I

Se levantaba una mañana de sábado y me decía que era agua. A las dos semanas, cuando volvíamos a vernos, me aseguraba durante la cena que era viento. Pronto deduje que después del viento, venía el fuego. Y aprendí a esperar. Yo sabía vagamente que los elementos de la naturaleza se han usado para representar el cambio, el devenir, el flujo energético de la vida. Pero más allá de haber oído cosas, no entendía qué tenía que ver conmigo aquel juego. Como eran tiempos en los que no necesitaba entender, me resultaba sugerente que ella adoptase una forma diferente cada quince días. Cuando era agua imaginaba que se colaba por las rendijas de mi cerebro escurriendo por dentro de mi cuerpo como una catarata interior. Cuando era viento, me daba por pensar en una brisa de mar que te refresca después de un día sofocante de verano.

Lo del fuego era otro asunto.

II

Nos habíamos conocido en unas charlas sobre meditación transcendental a las que yo había acudido por error. Mi intención inicial era ir a la presentación de un libro sobre el papel del hombre contemporáneo en el movimiento feminista pero seguí a una muchedumbre de colorida vestimenta que me atrajo al cruzar una calle. La primera charla versaba sobre la esencia del ser humano en la doctrina budista. Pese a que algunos conceptos del budismo me parecen atinados, no puedo evitar (quiero pensar que por principios) desconfiar de cualquier tipo de esencialismo. Decidí que debía irme a tomar una cerveza después de la primera pausa para café. Una mujer de piel blanca y ojos vibrantes hablaba con voz dulce de la iluminación, de superar la dualidad sujeto-objeto, de la compasión infinita y de la energía. Era de esperar que yo no alcanzara a entender ninguno de aquellos conceptos por lo que agradecí que la mujer acabase la charla abruptamente sugiriéndonos disfrutar el ritual del café en una nueva predisposición.

III

Ella se había hecho cargo de la cafetera y, con una sonrisa espontánea, llenaba las tazas de los que iban llegando. Vestía al colorido estilo hippie así que, pensé, o se trata de una empresa de catering a la vanguardia del desenfado o no es la camarera. Aproveché que había pensado (no lo hago a menudo) para transmitirle aquel pensamiento en los mismo términos que se había generado. Le hizo gracia lo de la “vanguardia del desenfado” y me dedicó una sonrisa adicional para envidia de los esencialistas que se agolpaban a su alrededor dispuestos a impresionarla con el nivel de acceso a ellos mismos que habían alcanzado. Aquello era más que suficiente: Me llevaba a casa dos sonrisas espléndidas de una mujer atractiva, mucho más de lo que había esperado conseguir en toda la semana. Podía irme, con mi nueva predisposición, a por una cerveza.

IV

La curiosidad y mi cerebro novelesco me estuvieron tentando para que me quedara a la charla programada antes de comer. Tuve que recordar a mi cabeza que ya se me ha pasado el tiempo de especular entorno a la esperanza y enfilé hacia la puerta. Al girarme, después de dejar la taza sobre la mesa, me choqué de frente con ella. Empujado por los clásicos nervios de los encuentros inesperados, le solté mi rollo anti-esencialista casi sin respirar. Sonrió de nuevo (aquella tercera sonrisa rozaba el exceso para un solo día) y creo que se sintió obligada a ayudarme a entender algunos de los conceptos básicos del budismo. Se daba la paradoja de que ella era de formación científica y yo soy de formación humanista. Se habían encontrado el humanista hiperracional y la científica irracionalista. Le dije que, si podía sentarme a su lado, me quedaría a la siguiente charla. Contra todo pronóstico aceptó que nos sentáramos juntos en una de las últimas filas. En el estado de tensión que me poseía, no fui capaz de enterarme de qué hablaba el ponente. Solo recuerdo que me pasé dos horas luchando contra mi adolescente tendencia a hacer comentarios jocosos de lo que se va diciendo en el estrado.

V

Acabaron aquellas jornadas, compartimos nuestros números de teléfono, nos llamamos tres veces y una tarde quedamos para cenar en el Mandala. Me gusta que pidan la comida por mí. También me pidió, con esa sonrisa adorable, que no bebiera alcohol y que compartiéramos el té verde japonés con el que ella habitualmente come. Nos trajeron algunos platos de esa cocina estética que fusiona la tradición con la extravagancia mientras ella continuaba intentando que mi cabeza encontrara el camino hacia la esencia. Brindamos con agua desafiando a las supersticiones y nos fuimos a su casa a practicar sexo tántrico. Por la mañana, aseguró que para ser mi primera vez había rendido de modo destacable (yo creo que fue la falta de costumbre de tomar teína) y me hizo saber que me llamaría cada dos semanas para seguir afianzando conceptos. Me pareció un margen de tiempo muy razonable para facilitar la asimilación en mi cerebro de mosquito y en mi corazón desentrenado.

De quincena en quincena llegué a tener una cierta comprensión del estado de iluminación (para el yo prefería usar la palabra “armonía”); del sentimiento de compasión hacia todo lo que nos rodea (que yo decidí llamar “integración”) y de la energía (que yo entendía mejor si lo llamábamos “impulso”). Además, con el entrenamiento, mi rendimiento tántrico se incrementó hasta el punto de que tuvimos que poner alarmas para evitar desatender los asuntos prácticos. Se llamaba Aitana. Hay veces que pienso (en mi simpleza) que llegué a enamorarme de ella. Eso fue poco antes de que me hiciera comprender el concepto que me tenía reservado para el final.

VI

Había sido aire la última vez que nos vimos. Mi gusto por las causas y lo efectos me había hecho a anticipar que, dos semanas después, sería fuego. Ese viernes esperé su llamada tranquilo, convencido de que era mejor no intervenir y dejar que la secuencia de hechos se despliegue de forma espontánea. A eso de las diez, me llegó un mensaje explicándome el último concepto que debía aprender:

El desapego.

Era un mensaje largo. Hablaba del sufrimiento que nos causamos los seres humanos al seguir nuestra absurda tendencia a repetir lo que nos proporciona algún tipo de placer. De cómo el pensamiento nos zarandea con preocupaciones, ambiciones, ansiedades… impidiendo que veamos algo de luz. Vivimos, decía, ensimismados sin ver más allá de nuestras propias narices.

Me recordaba que, para el desapego, era esencial saber estar de paso, saber continuar por tu camino sin especular con el destino final. Es hermoso vivir feliz en la incertidumbre, me aseguraba. Acababa recordándome que era incluso posible que nuestro destino final fuera volvernos a encontrar algún día.

Traduje aquel mensaje (demasiado largo para mis estándares) como la forma budista de decir “estamos muy bien y es mejor no tentar a la suerte”.

Igual que no creo en la esencia, tampoco creo en el destino. Sin embargo, me entraron unas modestas ganas de seguir mi viaje alegre pese a estar convencido de que no volveríamos a vernos.

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