Más Leña al Fuego

Es probable que el secreto más destacable de mi familia sea el de la mujer de mi primo Julio. Algo que sucedió hace algunos años y, que yo sepa, nunca ha trascendido. Sí, efectivamente, voy a contar aquí la historia de la mujer de mi primo Julio. ¿Por qué?. Porque el arte es una actividad malsana que necesita avivar su fuego salga de donde salga la leña. Porque ayer, a eso del mediodía, me rendí y tuve que reconocer que me había quedado sin ideas. No me había quedado ayer, me había quedado hace varias semanas. Es decir, llevaba varias semanas haciéndome creer a mí mismo que tenía algunas ideas que estaban evolucionando en mi cabeza hacia algún sitio. Ayer, a eso del mediodía, me di cuenta de que no había ideas y, por lo tanto, no había evolución, no había sitio al que ir. Sufrí un ataque de ansiedad durante varias horas hasta que, a las tres de la mañana, decidí revelar la historia de la mujer de mi primo Julio. El arte es retorcido, a ver si va ser ahora culpa mía. No, no es culpa mía, es una tradición milenaria de historias robadas, de malos entendidos, de fingimientos, de fatigas para forzar la realidad y hacerla cuadrar con las ambiciones del supuesto artista. Se roban historias a los amigos. Se roban historias a desconocidos indiscretos que hablan a voces en los bares. Se roban frases a los familiares, se roban expresiones a los compañeros de trabajo, a los desconocidos. Se interpretan conversaciones en el autobús. Se roban sucesos de la prensa. Se contorsionan las frases hasta que encajan, se retuercen los hechos hasta que sirven. Es así, no voy a descubrir nada nuevo sobre el arte: ¡Señoras y señores! el arte no es el paraíso de la inspiración inmaculada, el arte es una parte más de la vida en la que se caga, se mea y se delinque como en el resto. Por eso voy a desvelar el secreto de la mujer de mi primo Julio. Además, la historia merece ser contada.

Por qué esa mujer decidida, de cara angulosa y melena rubia se casó con mi primo habría que preguntárselo a ella. La boda se celebró hace casi veinte años. Mi familia siempre ha sido de no destacar, así que supongo que fue una boda típica de finales de los noventa. Yo solo recuerdo que los primos más jóvenes estábamos encantados con el cuerpo de aquella nueva prima que se nos venía encima. Por fin una prima rubia. Por fin un toque de color, un indicio de que abandonábamos el gris ruralismo castellano para unirnos a la modernidad urbana. Era como si mi primo se hubiese casado con Madonna: no estábamos a la última, vale, pero nos valía como un primer paso. Cada vez que la novia se levantaba de la mesa presidencial nosotros —los primos por debajo de los treinta— salíamos disparados con la esperanza de que fuera al servicio. La idea era rozarnos con ella en algún estrechamiento del salón o ver algo prohibido a través de la rendija de la puerta del baño que, en estos acontecimientos, se abre y se cierra demasiado. Justo antes de la hora del baile, después de varias docenas de viajes infructuosos, mi primo el de Madrid y yo tuvimos la suerte de que a la puerta del baño de mujeres se le aflojara el muelle —son días de mucho uso— y no acabase de cerrarse del todo. Varias de nuestras tías y algunas de las nuevas tías políticas —las representantes más destacadas de aquel matriarcado que había llegado un poco tarde a la ceremonia de la liberación de la mujer— se afanaban en abrochar los corchetes de un vestido de novia demasiado rígido y aparatoso para que una novia pudiese hacer sola sus necesidades básicas. Vimos una espalda tonificada, unas escápulas definidas, una piel bronceada, el arco lumbar como una sima anunciando las profundidades de un tanga blanco. Antes de pasar a formar parte de nuestro imaginario sexual, aquella imagen flotó en nuestras cabezas de hijos del destape durante el resto de la celebración. Sabíamos que en el baile tendríamos ocasión de acercarnos a aquel cuerpo. Los ochenta nos pillaron demasiado jóvenes —nos aprendimos el discurso de la liberación sexual sin tener ocasión de ponerlo en práctica— así que lo máximo a lo que nuestros instintos semirreprimidos aspiraban era a ver a una mujer parcialmente desnuda y a rozarse con ella en algún espacio multitudinario. Hubo que esperar a que se cumpliesen los rituales familiares y a que el alcohol relajase las miradas pero mereció la pena. Bailamos con ella, la agarramos por la cintura, nos frotamos con timidez contra su culo. ¡Cómo se movía!. Los primos y primas veinteañeros le hacíamos círculo y nos turnábamos para arrimarnos. Estábamos ansiosos porque se nos pegase aquel desparpajo, aquella desinhibición urbana que tanto nos sugería y tan poco habíamos experimentado. El escote del vestido aguantaba a duras penas, se abría en cada giro al mismo tiempo que se levantaba el vuelo de los bajos mugrientos de tanto arrastrarse. Había girones de la falda pisada miles de veces por el suelo. Bailaba descalza. Algunas primas le imitaron tirando los tacones contra la pared. Mi primo de Madrid y yo —quizás intentado dejar claro que éramos los más atrevidos— hicimos lo mismo con nuestros zapatos de piel rígida como la mojama. En fin, un ritual colectivo de iniciación sexual consentido por la familia extensa. Aquellas sensaciones se hicieron con mis sueños de las noches siguientes. Quizás tendría que haber sospechado algo —yo que presumo de tener buen ojo—. Quizás hubo algún indicio, algún movimiento, alguna insinuación en medio de la vorágine. Quizás. Pero bastante tenía yo con gestionar mi excitación semiliberada.

Después de aquella noche mi primo Julio y su mujer —voy a mantener su nombre en el secreto porque la discreción también es un arte— pasaron a tener, en el imaginario colectivo de mi familia, una vida matrimonial normal. Yo y mis ensoñaciones nos dedicábamos a fantasear con la siguiente celebración familiar en la que podríamos tirar los zapatos contra la pared y bailar como si folláramos. Pasaron un par de bodas más y algún cumpleaños. Sí, es verdad que, hacia el final de la cena de las bodas de oro de los abuelos, una de mis primas me intentó contar algo que había pasado en el servicio. Yo estaba distraído en mis fantasías y ella bastante borracha para expresarse con claridad. Dijo algo del vestido de nuestra nueva prima, de su propio vestido, de por qué ella no usaba tanga y la rubia uno color burdeos y que no llevaba sujetador… No di mayor importancia a aquello y seguí comiendo y preparando en mi cabeza el baile que se avecinaba. Es cierto que cuando mi primo Julio se fue a trabajar a Ibiza, hubo algunos rumores sobre el hecho de que ella no le acompañase. Al parecer, habían llegado a un acuerdo por el que ella iba y venía para encargarse del mantenimiento del piso —que no quisieron alquilar— y de sus compromisos familiares. Ya se sabe cómo son las familias castellanas a las que no les gusta destacar… La vida siguió. Nos hicimos mayores y yo dejé de acudir a celebraciones colectivas. Me dio por trabajar como si todas las respuestas estuviesen detrás del éxito profesional. Visitaba a mis padres los fines de semana. Quedaba con mis amigos para celebrar su embarazos. Tuve novias formales de esas que le sirven a la sociedad para encauzar tus instintos y tus pasiones. El contacto con la familia extensa era el que permitían las obligaciones. Todo era normal. Todo estaba bien. Un domingo por la mañana me llamó mi prima. ¿Has visto la sección de sucesos?. Adiviné que se refería a la del periódico local de nuestra ciudad natal. Nunca dejaremos de ser provincianos, pensé. No, ya no leo la prensa ¿qué ha pasado?. Es la mujer del primo Julio, parece que la han detenido. ¡Joder! seguro que ha sido por bailar demasiado bien. Lee la noticia y luego, si quieres, la comentamos. Vale, lo haré, un beso prima. Tardé algo en encontrar la noticia que decía:

“M.L.G. de 43 años de edad ha sido detenida acusada de presuntos abusos sexuales y violación. Fuentes de la policía informan de que la investigación lleva abierta varios meses, ‘desde que se tuvo noticia por primera vez del comportamiento sospechoso de esta persona’. Podría tratarse de una depredadora sexual que lleva varios años utilizando un piso familiar vacío para sus actividades supuestamente delictivas. Según ha podido saber esta redacción, su modo de operar era simple: Seducía a jovencitas a través de aplicaciones de contactos para, posteriormente, citarlas en bares cercanos al piso familiar en el que se mantendrían relaciones sexuales no siempre consentidas y no siempre con mayores de edad. La mujer ha sido puesta a disposición judicial…”

Dejé de leer. Se me ocurrieron varias analogías sobre dónde nos conducen los deseos semirreprimidos o la excitación semiliberada. Se me ocurrieron imágenes pedagógicas, historias con moraleja. Me resistí a todas ellas. Seguí pensando que no deberíamos racionalizar nuestro deseo, que hay que encontrar la manera de convivir con él. Llamé a mi prima. Ya lo he leído, dije sin decir ni hola. Ella tampoco me saludó, solo dijo: ¿Lo ves? te lo dije.

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