Los Árboles Centenarios no Emigran en Otoño

img_2354Por la misma época en que las aves migratorias se agrupan, cuando el calor afloja, cuando empiezan los días grises o cuando caen los primeros chubascos —no sé qué criterios utilizan para determinar que ha llegado el momento de irse al sur— las clases medias sienten la imperiosa necesidad de vaciar los armarios de ropa y accesorios de verano y llenarlos de accesorios y ropa de invierno. Los pantalones ligeros, las camisetas, las chanclas, los bañadores… dejan de resultar apetecibles y hay que sustituirlos por pantalones gruesos, jerséis o zapatos cerrados que planten cara al frío que empieza a anunciarse. Este instinto migratorio de indumentaria suele estar más desarrollado en las hembras burguesas que en los machos y en las clases acomodadas más que en las clases obreras. Estas últimas —parece lógico— disponen de menos indumentaria y de menos armarios para migrar. En las clases, digamos más afortunadas, el instinto aparece algo atrofiado porque no es infrecuente que tengan viviendas y enseres duplicados por temporada. Tampoco es infrecuente que tengan a su servicio a miembros —lo más habitual es que sean miembras— de las clases menos afortunadas dispuestos a recibir instrucciones sobre qué piezas de indumentaria polivalentes deben viajar de vivienda a vivienda en cada temporada. Así que el otoño burgués es el tiempo de consultar las novedades de la temporada otoño-invierno y así generar el criterio de utilidad para la ropa de años anteriores. Una vez el criterio esté claro, la etapa siguiente puede variar en la magnitud del despliegue: hay quien guarda la ropa en cajas apilables de esas que venden en Ikea —o que compra en un chino por ahorrarse algo— hay quien usa maletas viejas, quien usa los altillos, quien usa bolsas de deporte o de esas a las que se les hace el vacío con la ropa dentro hasta dejarlas rígidas como un cadáver extraplano, hay quien usa simples bolsas de plástico. Por suerte vivimos en una sociedad diversa en la que cada uno puede usar lo que le parezca —incluyendo miembros de las clases menos afortunadas— para la migración de sus armarios. Quizás no dentro de demasiado tiempo, se creará el índice de migraciones por temporada como indicativo de la opulencia de una sociedad junto con la renta per cápita o el producto interior bruto. Porque para ser ordenado se requiere un cierto nivel adquisitivo y unas ciertas capacidades humanas y sociales. Cuando tienes poco o nada no es necesario organizarse demasiado. Los pobres son más propensos a la acumulación, a padecer síndrome de Diógenes porque no se pueden permitir el lujo de andar ordenando o porque acumulan cosas que les permiten ocultar sus carencias. Y pobres aquí abarca más aspectos que el puramente económico: pobres de afectos, de relaciones, pobres de deseos, pobres de energía… El año pasado, por ejemplo, descubrimos que uno de mis tíos se dedica a acumular cosas. Mi madre me pidió que fuese a verle, que intentase averiguar qué le pasaba, que ella no tenía fuerzas para ver aquello. Lo primero que pensé es, vale, no es mi hermano, pero eso no significa que tenga fuerzas para presenciar su deterioro, que yo sea quién para inventariar su abandono. No dije ni que sí, ni que no. Al salir de casa de mis padres no sabía si iría a casa de mi tío. Me tomé dos cervezas y, al finalizar la segunda, me pareció curioso eso de “inventariar el abandono”. Me razoné que la curiosidad puede no ser morbosa, puede ser genuina, respetuosa y productiva. Leí alguna información sobre el síndrome de Diógenes, pagué y me fui a casa de mi tío. Me recibió con una media sonrisa cariñosa abriendo la puerta lo justo para no golpear los trastos que se acumulaban al otro lado. Le di dos besos simulando no ver lo que tenía detrás. Gané algo de tiempo con el bloque de preguntas habituales —salvo la de mi tía, que había desaparecido algunos meses antes en circunstancias que yo desconocía—. Cuando fue a la cocina a preparar unas cervezas y unas aceitunas rellenas de anchoa, tuve ocasión de revisarle a él y a la casa donde vivía. Estaba algo más delgado, movía despacio un cansancio moderado y parecía haber encogido. Nada que no pudiera ser achacado al paso de los años. El aspecto general era cuidado, magullado como un árbol centenario aunque saludable en conjunto. Normal, pensé, tiene más de setenta años. Temeroso empecé a pasear por el salón levantando acta mental de aquel supuesto abandono. Libros, sillas viejas, piezas de cerámica, aperos de labranza de hierro, vajilla de barro, jarrones, cantos rodados, mesas de madera, monturas de gafas, ceniceros, fuentes de vidrio, mecheros de gasolina, marcos de cuadros, jarras, monedas, útiles de matanza, botellas de cerveza, álbumes de fotos, fotos en blanco en negro, relojes de muñeca, relojes de bolsillo… Aquello parecía más un anticuario que el salón de un Diógenes. No se veían desperdicios ni basura, todo tenía su forma, su sentido. O mejor, lo había tenido en un pasado no tan lejano. Eran cosas identificables que alguna vez habían sido usadas. Había polvo, no suciedad. Ni siquiera reinaba el desorden aunque era claro que nadie dedicaba tiempo a ordenar aquello. Era como si esas cosas hubiesen ido cayendo del cielo y apilándose educadamente por tamaño. Abajo las más grandes, arriba las más pequeñas; abajo las más sólidas, arriba las más frágiles. Mi tío volvió con una bandeja grande en la que traía dos botellas de cerveza rubia abiertas, dos vasos recién aclarados con agua limpia, un cuenco lleno de aceitunas rellenas y otro cuenco lleno de pequeños trozos de torrezno casero. Serví las cervezas. Brindamos por las pequeñas cosas. Nos quedamos en silencio. Mi tío no parecía tener ninguna intención de proponer una conversación. Se le veía tranquilo, me miraba cada vez que le daba un trago a mi cerveza. Al tercer trago le pregunté por todas aquellas cosas. Creo que las llamé “antigüedades” y usé el adverbio “demasiadas”. Ignoró mi pregunta. Al quinto trago dijo sin cambiar el gesto: a tu tía le gustaban las cosas viejas. Me quedé mirándole intentando no romper el hechizo. Decía que las cosas nuevas no tienen historias, solo brillo y utilidad. Miraba al suelo. Sonreía al espacio entre la silla en la que yo estaba y el suelo. No iba a continuar. Esperé unos minutos antes de preguntar. ¿Qué le ha pasado a la tía?. Estuvo a punto de contestar así que empujé un poco ¿por qué se ha ido?. Me miró serio, como extrañado de que no lo supiese: porque, de repente, le han dejado de gustar las historias y le ha encontrado el gusto a la utilidad y al brillo. Añadió con cierta energía: a estas alturas. Me dieron ganas de abrazar a aquel hombre que se protegía del dolor detrás de montañas de cosas con historias que no conocía ni conocería nunca. Me dieron ganas de cogerle en brazos y sacarle de la órbita de pasividad existencial en la que gravitaba. En lugar de eso, apuré la cerveza en un último trago demasiado largo. No volvió a hablar. Yo tampoco. Le di un apretón en el hombro derecho y dos besos antes de salir a aquella noche otoñal en la que, probablemente, cientos de familias de diferentes clases medias estarían organizando instintivamente la migración de sus armarios. Conduje despacio pensando cómo le iba a contar aquello a mi madre. Le diría que el tío no está enfermo, que había decidido romper con el criterio cíclico de la moda, de la utilidad, que solo está llamando la atención para decirnos que no siempre que algo deja de ser útil se convierte en basura. Lo mismo pasa con las personas, no deberían ser en ningún caso instrumentos para la consecución de objetivos, nunca deberían convertirse en basura de nuestra historia emocional. A las personas, mamá, no se las puede meter en bolsas, hacerlas el vacío y migrarlas al altillo del armario.

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