

Les dije que me llamaba Arjuna.
No me creyeron.
Les dije que mi maestra me esperaba en la playa.
Me miraron indiferentes.
Les dije que nunca había hecho mal a nadie.
Me recitaron mis derechos.

En este punto ya no tenía nada más que decir así que aprovecharon para esposarme con calma impostada. Comunicaron por radio que conducían a un indocumentado al cuartel para identificación. Una voz femenina se dio por enterada con eficacia robótica.

Después de una hora interrogándome del modo en el que los padres interrogan a sus hijos descarriados al llegar de una juerga nocturna, decidieron meterme en el calabozo. Yo seguía sin tener nada que decir por lo que nada dije. El calabozo era una habitación rectangular sin ventanas. Una especie de banco de piedra sólida se anexaba a la pared en todo el perímetro. Dos muchachos estaban sentados a la derecha. Me senté a la izquierda. Me dijeron “hola”. Estuve a punto de hablarles pero entendí que solo quería calmar mi miedo así que decidí contenerme. Concentré mi inquietud en la ecuanimidad.
—Está piraó— dijo el más alto antes de que siguieran fantaseando con su futuro de delincuentes de éxito.

Allí dentro no había forma de saber si era de día o de noche. Vino uno de los carceleros y nos tendió (por una trampilla en el centro de la puerta) tres pequeños recipientes de plástico llenos de pasta. Después, tres botellas de agua. Los muchachos me dejaron una botella mediada en el suelo. Se me vino una frase a la cabeza que, creo, dije en voz alta:

Los sabios humildes, en virtud de su conocimiento, ven con la misma actitud a un erudito, a una vaca, a un elefante, a un perro o a un come perros.”

Y nunca más volví a ver a Irene.