ConLosNiñosDebe ser un síntoma de algo el que últimamente me haya dado por hacer recapitulaciones de mi vida. No estoy seguro de si es por ordenarla, por contrastar mis recuerdos o por volver a sentir cosas que ya no siento. Supongo que nunca llegaré a saber por qué. Sí sé, que se está conviertiendo en un clásico de estas recapitulaciones imaginar conversaciones con mis exnovias sobre el pasado común. De acuerdo, no son solo conversaciones imaginarias, también se han producido algunas recapitulaciones en persona. Con mi primera novia me encontré hace algunos meses. Hice un intento de recapitular pero ella estaba a otra cosa: Al drama de su marido dejándola por una veinteañera, a los niños, a la separación. Comprensible. Si yo fuese un perverso habría caído en la tentación de pensar que eso le pasaba por haberme dejado por aquel cretino, pero no lo soy. Le animé a seguir adelante y me fui a tomar una cerveza. Con la siguiente ex que me cruzó el azar la cosa fue más productiva. Nos dimos con serenidad las coordenadas de nuestros momentos vitales, nos tomamos una caña y nos despedimos hasta la próxima recapitulación. No imaginaba yo que tendría tan buen recuerdo de mí después de lo de que pasó con su prima; me vino a decir que —a pesar de todo— había sido sincero al contárselo y la sinceridad es una cualidad a valorar en todo caso. Es interesante reconciliarse con el pasado, te hace sentir más completo, más confirmado, más que has vivido. Espoleado por esta experiencia de madurez, llamé a otra de mis exnovias un viernes por la tarde. Aunque la conversación fue breve, se mantuvo mi nivel positivo de recapitulación. Nos emplazamos para intentar vernos el mes siguiente. Fue ella quien me llamó. Ya me había dicho que se había comprado una casa no lejos de nuestra ciudad natal —también será un síntoma de algo que andemos volviendo a los orígenes— así que tardó poco en invitarme a verla. Pensé que era una excusa como otra para encontrarnos y acepté sin pensarlo, no me esperaba que añadiese: “Yo iré con los niños”.

No voy a decir que fuese una mala idea, al contrario, matábamos dos pajaros de un tiro ya que ambos tenemos hijos de más o menos la misma edad, pero por alguna razón se me vino abajo el espíritu recapitulatorio. Si se trata de recuperar el pasado parece mala idea mezclarlo con el presente. Y peor aún —comprendí después— mezclarlo con el futuro. Lógicamente, acepté vernos el siguiente sábado. El tiempo no acompañó. Se habían comprado —ella me lo dijo en singular imagino que por no mezclar las cosas— una casa baja con jardín frondoso en uno de esos barrios periféricos que recuerdan el pueblo que alguna vez fue la ciudad. Mucha madera. Unas necesidades de rehabilitación moderadas y poco más. Era mala idea mandar a los niños fuera con la que estaba cayendo, así que no hubo ocasión de recapitular. Al subir al coche, me sentía como si hubiera estado en la presentación de un trofeo a lo bien que le había ido la vida. Esa sensación redujo mi euforia haciéndome sentir incompleto, lleno de dudas y como si todo el mundo hubiese vivido, menos yo. La ciclotimia es una ley del comportamiento humano, todo el mundo lo sabe. Estuve asimilando la experiencia algo más de un mes. Ya casi volvía a sentir haber vivido cuando recibí una nueva llamada suya. Fui cortés, le pregunté por su hijo y por la casa —omití a su marido para no destacar su tendencia a hablar en singular—. Tenía ya en la cabeza una frase para despedirme y va y suelta: “¿Quedamos con los niños?”. Me pilló por sorpresa, ni siquiera había tenido en cuenta la posibilidad de volver a “quedar con los niños” por lo que no tenía respuesta para esa pregunta. Ella convirtió mi silencio en un “sí” dando por confirmada una cita en un parque próximo a su trofeo con jardín frondoso. Va a hacer muy bueno el sábado, ya verás qué bien se está en casa. Y colgó.

Había dicho “en casa” con un tono similar al de “vamónos a casa, cariño”. Ese tono —que hacía peligrar ciertas posibilidades recopilatorias— sumado a su uso del singular, sugería nuevas posibilidades que yo no había tenido en cuenta. Por ejemplo, la de una crisis matrimonial que lleva a la típica aventura a la desesperada que trae más problemas que soluciones. No estaba yo para aventuras, solo quería recapiltuar algunos hechos agradables y sentirme como si hubiese vivido ¿es tan difícil de entender?. Llegué al parque en ese estado de ánimo defensivo de cuando no esperas que pase nada bueno. Al menos hacía sol. Estuvimos toda la mañana hablando de la crianza, de la educación, del complejo mantenimiento de una familia, del trabajo. Desplegamos teorías irrefutables sobre cada tema, criticamos a los conservadores y a los revolucionarios, dijimos varias veces “es que hablar es muy fácil”. Mientras, los niños jugaban con nuestros móviles. Saludábamos a otras parejas y a otros niños. Parecíamos una familia más. Todos vigilaban a todos: Los padres a los hijos de otros padres, las madres a los padres de otros hijos, los hijos a las madres de otras familias. Hubo un conato de discusión cuando una niña se cayó de un columpio. Llanto infantil, acusaciones, argumentos de defensa de hijos a padres, consejos de unos padres a otros… Detrás de las palabras educadas se podía oler una superioridad reprimida. Quizás, al final, sí que se estaban recapitulando algo: mi últimos diez años. Yo estaba mareado, se me nublaba la vista. Dije que me había olvidado algo en el coche y corrí al bar más cercano. Me bebí dos cervezas. Llamé a la madre de mi hijo y le pedí, por favor, que fuese a recogerle porque yo tenía que atender una emergencia. Gruñó: siempre estás igual, a mí no me toca, lo haré por el niño y colgó. Cuando terminé de llorar sobre el volante, encendí el motor y conduje durante varias horas solo para prolongar la ilusión de que había conseguido huir.