Un pitido agudo le despierta de madrugada. Es demasiado pronto. En la ventana no se aprecian resquicios de luz. Cambia de lado para seguir durmiendo como mandan los cánones dominicales. No hay manera.

Su cabeza ha empezado a especular sobre el oído exacto en el que ha escuchado el pitido. La polémica (que usted sabe vana) viene a ser si el pitido se ha producido en su oído izquierdo y [de acuerdo a la tradición supersticiosa] alguien piensa en usted porque le quiere bien, o si se ha producido en el oído derecho y [de acuerdo a la misma tradición] ese alguien se acuerda de usted con rencor. Pese a que cree firmemente que este tipo de supercherías no conducen a ninguna parte, sigue sin poder conciliar el sueño. Da una vuelta. Da dos. Da cuatro.

¿Qué más da si alguien piensa en mí con rencor o con cariño? En el primer caso es asunto de esa persona querer envenenarse el domingo sintiendo odio desde primera hora. En el segundo, si la persona le tiene cariño, pronto habrá ocasión de que se lo haga saber. Así de sencillo.

Da otro par de vueltas en la cama. Y ¿Si no fuera tan sencillo?

En el caso del odio puede que haya quien quiera saber. Lo piensa dos o tres veces y parece evidente que usted no tiene interés: Allá los odiadores, en su pecado llevan su oscura penitencia. Sin embargo, sería una pena no saber que alguien siente algún tipo de aprecio hacia usted. ¿Qué pasaría si el aprecio es recíproco y nunca llegan a confesárselo? Da varias vueltas más en la cama. Valora argumentos en un sentido y en otro. Por la persiana empiezan a colarse algunas motas de luz.

Determina que el aprecio [como el amor] es cosa de valientes y debe ser demostrado presencialmente y a horas menos intempestivas. Se lo repite un par de veces mientras gira a un lado y al otro. Eso es. Lo ve claro.

Desconecta la alarma del móvil y decide dormir hasta que el cuerpo diga basta.