5AEC203E-D53A-49F4-B3A4-484943949F9EEn realidad el verano acaba el mismo día que empieza, es decir: el día que tiene la noche más corta del año supone el sutil comienzo del invierno que, a su vez, empieza a ser menos invierno justo después del solsticio del 22 de diciembre.

Porque lo importante es el fotoperiodo.

Esto los científicos de las ciencias de la salud lo saben hace tiempo. Quizás lo saben hace miles de años. Incluso creo recordar haber leído que algunas formas de astenia y de depresión se tratan con éxito usando luz. Exponiendo a la asténica o al deprimido a focos artificiales de luz que emiten a las mismas frecuencias que el sol. Pero toda la información disponible en Internet, todos los artículos publicados en sesudas revistas científicas, todos los podcasts y documentales sobre la importancia de la luz para la salud humana, no habían conseguido que yo aprendiera que lo importante es el fotoperiodo.

Eso lo he aprendido este año utilizando una especie de reloj solar que he colocado en la ventana de mi habitación y que me permitía dejar constancia de a qué hora empezaba a iluminar el sol mi habitación. Comencé el experimento a mediados de abril. Hasta el 22 de junio todo iba bien: la luz entraba cada día más pronto en mi habitación y yo sentía que la felicidad era posible. Me levantaba animoso a las seis convencido de que, si esa línea ascendente se consolidaba, a final del año sería el ser humano más feliz del mundo. Pero a partir del 23 de junio los datos empezaron a flaquear. La línea fue descendiendo hasta que, a finales de julio, me quedaba dormido en la ventana esperando que el sol iluminase mi habitación. Los primeros quince días de agosto he estado saliendo de la cama más allá de las siete. Algún día, incluso, he vuelto a la cama después de hacer la muesca correspondiente. Del 15 al 20 no me conseguía despertar hasta después de las ocho. Estos últimos diez días ni siquiera he salido de la cama para registrar datos.

Ahora entiendo a los animales que hibernan.

Pero que no cunda el pánico. Bien sabemos todos (porque nos han adiestrado de esa manera) que un simple cambio de estación no puede detenernos; que tenemos que seguir viviendo pese a que la luz nos ilumine menos, que tenemos que aceptar nuestras limitaciones con alegría y seguir, así, adelante. Estoy dispuesto a hacer algo al respecto, a ser proactivo para demostrar a la sociedad que no soy un triste.

Voy a coger el toro por los cuernos.

He comprado dos focos que me han asegurado emiten a la misma frecuencia que el sol, los he colocado sobre la ventana de mi habitación y estoy programando una de esos pequeños ordenadores orientados a la domótica para que los encienda en progresión todos los días a las seis de la mañana. Quizás a final de año no voy a ser el humano más feliz del mundo, de acuerdo, pero podéis estar seguros de que el fotoperiodo no volverá a jugármela.