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I

Llevaba una hora tumbado en la playa y no podía quitar los ojos de aquella mujer de melena alborotada llena de matices naturales provocados por el contacto habitual con la sal y el sol. Se movía como si en la órbita de su cuerpo se desplazase una cantidad incalculable de armoniosa energía que debía manejar con cuidado.

Cuando se metía en el agua, el mar se apaciguaba para no dañar aquella anatomía perfecta. Sus manos delgadas se movían como si tuvieran más de cinco dedos.

En el hombro izquierdo llevaba un tatuaje de esos que llaman “disparo de estrella”. Simulaba que un proyectil/estrella disparado desde un arma (supongo que cósmica) había dejado un orificio de entrada/salida. La supuesta cicatriz estrellada que había dejado por detrás (junto al omóplato) era oscura y significativamente más grande que la pequeña estrella que lucía por delante (debajo de la clavícula). No me quedaba claro por dónde había entrado el imaginario proyectil. En todo caso, no parecía haber sido un disparo mortal.

Parecía haber sido de vida, un disparo de iluminación.

Mientras intentaba averiguar por dónde había entrado el proyectil/estrella, una ráfaga de viento me llenó de arena la boca abierta. Tuve que bajar la cabeza para escupir (no puedo soportar el rechinar de polvo entre los dientes) y estuve un buen rato retirando con la lengua diminutos granos de piedra erosionada. Al levantar la cabeza ella estaba de pie frente a mí. Su cuerpo proyectaba sombra sobre la parte inferior del mío. A punto estuve de sufrir un ataque al corazón. Dijo:

—”Cuando la inteligencia haya salido del espeso bosque de la ilusión, te volverás indiferente a todo lo que se ha oído y a todo lo que habrá de oírse.”

—Querrás decir a todo lo que he visto y habré de ver— Dije intentando mostrarme indiferente a la visión de aquel cuerpo de diosa.

—Apunta— Me dijo sonriendo antes de susurrar dos veces en cinco segundos:

Bhagavad Gita.

Y así fue como empecé a leer el Bhagavad Gita y a frecuentar aquella playa y a sentarme justo detrás de donde ella se sentaba.

II

Durante siete días con sus siete noches le di vueltas a aquel pequeño cuento de la inteligencia saliendo del espeso bosque de la ilusión camino de la indiferencia.

La complejidad de mi vida se fue reduciendo poco a poco. Iba de la furgoneta a la playa, me sentaba en la arena detrás de ella y, mirando las coletas cardadas que salían por debajo sus rizos, trataba de clasificar los mechones de pelo en función de su color. A medida que la mañana avanzaba, el cambio en la intensidad de la luz y en el ángulo de reflexión convertían esa clasificación en una tarea imposible.

Yo, sin embargo, continuaba absorto.

Cuando ella se metía en el mar, me metía. Si ella paseaba, yo paseaba. Si se tumbaba al sol, permanecía sentado tras ella clasificando mechones de pelo.

Cada día a una hora diferente se levantaba y se iba. Yo miraba cómo su aura se desplazaba mientras contaba las huellas que sus pies infantiles dejaban en la arena rosada. Permanecía inmóvil un par de horas. Me arrastraba al mar diez minutos después de que se me durmieran las piernas y dejaba que las olas raquíticas golpeasen mi cuerpo durante media hora. Helado, volvía a la furgoneta a leer el Bhagavad Gita. Apenas comía.

El sexto día me dedicó una sonrisa amplia antes de irse. Pensé por un instante en mostrarme indiferente pero me fue imposible: No pude evitar devolverle la sonrisa (atontado).

El séptimo día, además de sonreírme, me dijo:

—”La persona que no se perturba por el incesante fluir de los deseos (que entran en ella como los ríos en el océano que aunque siempre se está llenando, permanece calmado) es la única que puede encontrar la paz y no el hombre que se esfuerza por satisfacer dichos deseos”— hizo una pausa dramática que le quedó de lo más natural y añadió:

—”¿Acaso puede haber felicidad alguna sin paz?”

Me miró como si esperase una respuesta sabiendo que no la recibiría. Se me puso la carne de gallina y creo que una gota de lágrima rebosó mi globo ocular izquierdo.

Así fue como se convirtió en mi maestra.

III

Aún no había conseguido entender cómo la inteligencia recorre el camino hasta la indiferencia y ya me veía peleando contra una riada de deseos rumbo al océano de la imperturbabilidad.

Durante la noche daba largos paseos por la playa. En medio de una oscuridad casi absoluta solo podía pensar en no tropezar con los restos de algún naufragio o, lo que era más habitual, con la basura que la marea traía de barcos y otros lugares donde los seres humanos se deshacen de lo que les molesta. Una noche tropecé con un perro muerto. Lo supe cuando la nariz golpeó el pelo mojado.

Sucedió la misma noche en la que perdí el móvil.

Por la mañana me despertó la lluvia golpeando la claraboya. Está hecha (probablemente) del plástico reciclado de un tambor infantil y, aquella mañana, el sonido que emitía rimaba con las dudas que tamborileaban mi cabeza. A la media hora me asaltó la determinación de volver a la playa.

Ella ya estaba allí. Me senté más cerca que nunca.

Durante un tiempo indeterminado conté los lunares de su espalda. Hice divisiones y multiplicaciones del número resultante por si tenía algún significado. Tracé líneas imaginarias uniendo todos esos puntos por si se generaba una imagen significativa.

En un momento dado se dio la vuelta y aproveché para decirle:

—He perdido el móvil, ahora nadie podrá saber donde estoy.

Ella me dijo:

—”Solo puede encontrar la verdadera paz la persona que ha renunciado a todos los deseos de complacer los sentidos, que vive libre de deseos, que ha renunciado a todo sentido de posesión y que está desprovista de ego falso.”

—Ya, pero ¿y si me pasa algo?

Y así fue como supe que se llamaba Irene.

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