img_1971Abel tenía un plan. Bueno, en realidad, siempre había tenido un plan. La cosa es que los últimos acontecimientos —que resultaron imprevistos— le habían llevado a pensar que su plan tenía vida propia y evolucionaba con una lógica ajena a lo que él tenía en la cabeza. Vamos, que había perdido la confianza y empezaba a dudar de la utilidad de hacer planes. La noche más fría de aquel invierno —es verdad que después de tomar diez o doce cervezas— decidió que había llegado el momento de hacer un plan que se desplegase en el tiempo como si fuese él mismo. No estaba seguro si esto significaba que el plan se adaptaría a su lógica o si él se adaptaría a la de su plan. Da igual —se dijo— esa es una cuestión menor que resolveré con el tiempo. Y así fue como, a las tres en punto de la mañana de aquel día —el más frío del año— Abel empezó a tener conciencia de hacia dónde se dirigía. No era un plan ambicioso. O quizás sí. Le había dado por pensar que su actitud en la vida era la de una especie de anarconservador. Lo cual no es un contradicción, razonaba. Por un lado, sentía el impulso de mostrarse como el ser más iconoclasta del puto universo y —en el mismo instante, en el mismo momento: entiéndase con precisión— sentía la imperiosa necesidad de sobrevivir como fuera a las circunstancias que le habían tocado. ¿Acaso hay algún ser humano que no se encuentre en esta disyuntiva? ¿Alguien que no viva haciendo equilibrios entre lo que le gustaría y lo que es? Pues eso. Lo cierto es que Abel nunca había tenido buena salud. Desde que, a los siete años, uno de esos catarros mal curados derivó en una neumonía que le tuvo dos semanas ingresado, todo habían sido complicaciones: le operaron de anginas de la noche a la mañana, pilló un sarampión virulento que los médicos no se explicaban, a punto estuvo de morirse por una intolerancia a la lactosa cuando tenía doce años. La alergia al polen le amargaba una primavera tras otra. A los quince, bajando de la litera, se rompió todos los ligamentos de la rodilla derecha. Todavía no tenía dieciséis años cuando le operaron de apendicitis de urgencia. A los diecisiete se desmayó durante un examen oral y nunca se supo porqué. Podría parecer que esta historia es triste. Abel se sentía, en ocasiones, tentado por la tristeza pero aquella noche —la más fría del año— pensó que igual se trataba de una señal hacia la salida. No puede saberse si el momento en que Abel decidió basar su plan en su mala salud fue uno de lucidez o un desvarío [eso se lo vamos a dejar al tiempo]. Tal vez sí convendría situarnos y desvelar, por fin, el objetivo de Abel. Igual deberíamos haber empezado por ahí. A Abel le gustaba pensar que es un hombre que tiene claros sus objetivos en la vida pese a que, más de una vez, le habían preguntado cuáles eran y él nunca había respondido lo mismo. No es que pretenda engañar a nadie, le sale. Así que decidió obligarse a explicitar un máximo de dos objetivos estables para lo que le quedaba por delante. Con el primero no tenía dudas: Encontrar una mujer que —aunque no le amase desesperadamente— le mostrase el cariño suficiente y cubriera sus necesidades sexuales más urgentes. Ya habían pasado más de dos años desde la separación, más de setecientos días pensado que no le resultaría complicado encontrar a esa mujer. Pero nada. Los escarceos que podía contabilizar le habían dejado una desmoralizante sensación de vacío, nunca había una segunda cita, no parecía posible ir más lejos. El segundo objetivo fue fijado con la ayuda de su mejor amiga y compañera. Ella es una mujer decidida y directa —complemento perfecto para Abel, hombre dubitativo y taimado— que seguro sabría orientarle. Justo después de pedir la quinta cerveza, ella le dijo:
—Déjate de hostias, Abel, lo que tienes que hacer es asegurar tu futuro y el de tus hijos, eso es lo primero, tener unos ingresos que te permitan vivir con holgura. No preocuparse por el futuro garantiza que no te vas a preocupar por el pasado, todo lo demás vendrá por añadidura.
Abel encajó la referencia bíblica con tranquilidad y el fondo pragmático del mensaje como algo novedoso, pese a que sabía que no lo era.
—Así que, deja de hacer el bacín y céntrate en lo que tienes que centrarte.
Eran las dos y cuarenta de la mañana. Él no abrió la boca en los siguientes veinte minutos, estaba intentando centrarse. A las tres en punto de la mañana el plan tomó forma automática en su cabeza. Se lo dijo a su amiga. Ella le espetó:
—Ya era hora ¿me lo vas a contar o es un secreto?
Abel se lo iba a contar sin la menor duda. Después de la medianoche ella tendía a convertirse en un ser impaciente. Lo que le contó —resumiendo mucho— es que iba a consolidar su posición en la empresa asegurándose, de ese modo, los poco más de veinte años que le faltaban hasta la jubilación.
—Yo diría que, tal y como están las cosas, no es un objetivo fácil—. Ella pensó unos segundos antes de añadir —Supongo que eres consciente de que es lo que quiere la mayoría de la gente ¿qué hace tu plan más viable que el suyo?
Abel, sin pensarlo un segundo, respondió que su plan había sido contrastado por otros, conocía casos. Y fue entonces cuando empezó a hablar de su mala salud, del sindicato, del cuidado de los niños, de su madre que ya no daba pie con bola… A las tres y cuarenta y cinco de la mañana del día más frío de aquel año, Abel pasó a engrosar la lista de miembros de una generación que había crecido atea y, después de los cuarenta, se sorprendió creyendo desesperadamente en la diosa jubilación y en que la vida empieza a partir de los sesenta. Acabó la última cerveza, se puso el abrigo de montañero y se fue sin pagar seguro de que su amiga se encargaría de todo.

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