Camino (2)El fin de semana pasado no tenía un plan mejor y me dio por apuntarme a unas jornadas de autoconocimiento y coaching personal. El sábado estuvo bien. Hay conceptos y algunos relatos de este mundo que pueden resultar interesantes si te los tomas con la serenidad suficiente: Eso de que eres lo que haces. Eso de no tener el gatillo del juicio tan flojo. Eso de ni mejor ni peor, ni siquiera igual. El domingo, después del café con bollería industrial que nos pusieron para desayunar, empecé a sufrir. Se desencadenó a mi alrededor una epidemia de hipertrofia espiritual mimética. Todo el mundo empezó a actuar como el coach-alfa que conducía las sesiones. Era un tipo alto con barba de cuatro días exactos, voz profunda y maneras pausadas que había interiorizado su papel de forma [tengo que reconocerlo] excepcional. Si yo fuese un director de cine no hubiese dudado en hacerle una oferta para mi próxima película. Te cruzabas con alguien en el pasillo, se te ocurría sonreir y le poseía el impulso de contarte una experiencia personal que ejemplificaba maravillosamente bien alguna de las enseñanzas del día anterior. Historias de relaciones tóxicas, de éxito laboral después de una crisis, de familias recompuestas, de amistades salvadas en el último minuto… Todas tenían trasfondo heroico, capacidad de resistencia por encima de la media y el premio final de alguna casualidad poética. Era todo tan motivante que —entre unos y otros— consiguieron ponerme al borde del suicidio. Observé que había una analogía que había calado después de que, el sábado por la tarde, la utilizase una de las coach-beta que reforzaban cada enseñanza del coach-alfa. Ella dijo:

“Deberíamos empezar cada nuevo día como si hubiésemos reseteado durante la noche”.

El noventa y cinco por cierto de las historias paradigmáticas que escuché el domingo empezaban con alguna mención explícita a esta metáfora, tipo: “Esta mañana me he levantado como si anoche hubiese pulsado el botón de reseteo antes de meterme en la cama” o “qué bien sienta resetear, deberíamos hacerlo más a menudo”.

Me dio por repasar el mecanismo de reinicio de una máquina cualquiera para intentar comprender bien las implicaciones de la analogía y así aproximarme a la razón de su éxito. Cuando una máquina se resetea se produce el vaciado completo de sus mecanismos de memoria garantizando que volverá a arrancar con la configuración inicial fijada por sus diseñadores. Me parece que el funcionamiento del ser humano es bien diferente. No tener mecanismos para el vaciado de la memoria nos convierte en una realidad compleja, rica, con ese algo de imprevisibilidad que llamamos vida. Es verdad que, cuando nos vemos obligados a resetear, por ejemplo, nuestro ordenador es porque, durante su funcionamiento, algo imprevisto se ha instalado en la memoria impidiendo que nos sea útil. En el caso de las máquinas lo imprevisto es una avería, en el del ser humano lo imprevisto es un alivio. Dado el éxito que había tenido la comparación me entristeció pensar que el ser humano esté empezando a preferir la avería al alivio. El domingo por la noche, mientras despedía entre besos y abrazos a espíritus hipertrofiados que aseguraban que nos volveríamos a ver pronto, me encontraba en un estado de profunda melancolía.

El lunes y el martes pensé que no saldría adelante, que aquellas jornadas habían acabado conmigo. Hoy, al levantarme [sin haber pulsado ningún botón antes de meterme en la cama], he tenido la lumnisa intuición de todo lo contrario: Podría ser que aquellas jornadas me hubiesen dado una razón para seguir adelante, una misión imprevista:

Indagar las razones por las que, a tanta gente, le gustaría ser una máquina.