Paseaba entre las plantas de un huerto recién plantado cuando, de pronto, repetí un gesto que algo me dijo era literario:

Con el índice y el pulgar de la mano derecha pincé la parte superior de una tomatera que levantaba diez centímetros y tiré suavemente hacia arriba. En mi cabeza quería animarla a dar el estirón.

—Ambos sabemos cómo vas a ser dentro de veinte días —le dije— ¿Por qué no nos saltamos el protocolo y empiezas a dar tomates mañana?

Seguro que hice eso porque me gustan las ensaladas de tomates-recién-arrancados con melva y aceite de oliva. Me vino a la cabeza que esas son algunas de las características (discretamente ocultas) del eficaz conocimiento humano: Es anticipador, impaciente, propenso a la ansiedad. Por eso nos dedicamos a controlar y acelerar procesos que resultan demasiado lentos para nuestra destacable capacidad analítica. Automatizamos el riego, fabricamos abonos, fumigamos plagas y malas hierbas.

Aplicamos, en general, técnicas tan eficaces que la naturaleza queda en ridículo con su inexplicable tendencia al caos.

Y, a lo que vamos, ¿Qué tenía de literario aquel gesto de animar mecánicamente a una planta apenas salida de la semilla a crecer?

Me poseía la convicción de que el gesto llegaba desde alguna de mis lecturas adolescentes. Averiguar cuál, era como encontrar la aguja de una imagen en un pajar de recuerdos vagos y desestructurados. Durante un par de semanas busqué en los libros de la estantería, volví a casa de mis padres a ver si encontraba alguna pista en los que habían quedado allí sepultados… Hasta que me di cuenta de que era un trabajo imposible, extemporáneo, desfasado ¿Debía encerrarme en una biblioteca pública e ir, autor por autor, obra por obra leída en mi infancia y adolescencia, buscando esa imagen? No es que yo sea, haya sido o vaya a ser un lector oceánico, pero, teniendo en cuenta mi desmemoria, tendría que indagar en la obra de, al menos, una docena de prolíficos escritores que no mencionaré porque recelo de las listas y de los sabihondos que se han leído todo.

Así que, a causa de mi desorden generalizado, me veía empujado a utilizar las búsquedas en Internet. No me apetecía que Google (o cualquier otro) sacase conclusiones para venderme libros, plantas o métodos para acelerar el ritmo o el crecimiento de ciertas cosas naturales. Pero no se me ocurría ninguna alternativa a ser mercantilizado si quería dar sentido a lo que se me había venido a la cabeza.

En este punto estamos: La ansiedad por saberlo todo, cada dato que olvidamos y no guardamos por nuestros propios medios, el descuido y la falta de memoria de nosotros mismos solo sirven para ratificar la línea de negocio de los que apostaron hace algunos años por almacenarlo todo con el objeto de traficar con la inabarcabilidad, la desmemoria y el descuido.

Hasta dar sentido a nuestros propios recuerdos pasa por sus servidores (paradójico nombre en este contexto en el que no está claro quién sirve a quién).

Resignado, empecé a probar búsquedas.

Después de más de un centenar de intentos, las búsquedas en Internet se mostraron infructuosas. Sin duda era un alivio: No todos los recuerdos están en las manos de los mercaderes de datos o, al menos, no son capaces de atar todos los cabos de las razones que nos llevan a usar sus herramientas.

Fue por casualidad que me topé (porque no todas las historias acaban mal) con las frases, la imagen, el gesto.

Era una tarde de domingo tediosa en la que no encontraba nada que hacer a parte de recuperarme de la típica noche de sábado demasiado larga. Descentrado, nada me entretenía suficiente para mantener la esperanza de llegar a la cama a una hora decente. Buscando distracción, abrí una aplicación de lectura en mi móvil que tenía cuatro libros gratuitos en inglés. Los tres primeros eran:

Pride and Prejuice de Jean Austen (una novela sociorromántica no era adecuada); The Lost World, de Arthur Conan Doyle (tampoco tenía fuerzas para aventuras) y The Great Gatsby, del gran Fitzgerald, que había leído otra vez no hacía mucho después de ver la película.

Sin más opciones, abrí el cuarto libro y me preparé para la ciencia ficción decimonónica que hace tiempo que no me engancha. Al fin y al cabo, pensé, había sido una semana inverosímil por diversas razones.

No llevaba ni diez minutos leyendo cuando se me apareció un párrafo que abundaba en lo inaudito:

But the man had no notion how to wait; nature herself was too slow for him.
In April, after I had planted in the terracotta pots outside his window seeding plants of mignonette and convolvulus, he would go and give them a little pull by their leaves to make them grow faster.”

¡Allí estaba! ¡En el primer capítulo de Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne! Un hombre que no sabe esperar tirando de las hojas de una planta para que crezca más rápido. Me sorprendió que la imagen no me resultara tan poderosa como la frase (la traducción es mía):

“…Pero el hombre no tenía ni idea de cómo se espera…”

Será el inglés, vale, pero se podía especular con la posibilidad de que “esperar” fuese una técnica, una actividad práctica con sus pasos concretos y que responde a una secuencia bien definida. Nunca se me había ocurrido que se pudiera escribir un manual de cómo esperar, así que lo apunté en mi libreta de idea brillantes.

Repasé la frase cuatro cinco o veces, busqué traducciones, busqué “Manual para Aprender a Esperar”: Google encontró una sola entrada de un artículo de un diario de la Mancha (nueva casualidad porque la foto de cabecera está hecha, sí, en Castilla la Mancha) en el que el autor asegura que la vida del aficionado al fútbol sala está basada en saber esperar.

Apagué el móvil agotado, me fui al coche y, mientras conducía ansioso por meterme en la cama para detener el torrente de casualidades, pensé que, los que concebimos la vida como un relato, no necesitamos manuales para aprender a esperar.

Un relato puede, por definición, ser elidido, extendido, terminado, prolongado… a voluntad del autor.

Alguien podría alegar que esta concepción tiene importante contraindicaciones; no diré que no, pero pediría a ese alguien que practique la técnica de esperar: Quizás llegue pronto el momento de hablar de ellas.