DSC00074 (2)Se ha sentado en la butaca baja de la habitación hace ya dos horas. La luz de la lámpara de la mesilla hace sombras en las arrugas de las sábanas. Es como si usted estuviese intentando descifrar un jeroglífico de arrugas. Como si allí estuviese escrito en un lenguaje imposible la historia de su matrimonio. Una historia de ocho años que, ahora, le parece demasiado corta.

Y eso que se han pasado la tarde (toda la tarde) en un despacho de abogados redactando el convenio regulador de su divorcio de mutuo acuerdo. Un documento de casi cien páginas que la abogada (una mujer amable sin dejar de ser profesional en ningún momento) ha calificado de exhaustivo y modélico. Han recogido en él su deseo de separarse “bajo su más estricta responsabilidad personal” y el modo en que se repartirán sus bienes. El coche y la furgoneta, el piso y el terreno, los aparatos tecnológicos que compraron a medias, los muebles con valor sentimental, los cuadros, alguna vajilla, discos y cds, libros… Se han repartido también, con todo detalle, la vida de sus dos hijos.

A las cuatro de la mañana se ha levantado de un salto para encender las luces de la casa; todas. Ha cambiado la ropa de la cama (incluyendo la funda del colchón) y amontonado ropa usada que ha recolectado en las habitaciones. En el cesto de paja ha metido cualquier cosa lavable que se ha cruzado en su camino (hasta una mochila pequeña que soportaba mugre desde hacía años). Mientras quitaba la funda del sofá pequeño, se ha dado cuenta de que le poseía la superstición de la limpieza. Esa por la que uno cree que una limpieza a fondo es capaz de eliminar todos los recuerdos.

Para cuando el día ha hecho inútiles todas las luces encendidas, usted ya había puesto tres lavadoras y colgado ropa para secar por todos los rincones. La casa parece ahora una caseta de feria llena de banderines absurdos. Huele a humedad, a suavizante y a amoniaco.

Se quita la ropa, se tumba en el sofá y pierde la consciencia casi de inmediato. Sueña que alguien ronda la puerta. A las tres de la tarde el timbre le sobresalta. El corazón ha estado a punto de salirse de su pecho.