5C39BB87-3480-421F-B251-4DDB52104A53

IV

Lo de renunciar a todo sentido de la posesión me parecía sencillo. Mis posesiones se limitaban a lo que tenía en dos cajones apilables debajo de la cama de la furgoneta. En cuanto al concepto de “ego falso” intuía que no era accesible para un principiante.

Lo que no acababa de ver claro era lo de vivir libre de deseos.

Me preguntaba cómo se puede levantar uno por la mañana si no desea nada. Yo llevaba semanas saliendo de la cama movido por el deseo de ver ese pelo dorado, esa espalda sembrada de lunares, ese tatuaje en forma de estrella. ¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Debía renunciar a mi deseo de acariciar aquellos muslos? ¿De morder despacio aquellos labios reblandecidos por el agua salada? ¿De acurrucarme entre su vientre y su pecho para oler sus entrañas?

Y ¿Qué hacer con mi deseo de cambiar el mundo? ¿Acaso ese camino silencioso e íntimo no era una forma de conformismo? ¿No debería utilizar mi fuerza para pelear contra las injusticias? ¿No tenía que dejar bien claro que no estoy conforme?

Inquieto, dormí sobre la arena para tener una respuesta lo antes posible. Sin embargo, aquel día Irene no fue a la playa. Tuve que esperar tres días. Como no quería alejarme demasiado, comía restos de bocadillos que los bañistas tiraban a la papelera. Bebía agua de mar a pequeños sorbos. Contaba olas. Contaba granos de arena.

Al tercer día —dos minutos antes del amanecer— apareció. Me senté detrás de ella y miramos cómo salía el sol. Luego disparé todas mis preguntas sin coger aire.

Ella esperó a que el levante dejase de soplar y dijo:

Para no conformarse, hay que vivir primero una vida no conforme. Hacer las cosas con cariño, controlando la mente y los sentidos. Quien actúa de ese modo es querido por todos y todos son queridos por ella. Esas personas actúan pero jamás se enredan.

Y pese a mi insistencia, no volvió a decir nada en toda la mañana.

 

V

Hubiera dicho que el verbo “enredar” era indigno de su boca. Que era demasiado mundano y carecía de la claridad requerida por los asuntos de la ciencia y del espíritu. Sin embargo, a medida que giraba en mi cerebro, la palabra iba cobrando un sentido inesperado. “Actuar sin enredarse jamás” se convertía (cuando soñaba) en una sucesión de imágenes de arañas con forma humana tejiendo redes en las que antropoinsectos se revolvían con inquietud.

La quinta fue una semana gris. Casi nadie bajaba a la playa. El día que llovió lo pasé solo reflejándome en las ondas que hacían las gotas sobre la superficie del mar. También puse a prueba la superstición según la cual el agua está más caliente cuando llueve. Se demostró débil y sin fundamento. Estaba todo el día desnudo, dejaba las llaves puestas en la furgoneta, ignoraba las prohibiciones y solo hablaba con personas capaces de sonreír con franqueza. Dormía dieciséis horas diarias. Me poseía la convicción de que, en sueños, iba a resolver el jeroglífico de mi maestra y ella volvería a mi lado. Puede que aquella fuera una vida “no conforme”, una vida al margen de las convenciones y los estímulos que nos zarandean, de la eficiencia fría de vidas orientadas a objetivos; lejos de telas de araña, de discordias y de enredos. Entreví la posibilidad de que la naturaleza estuviera conspirando con ella para que yo —aunque solo fuera en sueños— fuera capaz de entender.

El sábado regresó. Al verme, se desnudó antes de sentarse a mi lado. Su rodilla derecha tocó mi rodilla izquierda. Seguro que fue una casualidad. Estuvimos hasta que se hizo de noche rozando nuestras rodillas cada siete respiraciones. Siete minutos después de la puesta de sol, me miró sonriente y, adivinando por mi gesto que estaba pensando que “el día se nos había ido sin hacer nada”, dijo:

— “Aquel que ve la inacción en la acción y la acción en la inacción, es inteligente entre los hombres y ve más allá en todas las actividades que realiza.”

Y esa noche, cuando volví al aparcamiento después de perder a Irene de vista, la furgoneta ya no estaba.

 

VI

La humedad multiplicaba el frío de las noches. La primera semana pasaba las horas de oscuridad en el hueco de una duna peleando contra la naturaleza. Día a día fui levantando una precaria empalizada de ramas sobre un lecho de hojas. Una noche me enfrenté a un perro salvaje que husmeaba la empalizada; yo solo oía su olfateo ansioso. Cuando el miedo me indicó que el animal estaba demasiado cerca, agarré un palo de la empalizada y golpeé varias veces en el suelo. Sentí que mi reacción había sido desproporcionada. El temor me había llevado a la ira. Comencé a respirar despacio por la nariz fijando mi vista en el entrecejo. Pronto me abandonó el miedo.

Me alimentaba de lo que había en las papeleras y de pedazos de frases que mi maestra había querido prender en mi memoria. Mientras comía los restos de una raja de sandía que alguien no había apurado suficiente, se me venía la frase:

No se puede alcanzar la tranquilidad si se come demasiado o se come muy poco, ni si se duerme demasiado o no se duerme lo suficiente

O mientras estaba asomado al precipicio del acantilado se me aparecían palabras que formaban frases del tipo: “estar libre de cualquier forma de ira”, “aprender a ignorar tus deseos”, “esforzarse constantemente por la perfección”

Un domingo los del chiringuito me propusieron dormir en el almacén a cambio de que lo vigilara, de que les diera mi nombre verdadero (no se creyeron que me llamara Arjuna) y de darme lo que dejaban en el plato los clientes. Amontonaban los restos en un cubo de plástico de cinco litros. Por la tarde yo pasaba a recogerlo. Comía lo justo y me maravillaba de la cantidad de comida que acaba en la basura.

Después de varios días en completo silencio, Irene me dijo:

Uno no puede librarse de la reacción por el simple hecho de abstenerse de trabajar, ni puede uno lograr la perfección únicamente por medio de la renuncia, si te abstienes de actuar pero tienes en la cabeza objetivos materiales, te engañas a ti mismo y eres un farsante

Y tras escuchar aquello me pasaba las noches pensando que no entendía nada.