8A992DF2-33AE-410D-B069-BD6E0D73966ESe despierta boca arriba. Mira al techo. Consulta el móvil que todavía no ha sonado. Las siete treinta y ocho. Dice entre dientes:
—Vaya sueñecito sucio.
No comparten este tipo de cosas así que su pareja se extraña:
—Pero ¿Qué dices?
—No, no es eso. He dicho “sucio”, no “guarro”.
Se hace un silencio tenso. Decides explicarte:
—He soñado que, no sé por qué, tenía que pasar por debajo de una escalera de obra. Justo cuando estaba pasando se ha caído un cubo de pintura azul cielo sobre mi cabeza. Me he despertado de golpe.
—¿Quieres decir que has pasado por debajo de una escalera?
—En realidad no podría decir si he llegado a pasar, estaba justo debajo cuando se me ha caído la pintura encima.
—Da igual, conviene tomar precauciones. Quédate ahí.
Pasan veinte minutos hasta que vuelve y le dice
—Desnúdate despacio y vete de puntillas al baño.
—No creo que sea para tanto —protestas— nunca hemos sido de creer en supersticiones.
—¡Arriba!
En el bañera cinco dedos de agua. El humo subiendo con rapidez hacia el techo.
—Métete.
El dedo gordo del pie izquierdo se le pone rojo como una guindilla.
—Está demasiado caliente.
—Mejor, así no falla.
A los quince minutos consigue sentarse en la bañera. El culo y las plantas de los pies escaldados. Su pareja vuelve con una botella de disolvente. Echa un tapón en el agua.
—Remuévelo bien y frótate el cuerpo.
—Esto huele a demonios.
—¡Frota bien!

Frota durante ocho minutos. Enciende la ducha al mismo tiempo que quita el tapón de la bañera para que se vacíe. El agua está templada y limpia. Usted se limpia con jabón dermoprotector y empieza, poco a poco, a disfrutar del domingo. Frente al espejo se embadurna el cuerpo con aceite de Johnson’s mientras piensa que le apetece media chapata untada en sobrasada. Se pone el chándal y,

en los inmaculados brazos de la pureza,

sale del baño hacia la cocina.

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