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La prudencia le ha recomendado acostarse pronto porque mañana se presenta un día complicado. Mañana vuelve usted al trabajo después de veinte días de vacaciones. Ahora, mirando una pequeña telaraña que cuelga de la moldura del techo, trata usted de hacer balance de esos veinte días.

No puede reprocharse no haberlo intentado con todas sus fuerzas. Ha leído manuales de meditación trascendental, ha practicado el desapego, el pensamiento positivo y el presentismo. Se ha aferrado con decisión a lo lugares bellos y a los momentos únicos que se le han presentado. Ha hablado, ha guardado silencio, se ha dejado llevar por la euforia con ciertas canciones, ha estado contemplando durante horas algunos precipicios.

Hasta ha dedicado un par de horas a limpiar debajo de la cama y ha lavado las jarapas violetas de la habitación. Usted no puede hacer más, debería estar satisfecho.

Sin embargo no puede dormir. Le queda un sabor amargo en la boca porque el tiempo ha volado, la intensidad no parece haber dejado poso y la mayoría de las cosas siguen pendientes pese a todos sus esfuerzos.

Haga una cosa: Levántese de un salto, vístase con ropa oscura de los pies a la cabeza, beba un litro de zumo de un trago, coja el libro que estaba debajo de la cama, el reloj digital con cronómetro y salga a la calle. Busque una casa con un cartel de esos que presumen de vigilancia las veinticuatro horas, dispositivos preventivos, cámaras infrarrojas y demás zarandajas para garantizar la seguridad como si viviésemos en medio del infierno. Vamos a ponerlos a prueba.

El libro es de Capote, “Desayuno en Tiffany’s”, una historia ambigua de una mujer adicta a meterse en líos que se cruza con un hombre aburrido y solitario. Parece una historia adecuada. Una vez haya encontrado la casa, prepárese para desafiar la superstición de la seguridad. Tire el libro al otro lado de la valla sin que las cámaras puedan registrarlo. Salte la valla con calma. Mire a la cámara. Salude. Explique, por si sirviese de algo, que se le ha caído un libro dentro y solo tiene intención de recogerlo. Permanezca unos segundos escuchando el zumbido de la alarma. Salte la valla hacia la calle, encienda el cronómetro y siéntese en el suelo junto a la puerta de entrada.

Empiece a leer: “Siempre me siento atraído por los lugares donde he vivido…”

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