Tengo un amigo que afirma estar enamorado de una mujer desde que ambos tenían quince años. Pasada la treintena la vida les reencuentra. Ella es experta en seguridad informática, él periodista. El reencuentro se produce, casualmente, en su ciudad natal aunque ninguno vive ya en ella. Viven en ciudades separadas por algunos cientos de quilómetros. Movidos por una nostalgia enrevesada, inician una conversación por medios telemáticos. Ella se comunica usando el tono de los boletines de avisos de seguridad. Él como si estuviese escribiendo una crónica deportiva. No se dan cuenta [o no quieren darse cuenta] de que sus estilos son inconmensurables. Después de hablar durante algunas semanas [no se sabe con certeza de qué] mi amigo considera que ella es su novia. Pese a que, me confiesa, hace algunas cosas que resultan extravagantes. Le envía de madrugada a su móvil, por ejemplo, ficheros de distintos tipos y le pide que los ejecute sin dar más explicaciones. También le pide, en medio de una conversación rutinaria, que compruebe amenazas cruzadas entre las aplicaciones de su móvil y el correo electrónico. No sabe a qué se refiere pero hace, obediente, lo que le pide. Además, él se ha empezado a dar cuenta de que sabe cosas de él que él nunca le ha dicho. Un día ella duerme en casa de mi amigo. Justo al cruzar el umbral de la puerta, le dice que no hace falta que le proporcione acceso a su red doméstica. Él le da las claves apuntadas en un postit fucsia. Incluso deja que manipule su móvil con la disculpa de confirmar que está libre de amenazas. Todos los días aparecen cientos de vulnerabilidades, le dice. A las tres semanas mi amigo me llama para que le ayude a limpiar su red. Nos pasamos un domingo entero haciéndolo. No soy ningún experto así que no puedo garantizarle que haya encontrado alguna evidencia. Reseteamos todos los dispositivos. Él cambia su móvil. Se me ocurre decirle que, pese a que no tengamos certezas, debería fiarse de su intuición [que me confiesa no es halagüeña] y actuar en consecuencia. Mi amigo asegura haberme entendido. A las pocas semanas [supongo que para demostrarme su autonomía] me anuncia que tiene una amante, que ha dejado con su novia. Pasan algunas semanas de tranquilidad. No hablamos de la experta en seguridad. Un mes y medio después, mientras paseamos por una montaña, mi amigo deja caer en la conversación que han retomado el contacto. Me enseña algunas conversaciones en las que él sigue escribiendo crónicas deportivas y ella hablando como si fuese un asistente de seguridad virtual. En una, él narra un partido de tenis entre el número uno y el número dos del mundo, tan igualado, que se sospecha va a resultar infinito. Escribe la crónica a las veinticuatro horas del inicio del partido. Continúan empatados. No sabe cuántas veces se ha quedado dormido en ese tiempo, asegura que no menos de tres, ni más de siete. Ella le responde con descripciones de amenazas virales que utilizan vulnerabilidades de aplicaciones instaladas en varios cientos de millones de móviles en todo el mundo. Mi amigo vuelve a recibir ficheros sospechosos y los ejecuta obediente. Ella cada vez sabe más cosas de su vida. Sabe cuando está en casa, cuando ha visitado a su padre [su madre murió hace un par de veranos, durante una ola de calor a principios de julio] sabe cosas de su ex, sabe incluso cosas de mí [dice, por ejemplo, que no escribo mal]. Mi amigo empieza a sospechar que el micrófono de su móvil está intervenido. Durante la siesta, diseña en su cabeza conversaciones que incluyen datos-trampa para confirmar sus sospechas. Por la tarde me llama y las despliega dejando datos falsos sobre atletas, clubes de fútbol o pruebas deportivas con los que espera desenmascararla. Yo le digo que está entrando en su juego. Se lo explico en términos futbolísticos para que me entienda bien. Estás jugando como quieren que juegues, haciendo los cambios que esperan que hagas, tienes que cambiar el planteamiento si no quieres perder por goleada. Mi amigo asiente como si hubiera dado en el clavo con la metáfora, me dice que tengo razón, que se acabó, que hasta aquí hemos llegado. A las dos semanas me llama para informarme de que ella ha vuelto a su casa. Habla en clave, me llama “papá”, no me deja decir nada, se despide con un beso asegurando que no puede evitarlo, que siente que las cosas sea así. Cuelga. Yo empiezo a pensar que no hay nada más que pueda hacer, que pasará lo que tenga que pasar, que el mundo fluye por caminos fuera de mi alcance. Varias semanas después nos encontramos para celebrar algún aniversario irrelevante. Creo que mi cumpleaños. En un momento indeterminado, retoma la metáfora futbolística asegurándome que, hay veces, en las que es conveniente hacer creer al rival que estás haciendo lo que estaba esperando que hicieras. Por lo que dice y cómo lo dice, no me queda claro si el rival es ella o soy yo. Le pregunto algunas cosas básicas sobre ella. Solo sabe la ciudad en la que vive. Respecto al resto de datos afirma que ella es muy reservada. Tampoco tiene muy claro para qué empresa trabaja o qué funciones desarrolla. Desconoce su situación sentimental exacta. Cree que nunca ha estado casada y nunca han hablado de si tiene hijos o no, por eso infiere que no los tiene. Después de media hora de preguntas concretas y respuestas vagas, me enseña una foto de ella. Como si quisiera demostrarme que existe. En la foto ella está sola, lleva gafas de sol. Mi amigo me pregunta si la conozco. Yo no lo conozco. Podría ser cualquiera. Abandonando la discreción, insisto en que me enseñe una foto de los dos juntos. Dice que no tiene ninguna. La historia, que hasta ese momento era reconocible, empezaba a resultar inquietante. ¿Por qué habría de inventarse mi amigo algo así? Ese mismo día, antes de dormir, desarrollo algunas teorías inútiles:

  • Que mi amigo pretende demostrarme que él también es capaz de inventar historias.
  • Que mi amigo tiene algún tipo de necesidad afectiva no cubierta y la cubre [más o menos inconscientemente] con este tipo de invenciones.
  • Que mi amigo ha llevado la disculpa hasta el límite de la mentira y solo pretende que le deje en paz.
  • Que me esté dejando llevar por mi tendencia a la fabulación.

Sea lo que sea que esté sucediendo, me invade la certeza de no poder hacer nada. Deseo mentalmente suerte a mi amigo en su frívolo devaneo con la verdad y me aplico en escribir esa novela que sé que nunca voy a terminar.

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