Estoy seguro de que habrá a quien le resulte difícil creer que hubo un tiempo en el que no existían los números. Un tiempo, sí, en el que se contaba con los dedos y bastaba decir “poco” o “mucho” para saber cuántas cosas había en un determinado lugar. En aquel tiempo, cuando alguien decía “muchísimo”, quería decir que había más de una docena de cosas. El número cero ni siquiera existía y los números negativos pertenecían al mundo de la ciencia ficción. Por aquel entonces, cuantificar no era la máxima aspiración del ser humano, contar era una actividad útil, una práctica sin aspiraciones.

Esos tiempos acabaron cuando, a ciertos contables, se les ocurrió limitar la acción de los números a su lógica de simples sumas y restas. Fue una lástima que esa lógica contable tuviera tanto éxito y la historia de los números se soldase a la historia de la ambición. Una vez santificada la acumulación, no debió resultar complicado encontrar razones para robar, para invadir países, para dejarse llevar por la envidia y así, imagino, se empezó a matar discretamente para hacer cuadrar las cuentas.

Quiero que conste que ni soy un nostálgico de otros tiempos, ni tengo nada contra los números. Los números son neutros, no tienen contenido moral. Son lo que son: Símbolos. Nos ofrecen ayuda para modelar ciertos aspectos de la realidad, para hacer simplificaciones que nos facilitan el acceso a entornos complejos, para encontrar relaciones inesperadas… Deberían ayudarnos y no limitarnos, liberarnos y no tiranizarnos. Porque hoy, los números, nos esclavizan de una manera peculiar. Hemos llegado a numerar nuestras vidas hasta el punto de ignorar aquello que no acepta ser numerado. Es más, ni siquiera concebimos que exista algo que se resista al poder de la numeración. Para más inri, justo después de numerar, nos da por comparar lo más con lo menos, lo flaco con lo gordo, lo rápido con lo lento. Creamos escalas, listas, clasificaciones. Acabamos ciñéndonos a una cifra, a una hora, a un tiempo. Nuestra existencia queda peligrosamente reducida a números enteros y a comparaciones mecánicas entre ellos.

Llevaba algún tiempo pensando en escribir contra esta esclavitud y no acababa de salirme. Hoy, quizás influenciado por la pura lógica del tejer, me he sentido impulsado a hacerlo. A escribir contra el uso anodino, competitivo, acumulativo, clasificatorio; contra la renuncia a dar significados cualitativos a lo que nos rodea, contra el puro amontonamiento de hechos, tareas, obligaciones, días…

Soy capaz de entender que lo hacemos porque los números son un mecanismo sencillo de aplicar, porque funcionan enseguida: Si estás el quinto, el décimo o el primero; si te quedan dos cosas por hacer o siete quilómetros para llegar; si dos mil es más que mil… ya sabes algo aunque sea bien poco. Y ahí nos quedamos, en ese “saber algo”. Clasificatorio, inmediato, sin horizontes. Dejamos de aspirar a contar nuestros días más allá de lo discreto, renunciamos a cualquier forma de magia. Abdicamos de la belleza y pasamos a vivir a base de las listas de cosas que tenemos que hacer, del tiempo que podemos dedicar a cada cosa, de la hora a la que haremos tal o cual otra, de la prioridad que las concedemos… Hace tiempo que nos limitamos a amontonar como si la vida fuese una suma de tareas discretas, atómicas: Ir a trabajar, volver de trabajar, cumplir con la tarea a, cumplir con la tarea b, ir a comer, ir a por los niños, llegar a la hora al gimnasio, cobrar la cantidad acordada el día d

Vivir como contar:
Uno, dos, tres, cuatro…
Sin nada debajo.

Así que un buen día es aquel en el que hemos terminado la lista de tareas, en que hemos hecho veinte cosas; en un buen día contabilizamos beneficios por una cantidad destacable. Y eso es todo lo bueno a lo que podemos aspirar.

Puede que sea porque soy alguna especie de iluso que todavía tiene la esperanza de poder vivir más allá del amontonamiento, de las listas, de la cuantificación anodina; o quizás soy un inmaduro que todavía confía en que te puedas levantar una mañana y entretenerte en contar las migas que ha dejado la tostada sobre la encimera; o las moscas que pululan sobre la bolsa de basura porque ayer se te olvidó cerrar la ventana; o las gotas que se quedan pegadas a la mampara del baño; o la cantidad de regueros de agua que bajan por tus muslos justo después de cerrar el grifo de la ducha. Y llegar tarde al trabajo y que sea una excusa seria para tu jefe el hecho de que te hayas entretenido formulando la evolución del sumatorio mensual de migas o de moscas, o de los regueros de agua o de las gotas en la mampara. Que tu jefa se interese y te pregunte si has encontrado alguna lógica y tú le digas (con una sonrisa franca) que ninguna, pero que seguirás buscando y que le mantendrás informada [aunque ambas penséis que es mejor que no tenga lógica alguna]. Que en los cafés de los trabajos se hable de la temperatura variable a la que el agua os pone la carne de gallina o de los quilómetros de la belleza* o del número de cucharadas en las que se come un yogur o la cantidad de hojas que tiene el árbol junto a la puerta de entrada o el número de conchas erosionadas que hay en la playa. Que las familias, por las noches, cuenten historias absurdas de las que se rían o lloren sin mirar la hora para irse a la cama o para ver no sé qué capítulo de no sé qué serie; que haya imprevistos en las vidas de las parejas que no sean un problema, que haya sorpresas que nos ilusionen…

Puede que sí, que yo sea un cándido y que, en fin, sea descabellado aspirar a que en tu vida no todo esté tasado, previsto, contado…

*Llamo “quilómetros de la belleza” a esos quilómetros de carrera armónica que se completan prácticamente en el mismo segundo durante un entrenamiento de media distancia. La carrera armónica es, para mí, una carrera natural, a un ritmo uniforme que no requiere pensar en la respiración o en el movimiento de las piernas o los brazos. Cuando entras en carrera armónica (en mi caso tengo registros de entre tres y seis quilómetros) es como si el cuerpo corriera solo, es más difícil parar que seguir adelante. Por ejemplo, un día de abril del año pasado, hice un entrenamiento de catorce quilómetros en el que de los quilómetros entre el seis y el doce, corrí tres en el mismo segundo y tres con un solo segundo de diferencia arriba o abajo. Alguien tendrá la tentación de objetar que eso es cuantificar, amontonar marcas. Yo mantengo que no, lo que hacen los números en este caso es indicarnos que algo pasa, que hay algo que ellos solo pueden señalar para llamar nuestra atención. Ese algo sugerente que los números no alcanzan es, para mí, una forma de belleza.