No tiene usted nada claro qué hay detrás de esa superstición que nos obliga, cuando se está en lugares que miran al mar, a ir a ciertos sitios privilegiados desde los que se pueden contemplar los instantes finales de la puesta del sol. Lleva especulando todo el día sobre el modo en el que se ha consolidado esta costumbre.

Para empezar ha pensando en el clásico de la buena suerte y ha postulado una hipótesis sencilla: El ser humano ha llegado a creer que, contemplando cómo el sol cae sobre el horizonte, conseguirá que la fortuna le sonría durante las dos o tres semanas siguientes. Ha investigado y nada le ha confirmado que tal creencia exista. Otra posibilidad que ha barajado es la de que el ser humano recurra a este espectáculo por puro placer estético, para dejarse arrebatar por la belleza de las magníficas cosas que suceden por obra de la silenciosa voluntad de la pachamama. Ha comprobado que esta teoría tampoco ha devenido todavía en creencia supersticiosa. Por último, se le ha ocurrido que puede tener que ver con lo reconfortante que resulta verificar que existen sucesos que no necesitan de nuestra intervención, sucesos que son obvios e inevitables. La comprobación de que el sol cae sobre la tierra diariamente parecería necesaria alguna vez en la vida, sobre todo, para quienes viven en lugares donde el sol se ve poco o en trayectorias escasas.

Todo esto le sucede porque no ha podido evitar verse en un compromiso para ir a contemplar en grupo (sobre cierta duna que da al Atlántico) una maravillosa puesta de sol. Cada vez que le ronda la superstición vuelve a pensar que tiene que tener más cuidado para no dejarse atrapar con tanta facilidad. Confía en lograrlo algún día.

Sale de casa con tiempo más que sobra para llegar al lugar en el que se ha citado con el grupo de supersticiosos.

A los veinte minutos se confiesa a sí mismo que se ha perdido. Siete minutos después se le acaba la batería del móvil que intentaba conducirle al lugar privilegiado en el que le esperan. Cuando pasa media hora ni siquiera ve el mar. Camina quince minutos entre pinos que levantan poco más de dos metros. No se le había ocurrido que esto podría pasar y las sandalias que lleva no resultan adecuadas para protegerle de la tamuja y los palos secos. Se ha hecho varios cortes en los dedos y uno a la altura del tobillo derecho. A las nueve se da cuenta de que ha caminado un buen trecho en dirección contraria. Cuando vuelve a ver el mar, el sol es solo un diminuto semicírculo rojo sobre la línea negra del horizonte. Es de noche cuando llega donde se había citado. Farfulla una disculpa que incluye maldiciones contra la superstición, las sandalias y el astro rey. Los supersticiosos, amablemente, le han guardado una cerveza y un cacho de empanada de atún. Se sienta sobre la arena de la duna y se da cuenta de que está agotado. En dos mordiscos despacha la empanada, en tres tragos, la cerveza. Ellos hablan de lo sobrecogedor del espectáculo que han presenciado. Algunos se abrazan. Hay parejas que se besan. Usted se duerme antes de que su espalda toque la arena.

Se despierta en la oscuridad más perfecta que ha conocido. Todavía sostiene la lata de cerveza en su mano. Sopla un viento racheado desde el mar que usted, confuso, todavía no sabe si queda a su derecha o a su izquierda. Camina hasta que una ola le golpea en el pecho y le derrumba. Deja de sentir la lata de cerveza vacía en su mano. Sería estúpido tratar de encontrarla, mejor hacer algo para l no ahogarse. Corre en dirección contraria al agua hasta que nota arena seca en los pies. Está empapado. Se choca contra un pino. Comprende que es absurdo tratar de ir a ninguna parte dentro de esa oscuridad. Se quita la ropa, cava un agujero entre la tamuja y la arena y se acurruca dentro.

Por la mañana, la arena seca le cubre hasta el cuello, el viento ha cesado, el sol ya empieza a calentar. Sale del agujero en la arena poseído por una energía infantil, cuelga la ropa de la rama de un pino para que termine de secarse.

Sin intervención de la voluntad su cuerpo, desnudo e inexplicablemente feliz, corre desnudo por la playa hasta que el echa a correr por la playa hasta que el agua del mar le abraza y le desea un buen día.