Dibujo de @pau_la.ff

Ayer tuve una experiencia futurista que clausaré utilizando (me gusta pensar que lógicamente) herramientas primitivas.

Intento a continuación explicar la lógica del caso.

Paseaba en un espacio abierto de naturaleza pública. Digamos, por decir algo, que era una playa. Yo iba ensimismado en la trama de una novela de mil páginas que llevo soñando con escribir desde niño. Lo que viene a ser como si un tetraplégico de nacimiento se pasase su vida soñando con correr una ultramaratón a ritmo de récord del mundo.

De pronto mi perra se queda clavada mirando al cielo. Le agradezco su esfuerzo para devolverme a la cordura de mis limitaciones y la invito a seguir el paseo. No se mueve. Le pregunto (en la misma línea absurda de ignorar los límites) que qué le pasa. Ante su previsible silencio, decido levantar la cabeza. Justo donde ella mira, suspendido a unos tres metros del suelo y a cinco de nosotros, veo un dron de cuatro hélices zumbando.

Así que allí estábamos mi perra y yo mirando fijamente cómo un dron blanco zumbaba entre nuestras cabezas y el sol. Sobre el lomo, las cuatro pequeñas hélices daban vueltas cargadas de ansiedad por la posibilidad (imaginé) de caer sobre la arena. No sé qué estaría pasando por la cabeza de mi perra, por la mía (que sabe lo mismo que ella de objetos voladores) pasaba la imposibilidad de aplicar esquemas conocidos al encuentro. Cuando el bicho se desplazaba por el aire, lo hacía con nervio y con apariencia de voluntad. Mientras estaba suspendido tenía un discreto (aunque apreciable) movimiento arriba y abajo que recordaba a los latidos de la vida. Me di cuenta de que estaba aplicando el esquema asociado al encuentro con un animal salvaje.

Comencé a sentir miedo.

Seguro que era descabellado pensar que los diseñadores hubieran querido imitar a ciertos pájaros y me di por satisfecho pensando que, en mi ignorancia, estaba identificando la apariencia de movimiento autónomo con la vida. Repasándolo ahora, el encuentro se parece a uno de los que se producen en los cuentos de Borges: Yo podría estar soñándome mientras se me aparecía un dios antiguo con forma de pájaro blanco simulando ser un dron [¿Por qué no si vivimos en tiempo de cambio vertiginoso?] Deseé que lanzase una moneda o algún otro objeto que me diera acceso a los misterios de la vida. No lo hizo. Salió disparado en dirección contraria en cuanto reanudamos el paseo.

A los quinientos metros el zumbido nos alcanzó de nuevo. Pasó de largo hacia un lado, pasó de largo hacia el otro. Volvió a quedarse suspendido como si estuviera acechando a una presa. Hizo algunos movimientos con los que, me pareció, quería mostrarme sus habilidades. Se acercó, se alejó marcha atrás. Hizo una pirueta. Yo ya no tenía miedo.

Estaba empezando a estar mosqueado.

Mi mosqueo con el dron lo causaba el hecho de que, por fin, había conseguido hacer un análisis mínimamente decente de la situación. Si este tipo de encuentros van a empezar a ser habituales, todos tendríamos que establecer un esquema adecuado para “gestionarlos”. Lo primero que razoné fue que, desde alguna parte no lejos de allí, una persona controlaba aquel trasto. Después, que el trasto tenía una cámara de alta definición y, puede, que un micrófono. Pese a que esa persona no estaría lejos (por el tamaño asumí que debía estar en un radio de un quilómetro más o menos) me era imposible siquiera tener una pista decente del lugar en el que se encontraba. También razoné que esa persona (que no estaba lejos de allí) podía verme a través de la cámara. El mosqueo iba mutando en cabreo.

Nos han interiorizado el control con tal eficacia que, en este punto, me asaltó la idea de que fuera un dron de vigilancia policial. Inconscientemente puse cara de no haber roto un plato en mi vida. Si era propiedad de alguna fuerza de seguridad del estado ¿no debería estar oportunamente identificado? ¿Se parecen los drones patrulla a los coches patrulla? ¿Existen acaso? Y si existen ¿de qué modo cumplen con la normativa vigente que obliga a informar al ciudadano de que puede ser grabado y del objeto lícito con el que se hace? Descarté que fuera un dron policial. También podría “trabajar” para una empresa de vigilancia privada. En este caso estaría cometiendo una ilegalidad porque, según tengo entendido, no está permitido que esos bichos vuelen sobre espacios habitados. Ahora sí que estaba definitivamente cabreado.

Entretenido en estas cavilaciones, tardé en darme cuenta de que una pareja que paseaba a sus dos yorkshire, me había saludado. Charlamos sobre el instinto animal hasta que el dron se colocó de nuevo sobre nosotros. La pareja se alarmó (como yo había hecho justo antes) por si habíamos dicho alguna inconveniencia que el dron pudiera haber registrado. Sonreímos los tres para generar distensión y seguimos camino en sentidos opuestos. Ahora yo estaba triste. Me pasa siempre que la desconfianza se cruza en mi camino. El engendro volador decidió seguirme a mí y no a la pareja. Aunque alguien podría pensar que eso es motivo de orgullo, solo consiguió que el cabreo se consolidase. Se me apareció la imagen de un adolescente o un grupo de adolescentes observando las imágenes que enviaba el dron para su diversión caprichosa. El cabreo fue derivando hacia la ira.

La ira es un sentimiento que hoy no goza de buena prensa. Afirman los expertos que es una herramienta primitiva (si recordáis es por donde habíamos empezado) que conduce a la satisfacción inmediata de impulsos y que provoca, en el medio y corto plazo, frustración y angustia. A mí no se me ocurriría enmendar la plana a los expertos, claro que no. Pero quiero deciros que, al menos en esta ocasión, la satisfacción de lo que ellos llaman despectivamente “impulsos”, me ha dejado en un estado de serenidad que ya dura quince días. Consciente de que el artefacto “veía” y de que detrás seguramente había alguien frívolo e imprudente, le hice un gesto humano para que se aproximara. Con un movimiento nervioso de los suyos se acercó a mí. Repetí el gesto para demostrar a los expertos que soy relativamente capaz de controlar mis impulsos. El bicho quedó a escasos tres metros de mi mano derecha.

Se me ha olvidado decir que la ira me había impulsado a coger del suelo una piedra de buen tamaño.

Respiré como dicen que hacen los tiradores con arco. Volví la mirada hacia el interior de mí mismo buscando alternativas. Se me ocurrió que lo elegante sería llevar un inhibidor de frecuencia para cancelar estas situaciones futuristas. Yo no tenía un inhibidor de frecuencia. El brazo se disparó sorprendiéndome incluso a mí. ¿Tendría, tal vez, que haber aguantado seguir siendo espiado por una pandilla de adolescentes, por un anacoreta tecnólogo o por un sociópata oportunista? El dron emitió cuatro zumbidos sincopados antes de caer sobre la arena. Me acerqué como se acercan los cazadores a confirmar que su presa ya no respira. Hice un pequeño agujero con el pie e incrusté el engendro inerte con la cámara mirando a la arena. No lo enterré del todo para evitar ser acusado de ensañamiento.

El propietario o la propietaria debió llegar por la noche a recoger el cadáver porque a las diez y media, cuando abandoné la terraza desde la que observaba mientras escribía esta historia, el aparato seguía semienterrado donde lo había dejado.

Tampoco fui al día siguiente a comprobar si seguía allí.

¿Para qué?

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