UNO

Irene me dijo que no le dolía nada, que estaba perfectamente y que no necesitaba ningún masaje. Cuando le toqué el gemelo izquierdo con la intención de ayudar a que se relajase y, así, dar paso a un silencio que nos trajese el sueño a los tres, gritó como si la estuviese torturando a conciencia.

—¿No habías dicho que no te dolía nada?
—Y no me dolía nada.
—Nada salvo el gemelo izquierdo ¿puedo probar con el derecho?
—¡Déjate de pruebas! Que ya sé yo cómo me das a mí los masajes.
—Pues igual que a cualquiera. Igual que me los doy a mí mismo.
Me empecé a tocar mi gemelo izquierdo con energía para demostrárselo.
—¿Lo ves?
—No lo veo, no, a mí me aprietas más.
Iba a insistir pero Alba me cogió la mano y la puso en su gemelo derecho.

—Dame a mí que sí que me gusta.
Apreté casi con saña para que a Irene le quedase claro que no tenía nada contra ella.
—¿Te duele?— Pregunté a Alba.
—Para nada, siento un cosquilleo que resulta muy agradable.

Me tumbé sobre mi costado derecho y estuve masajeando aquel gemelo unos veinte minutos. Me dolían los pulgares cuando paré y dije “ya es suficiente, que descanséis”. Volví a tumbarme de espaldas entre la pierna izquierda de Irene y la derecha de Alba. Ellas dormían. Antes de cerrar los ojos, me dio tiempo a sentir vergüenza por la vulgaridad de mi dolor de pulgares.

DOS

Era un pareja extraña. Estaban de paso por la ciudad y me habían adoptado en su furgoneta morada porque, decían, les gustaba coleccionar seres desamparados. Irene se había autodiagnosticado fibromialgia y Alba mantenía que la única herencia que había recibido de su padre (al que llamaba engolando la voz “ejemplar único del heteropatriarcado recalcitrante”) era una enfermedad hereditaria: La disautonomía familiar.

El día que las conocí y me contaron su historia, recordé una frase (por supuesto he olvidado de quién) que viene a decir que el dolor pone en suspenso la realidad física. Pensé que, aquella pareja, existía para retar a la frase fuera de quien fuera. Entre ellas el dolor, no solo no suspendía la realidad, el dolor era el espacio en el que la realidad se desplegaba. Estuve documentándome sobre sus padecimientos para saber si mi hipótesis tenía algún sentido.

De la fibromialgia apunté que era un anomalía en la percepción del dolor que provoca rigideces e inflamaciones mal delimitados en las extremidades. Es decir, quien padece esta enfermedad sufre de un dolor endógeno, sin causa (ni externa ni, lo que es peor, interna) identificable.

La disautonomía familiar tiene algo mejor delimitada su etología ya que se ha relacionado con una alteración de los nervios que hace que el dolor más agudo que pueden sentir quienes la padecen sea algo así como un ligero cosquilleo que dura apenas unos segundos. Son personas, por lo tanto, incapaces de sentir dolor y, curiosamente, incapaces de llorar como los que nos consideramos normales.

Una tarde llegué a la furgoneta después de hacer la compra y Alba me dijo que estaba llorando. Era extraño que me lo dijera. Hipaba y le costaba hablar con fluidez pero sus ojos estaban secos como si no los hubiera cerrado en toda la mañana.

—Sé que no me crees.
—¿Por qué no iba a creerte? Solo me parece raro que estés llorando y tengas los ojos como si vinieras del centro del desierto.
—Ya te dije que lloramos sin lágrimas.
—Es curioso, parece una confirmación fisiológica de que el llanto es una evidencia del dolor que deberían anotarse esos que se consideran “normales” y, sin embargo, jamás han encontrado un motivo para derramar una lágrima.
—Podrías consolarme en lugar de teorizar.

En ese instante la cabeza de Irene asomó por la puerta lateral y, sin decir ni hola, preguntó a Alba por qué lloraba. Se me debió quedar la cara que se les queda a los lelos cuando están en presencia de personas que se entienden más allá de las convenciones.

TRES

A veces, hablábamos de sus padecimientos y cada una envidiaba el de la otra sin envidiar nunca los míos (tan mediocres son). Insistían en saber qué enfermedad de las suyas prefería tener yo. Aunque en principio hubiera apostado que preferiría no sentir ningún dolor y tener los ojos secos, si lo pensaba con calma, me daba miedo que Alba tuviera razón cuando decía que no sentir dolor es como estar muerto. Les dije que estaba bien así: La mayor parte del tiempo sin dolor físico aunque con la capacidad de sentirlo cuando me retuerzo un tobillo, me caigo de bruces sobre el asfalto o tengo una buena resaca. Ellas sonrieron y me tacharon de previsible y anodino.

Un día les pregunté que qué pasaba con los dolores inmateriales. Si sentían estrés o angustia. Irene contestó que todo el rato y Alba que nunca. Ambas, quede bien claro, habían renunciado a consumir fármacos que, aseguraban, deformarían su percepciones de la realidad. Para ellas, el principal componente de la realidad, era el modo en el que sus cuerpos (el cuerpo incluye a la mente, me recordaban) vivían el dolor.

Una noche en la que se fueron al concierto de una orquesta sinfónica alemana y un coro vasco que hacían una relectura del Carmina Burana, yo conocí a una mujer hermosa. Este hecho tan evidente me obnubiló hasta el punto de obviar que era adicta a la analgesia. La segunda mañana que despertamos juntos, me hizo jurar sobre un cuenco lleno de comprimidos de paracetamol, Nolotil y Lexatin, que, a partir de ese momento, viviría una vida normal sin relacionarme con gente extravagante que coquetea con el dolor y tiene la poca vergüenza de ir exhibiéndolo por ahí. Así empezó una nueva vida en la que, cada noche, después de cenar, la mujer hermosa y yo nos tomábamos un comprimido de cada y dormíamos sin sobresaltos hasta que, a las seis treinta, el despertador nos recordaba que teníamos que ir a trabajar.

El día que volví a visitar a Irene y a Alba, la furgoneta ya no estaba.

Desde entonces, mientras me ducho en la cabina hidromasaje, siento una profunda nostalgia de despertarme dolorido entre Irene y Alba dentro de su destartalada furgoneta morada.

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