Hay una actitud con base en un pensamiento protoeconómico que se está convirtiendo en tendencia entre los listos de la clase. El razonamiento de economía primitiva que sustenta esa actitud yo lo enunciaría del siguiente modo informal:

“Si regateas, obtienes mejor precio.”

Cuando he puesto a prueba el enunciado en diferentes contextos sociales, he comprobado que, en general, se considera cierto salvo en entornos de confianza. Aplicado a la relaciones sociales, la creencia general sería que si algo viene de tu entorno conocido se puede aceptar acríticamente; si no, el razonamiento se considera la aproximación adecuada. Lo que, si miramos con cuidado, quiere decir que no es conveniente confiar en los que no pertenecen a nuestra “pandilla” (yo diría que esta es una aproximación bastante desfasada en el siglo XXI). No entraré en consideraciones sobre confianzas traicionadas o abusadas en entornos conocidos, ahora me interesan más los efectos de esa actitud en nuevos entornos.

Me gustaría compartir mi convicción de que, cuando desconfiamos sistemáticamente, ganan los mentirosos profesionales, los sociópatas, los que viven por objetivos. Cuando desconfiamos la vida se opaca, pierde brillo, se pasa al blanco y negro porque la desconfianza reduce la gama de colores de la realidad, la hace más plana, menos rica, más controlada…

Por eso publico la misma foto dos veces para que me digáis cuál de las dos se parece más a la realidad que percibimos. Tengo la esperanza de que la comparación nos ayude a confiar más en nuestras intuiciones, nos ayude a que la confianza en los otros sea nuestra primera opción.

Hay quien me ha dicho que le gusta más la que está en blanco y negro. Es perfectamente respetable que “te guste” una u otra. Lo que me parece significativo del símil (no estoy hablando de fotos sino de relaciones humanas) es que alguien quiera cambiar los tonos cobres de la luz del amanecer o el azul del cielo por una gama de grises. Respetable, sin duda, pero sigo pensando que así, nuestras relaciones pierden brillo, capacidad de sugestión y, sobre todo, que se parece menos a lo que percibimos, a nuestras intuiciones sobre lo que deberían ser.

Algún desconfiado estará tentado de acusarme de aplicar filtros diferentes en las fotos. Así son los desconfiados: Se toman los símbolos literalmente. Dices “cuál se parece más a la realidad que percibimos” y piensan que has trucado una foto para que sea “más bonita”; O dices “que confiemos más en nuestras intuiciones” e insinúan que quieres que la gente sea estúpida para salirte con la tuya. (Y es imposible saber qué consideran que es “la tuya”; por mi parte creo haber explicitado mi intención con toda claridad)

Confiar no es ser estúpido o estar cegado por la confianza. Confiar es una forma de mirar que no aporta sospechas gratuitamente, que no considera que algo sea mentira sin más. Considera que algo es mentira o impostura basándose en intuiciones serenas y sostenidas en el tiempo y no en evidencias añadidas. Una evidencia añadida podría venir, por ejemplo, de los miedos e inseguridades o de cualquier invención de nuestras cabezas que decidimos (más o menos conscientemente) tomar como real. Una evidencia añadida es decir sistemáticamente “las has trucado” o “lo que quieres es salirte con la tuya”.

La confianza no es un timo. Los timos no funcionan porque el engañado confíe en nadie. Funcionan porque el engañado se deja cegar por su ambición por el dinero. ¿Acaso es una persona confiada quien aspira a multiplicar su inversión engañando a un “tonto” para robarle sus “estampitas”? Los timos, en general, son interacciones entre desconfiados que pelean por ser el más listo.

Ser confiado tampoco es lo mismo que ser ingenuo. Al contrario, a medida que aprendes y te resulta más difícil ser ingenuo, aumenta tu capacidad de ser confiado.

Y, en último término, una persona confiada (alguien sin tentaciones de ser el más listo de la clase o de ganar siempre) puede asumir con naturalidad las consecuencias (buenas, regulares y malas) de confiar en los otros.

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