PrecipiciosIIIEl día antes de mi boda… ¡Qué digo el día antes! Dos horas antes de mi boda sentí con angustia que el mundo llegaba a su fin.

No se trataba de arrepentimiento o de que no sintiese por mi pareja lo suficiente. No era falta de decisión para dar el paso, ni que algún desajuste me obligara a reconsiderarlo. Era una angustia indeterminada entre el pecho y el estómago que crecía a medida que me iba haciendo preguntas:

¿Cómo reaccionaríamos cuando el tedio se apoderase de nuestras tardes de fin de semana? ¿Cuando nos empezasen a molestar las costumbres del otro? ¿Seríamos capaces de evolucionar para volver a emocionarnos? ¿Es de verdad posible reinventarse o es solo un recurso barato de los farsantes de la autoayuda? ¿Qué sentiría yo cuando por la mañana optase por beberme el último vaso de zumo en lugar de dejárselo? ¿Qué haríamos cuando empezásemos a contar pequeñas mentiras para poder estar a solas un rato? ¿Qué cuando empezásemos a mentir para estar con otros? ¿Seríamos capaces de encajar con madurez las infidelidades? ¿Sabríamos integrar el amor a los hijos con el amor que sentíamos el uno por el otro? ¿Qué haríamos cuando el sexo entre nosotros se convirtiese en una carrera de obstáculos?

Llamé a mi padre (mi madre hubiera sido brutal y me hubiese animado a salir corriendo) que me dijo que esas preguntas no tienen respuesta; que lo único que podemos hacer es ser valientes y arriesgarnos para que el tiempo las responda. Antes de colgar, después de decir mi nombre y tomar aire, me dijo:

—Tenemos que ser valientes.

Yo eso, claro, ya lo sabía y ahora sé que lo que me perdió fue mi tendencia a mitificar el valor.

Este precipicio había quedado enterrado y volvió a la superficie al acostarme en la que era nuestra cama la noche del día en que firmamos nuestro extenso acuerdo de divorcio.