Hacía tiempo que no le pasaba esto de despertarse desubicado. Desubicado hasta el punto de no saber dónde está o no tener nada claro cómo ha llegado a este lugar. Desubicado hasta el punto de asustarse de la desmemoria que le atenaza durante, al menos, un par de minutos. Es usted una persona ordenada y estas cosas no suelen sucederle. De hecho —piensa cuando consigue identificar el techo de su habitación por una fisura en el yeso con forma de siete— esto solo le ha sucedido en dos ocasiones. En ambas después de alguna celebración. Porque —se pregunta justo después de jurar que no volverá a beber— ¿Qué superstición imposible sostiene nuestro afán de encontrar fechas señaladas y motivos de celebración?

La pregunta hace que su cabeza dé dos vueltas de campana. Se deja llevar hasta la inconsciencia que no le resulta un estado tan desagradable en estas condiciones. Cuando vuelve, algunas respuestas andan flotando entre las paredes y el techo. Las mira de soslayo y, discretamente, escoge dos —no está en condiciones de tomar riesgos—para evaluarlas.

La primera es de corte intelectual. La celebraciones son puntos clave para poder trazar una línea de sentido a la que llamar “vida”. La segunda, es más primaria, (“sicomotivacional” se le ocurre) porque sostendría que las celebraciones sirven como motivaciones más o menos inconscientes para seguir adelante. Impulsos momentáneos sin conexión entre ellos que nos llevan de una semana a otra. Algo así como lo que les pasa a esos enfermos terminales que agonizan durante meses y mueren el día después del cumpleaños del nieto más joven.

Es comprensible que, en su estado, estas reflexiones le agoten y vuelva a caer inconsciente. Despierta por enésima vez sin que esté claro si ha estado dormido o no. Le da por preguntarse qué hora será. Hambre no tiene, se trata más bien de una necesidad insoportable de entonar el cuerpo con algo que no sea tóxico. Piensa en una sopa, en un gazpacho helado, en una hamburguesa doble con mucha mostaza, en un litro de zumo de manzana bebido de un solo trago. Lo que tiene claro es que se le ha hecho tarde incluso para comer.

Se me está yendo el día.

Toma impulso mental para salir de la cama. Un minuto después puede, por fin, darse impulso físico. Tira de los abdominales, del cuello, apoya el brazo derecho sobre el colchón para ayudarse, saca el pie izquierdo por el borde de la cama, lo lanza con serenidad (eso cree) sobre el suelo, cree que puede confiar en que la pierna aguantará su peso al abandonar el lecho, se echa hacia adelante y todas sus creencias se desmoronan.

Mientras su cabeza sobrepasa el centro de gravedad del cuerpo, le da tiempo a jurarse que va a aprender a vivir sin celebraciones, a encontrar sentido en cosas diminutas lejos del jolgorio. Luego, su hombro derecho golpea el suelo, nota el chasquido de un dolor agudo, queda tumbado de espaldas. Le arde el hombro. Se pide calma y reza para que, aunque no se acuerde, alguien haya dormido esta noche con usted.