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Un precipicio es un lugar al que se llega y parece que el mundo se acaba. A un precipicio se llega, por ejemplo, cuando te vas a vivir con tu pareja, cuando te echan del trabajo o cuando decides dedicarte a escribir sin remuneración alguna. Existen precipicios monumentales y modestos precipicios de andar por casa pero, en cualquier caso, siempre que te parece que el mundo se acaba te encuentras frente a un precipicio.

—Ya da igual, no me queda tiempo— Mi amiga ya ni siquiera era capaz de llorar mientras me decía esto. Pese a que yo estaba convencido de que, en esa situación, escuchar era la aproximación más productiva, se me hicieron largos aquellos cuatro o cinco minutos de silencio.
—He oído que el tiempo es infinito— Se me ocurrió decir.
—Si te pagaran por hacer frases redondas hace tiempo que serías rico— Hizo ademán de sonreír para que no me lo tomara a mal. Continuó:
—Puede que el tiempo sea infinito en abstracto, pero para lo yo que quiero hacer el tiempo es objetivamente limitado: el año que viene tendré cuarenta años.
—Nadie hace siempre todo lo que quiere.
—Vale, pero dime ¿por qué yo nunca consigo hacer lo que quiero, hacer algo que merezca la pena?
—Eso no es cierto, has hecho cosas destacables.
—No me digas.
—¿Y cuando sacaste a tu amiga Elisa del río? A mí eso me parece algo destacable.
—Yo nunca he querido tener que sacar a una amiga del río, lo he tenido que hacer y lo he hecho pero hubiera preferido no tener que hacerlo.
—Quizás es que no se trata solo de querer cosas. O quizás, incluso, “querer” no sea la mejor manera de hacer cosas que merezcan la pena.
—Yo quiero tener un hijo ¿Quieres decir que la razón de este aborto es que he querido tener un hijo? ¿Que nunca podré tener un hijo si lo quiero tener? No te entiendo.
—Quiero decir que es conveniente tener presente que hacen falta más cosas que “querer” para tener un hijo.