IMG_20190206_111642 (2)A causa de mi irrefrenable necesidad de estar a la última, cada par de semanas me veo obligado a experimentar con las tendencias más destacadas del mes en curso. En todos estos años, esa necesidad de hacer cosas nuevas me ha llevado a probar las actividades más peregrinas: Desde el breakdance hasta el poliamor, pasando por la homeopatía y el HIIT. Cientos de prácticas, creencias, seudoteorías, afiliaciones políticas y actividades de ocio o deportivas que he practicado durante un máximo de quince días seguidos. Alguien chapado a la antigua, quizás me haría notar que, en un periodo temporal tan corto, es imposible experimentar nada de manera decente. Sé que si entrase en el juego de considerar ese tipo de argumentos, dejaría de ser contemporáneo [cool, atractivo, candidato a tendencia] mis argumentos se volverían demasiado largos para la inmediatez de nuestro tiempo y yo me convertiría en un ser aburrido y previsible. Así que no voy a entrar en ese juego.

Lo cierto es que, ayer por la noche, me acosté decidido a experimentar la vida en el ahora de la que llevo oyendo hablar ya varios años. Antes de irme a la cama, me había documentado convenientemente para saber cómo se hacía eso. Mi conclusión era más o menos la siguiente:

Si no eres consciente de lo que estás haciendo en cada instante, no vas a disfrutarlo y te lamentarás al instante siguiente. Este lamento hará que no puedas disfrutar del instante inmediatamente posterior de modo tal que entrarás en un bucle de tensión entre planificar el instante que viene y lamentar no haberlo planificado bien. Me dormí seguro de que aquello tenía sentido.

Cuando salí de la cama —quizás porque todavía no estaba bien despierto— me quité la ropa de dormir con consciencia plena y me puse el chándal sin lamentar haber desaprovechado ningún instante. El desayuno transcurrió con bastante consciencia pese a que se me ocurrió ir al servicio justo cuando el agua empezaba a subir en la cafetera. Al volver a la cocina, el café hervía y algunas gotas caían sobre la placa encendida generando un burbujeo con olor a quemado. Tenía que haberlo previsto: Si te concentras en disfrutar del instante de mear no vas a llegar a tiempo a retirar el café. Anoté el aprendizaje y no di importancia a que se me saliese la leche en el microondas.
Antes de salir a dar mi primer paseo en el ahora, hice algunas respiraciones en el porche para recuperar completamente la consciencia. Eran las ocho y cuarto de la mañana.

Llevaba cuatro minutos andando por un pinar desierto cuando me di cuenta de que no estaba siendo consciente del andar mismo. Dejé de pensar en la historia que iba escribir antes de comer —que, comprendí, no pertenecía al ahora— para empezar a pensar en el mecanismo del andar. Me hacía consciente de mi pie izquierdo apoyándose en el suelo para impulsarme hacia adelante, rápidamente pasaba a hacerme consciente de cómo mi pie derecho tomaba el relevo para el siguiente impulso. De ese modo, fui consciente de los siguientes veinte pasos sobre el camino de arena. Era una experiencia emocionante. Sin previo aviso, mi cabeza preguntó ¿y qué pasa con las rodillas, con los cuádriceps, con los brazos que se balancean para ayudar en el avance? ¿Y qué pasa con los dedos de los pies? Habitar el ahora estaba empezando a resultar complicado. Además, observé, con tanta consciencia en cada paso, apenas me había alejado de mi casa doscientos metros en diez minutos. ¿Realmente había que considerar cada paso un instante? Parecía conveniente realizar algún tipo de síntesis para que un instante estuviese compuesto, por ejemplo, por cinco pasos. Me tropecé con una rama en el cuarto. Esto me pasa por sintetizar el ahora. Modifiqué la síntesis con velocidad: Un instante = cuatro pasos. Contaba los pasos, me hacía consciente de mis pies contactando con el suelo, de mis tobillos, de mis rodillas, de mis cuádriceps, de los brazos balanceándose instintivamente en los laterales de mi cuerpo… Quizás debería hacer también una síntesis con el cuerpo que habita el ahora, supuse que sería más sencillo trabajar con partes complejas: los brazos, las piernas, el tronco y la cabeza. ¿Debo mirar el paisaje mientras paseo? Lo descarté después de tropezarme otra vez al intentarlo. Seguro que mirar el paisaje corresponde ya a un estado avanzado de vida en el ahora, por el momento debía conformarme con estar [más o menos] presente cada cuatro pasos.

De que me había perdido me di cuenta cuando había pasado una hora. Tuve que dejar de estar presente unos minutos para encontrar el camino de vuelta a casa. Me senté en un tocón a realizar una serie de respiraciones. Cabeceé sin darme cuenta dos veces, a la tercera por poco caigo dormido sobre la tamuja. Me levanté decidido a llegar a casa antes de la hora de comer. A eso de la una me senté a escribir [normalmente lo consigo alrededor de las once y media]. Como no había podido planificar lo que escribiría esa mañana, tuve que empezar de cero. A las dos había escrito cuarenta y siete palabras peleando por escribirlas desde el ahora. Cinco frases mediocres. Estaba hambriento. Hice un huevo frito debatiéndome entre la frustración y el ahora. Lo comí de pie en la cocina y me fui al sofá. La siesta se prolongó hasta las siete de la tarde. Escribí cincuenta y tantas palabras hasta las nueve. A las nueve y media me metí en la cama agotado. No dormí nada porque no estaba seguro de si lo que se sueña es aceptable en el ahora o debe ser rechazado como mera expectativa de futuro. A las ocho de la mañana, agotado, me quedé, por fin, dormido decidido a llevar una vida alejada de cualquier tipo de tendencia.

Anuncios