img_20180810_094043Tal y como están las cosas, supongo que era fácil adivinar que el siguiente capítulo del asunto de los androides sería una noticia posverdadera. Una noticia posverdadera de ahora, viene a ser el equivalente a una noticia falsa de antes. Al escribir esto, tomo conciencia de que no estoy seguro de recordar un tiempo en el que las noticias fueran cien por cien verdaderas. Hasta donde recuerdo, yo diría que siempre ha habido alguien coqueteando con los límites de la verdad y tomando las precauciones necesarias para que nadie pudiera decir que mentía. El caso es que, en diciembre del año pasado, una empresa rusa presentó un “robot de alta tecnología” que parecía aburrirse con sus vastos conocimientos científicos y manifestaba inquietudes por aprender a dibujar, componer música o bailar. Enternecedor. Hasta la televisión pública rusa invitó al supuesto robot al programa de entretenimiento correspondiente. Para que quedase claro que tratan igual a todo el mundo y que no discriminan a los androides por el hecho de serlo, le dieron oportunidad de demostrar sus habilidades incluidas las del baile. No lo hace mal, dicen los cronistas que exclamó el presentador mientras el humanoide se contoneaba imagino que con la rusa maciza de turno. [Sería un experimento interesante comprobar si un androide auténtico manifiesta alguna tendencia a impresionar a las macizas]. A los pocos días, después de las presiones de unos sospechadores y otros, la empresa reconoció que Borís —así habían llamado al invento— no era un “robot de alta tecnología”, era un solo disfraz que, por unos tres mil euros, cualquiera puede adquirir para pasar un buen rato con los amigos. A mí me parece un poco cara la broma, pero bueno, era de esperar (como he dicho) que este rollo de los robots, de los androides o de la inteligencia artificial acabase con una perfomance televisiva de corte putiniano. Lo que me importa de esta anécdota —iba a decir historia pero no merece tal nombre— es que, a cuenta de este tal Borís, perdí por unas semanas a uno de mis mejores amigos. Cuando un viernes por la noche él compartió conmigo la noticia, yo contesté, displicente, que todo ese rollo de los androides era un maldito invento de mercachifles que no estaba muy claro qué querían vendernos. Siempre estás igual, me dijo mi amigo, pagó y se fue a casa dejando la cerveza a medias. Ni que decir tiene que, pese a mi preocupación por lo que había sucedido, antes de irme de aquel bar me bebí mi cerveza y lo que quedaba de la de mi amigo. Coño, pues sí se lo ha tomado en serio, a ver ahora qué hago. Menos mal que había llevado mi libro electrónico y pude pasar la tarde leyendo a Bolaño —mi refugio en estos casos— y bebiendo cerveza. A media noche me fui a casa pensando que mi amigo me llamaría por la mañana. No lo hizo. El domingo me acosté pensando que lo haría el lunes después del trabajo para que comentásemos lo productivo que había sido el día. No lo hizo. Pensé que entresemana me enviaría un mensaje. Nada. En ese silencio extraño pasaron casi cuatro semanas. Yo no me sentía obligado a dar señales porque consideraba que mi comportamiento había sido honesto y nada fuera de lo habitual. Aún así, antes de que se cumpliese el mes, le puse un mensaje que decía: “Ey!”. Sí, vale, no es elocuente pero podía valer como comienzo. Él no respondió. Era jueves por la tarde y durante la noche soñé que un robot ruso llamado Borís asesinaba a mi amigo por un fallo software al aplicar la famosa regla de la robótica por la que un robot no puede hacer daño a un ser humano. El viernes por la mañana había perdido la esperanza y planeé una noche viendo cine en blanco y negro. A mediodía mi amigo me puso un mensaje: “Luego te veo, me debes media cerveza que, estoy seguro, te bebiste el otro día cuando me fui”. Contesté: “Claro, trae al puto Borís si quieres, también le pago a él una”. Ahora, cada vez que alguien habla de unos de estos temas populares con intención de hacerse el enterado y convertirlo en trending topic, me acuerdo de la farsa del puto Borís y, sin decir una palabra, hago un gesto lo más discreto posible para que me pongan otra cerveza.