Clubes para Feos y Mandriles

mandril.jpgNo tenía yo ni idea de que a finales del siglo XVIII y durante casi todo el siglo XIX existían en Estados Unidos “Leyes para Feos” —”Ugly Laws” las llamaban—. Su intención explícita y declarada era prohibir a los individuos con algún tipo de deformidad física utilizar los espacios públicos. Nadie piense que esto es una interpretación, es literal: pretendían que los mutilados, los horrendos, los asimétricos, los caricatúricos, los desproporcionados… en fin, los poco agraciados en general, no anduviesen por la calle como si nada. Algo similar a nuestras leyes para vagos y maleantes pero con un explícito componente estético. Con dos cojones, pensará algún guapo que lea esto. Me imagino a los policías del Nueva York de hace un par de siglos patrullando por 5th Avenue o por Madison Avenue atentos para que no se les colase ningún deforme: ¡Eh, tú!, ¿dónde crees que vas con esa cara?. Disculpe señor, es que me he golpeado el pómulo con el bate de béisbol esta mañana. ¿Has ido al médico?. Sí, dice que pasará en un par de días. Pues haz el favor de quedarte en casa hasta que esté presentable, ¿estamos?. Claro que sí, señor, no volverá a suceder. Está bien, ¡circule!. O: Buenas tardes, ¿sabe usted que tiene una tumefacción muy desagradable en el gemelo izquierdo?. ¡Oh!, no la había visto, será la varicorragia que repite por efecto del calor. Será lo que usted quiera pero no puede andar por esta distinguida avenida con ese moratón que parece contagioso. Espero que comprenda, agente, que no lo había visto, no saldré de casa hasta que remita. Más le vale, señorita, si no tendremos que multarla, buenas tardes. Un trabajo duro, no me cabe duda. Si fuese verdad que toda acción tiene su reacción, quizás la reacción a esta persecución de la fealdad fueron los “Clubes para Feos” que nacieron en Gran Bretaña hacia la misma época. Simplificando, se trataba de asociaciones con toda su parafernalia: condiciones, procedimientos de admisión, actas de reuniones y demás historias aunque, en realidad, su actividad básica era, al parecer, ir al típico pub británico a beber ale y a cantar tonadillas populares —igual porque no había fútbol o, mejor, porque a esos tíos tan feos no los hubiesen dejado entrar en el estadio—. Además, claro, de hacer proselitismo de la iconoclastia y de la fealdad que, como vemos, tenía mucho sentido por aquel entonces. Este asunto me recordó a unos —no puedo poner nada ajustado después de ese pronombre— que han formado una peña teórica que llaman “los mandriles“. Me pareció intuir un cierto paralelismo así que me puse en contacto con uno de ellos. Le conozco y sé como se llama, pero me pidió con vehemencia que no utilizase su nombre real, ¿desde cuándo los mandriles se denominan entre ellos usando nombres propios?. De acuerdo, creo entender vuestro objetivo, ¿podemos vernos y charlar un rato?. Nos encontramos en un bar de mala muerte que, supongo, es mejor que un pub del XVIII aunque, por el olor, no diría yo que mucho mejor. Eran tres. Yo sé que son cuarentones, pero sentados en la barra con sus poses y ropas juveniles, aparentaban menos edad. Dos bebían cerveza como si fuesen a ilegalizarla al día siguiente, el otro —supongo que para hacerles contraste— bebía radler con lentitud. Les pregunté si conocían las existencia de los “Clubes para Feos”. Hicieron algún chiste del tipo, eso qué es, ¿naves de polígono afterhours llenas de friquis hasta el culo? o ¿un rollo serie B al estilo de la parada de los monstruos?. Se carcajearon, bebieron más y me miraron con cara de ¿vas a explicárnoslo o qué?. Les conté lo que sabía mientras pedían otra ronda. Parecían no hacerme caso así que fui breve. ¡Es un idea cojonuda! eso sí, nosotros lo mandriles, estamos a favor de la belleza, de la belleza animal, claro, pero de la belleza. Suena contradictorio —me atreví a decir— no creo que un mandril peludo se ande preocupando por la belleza de la que nosotros nos preocupamos. Ahí te equivocas, una de nuestras virtudes es que somos capaces de tocar muchos palos, de apreciar muchos tipos de belleza, la humana también. Ya veo, pensé que eráis iconoclastas. Y lo somos, por supuesto, lo que no quiere decir que no disfrutemos de las tendencias. ¿A qué os referís con tendencias?. Pues supongo que a lo que se reconoce como bueno, atractivo o bello, nosotros no tenemos intención de implantar un modelo de belleza propio. Respondían indistintamente, parecían tener el discurso bien aprendido, los que bebían cerveza eran algo más vehementes, el que bebía radler se dirigía a mí con más calma. Por ejemplo, mi mujer ideal es Francoise Hardie, la de este Ivonne Reyes, la del otro Leonor Watling ¿están o no están dentro del estándar?, pues eso queremos decir, si nos gusta, nos gusta, somos mandriles. Entonces, ¿cuál es la diferencia?. Uno de los de la cerveza aprovechó para hacer un chiste: que somos feos por encima de la media, como los de los clubes esos. Rieron sin demasiada convicción. No es sano estar todo el rato marcando diferencias, dijo otro dando un trago a su cerveza, esa obligación nos la intentan imponer cierto tipo de humanos o los gorilas. ¿Los gorilas?. Sí, los humanos y los gorilas son nuestros antagonistas, le dan demasiada importancia a las cosas. Pidieron otra ronda. A mí me incluían en cada una, claro, y ya empezaba a notarme lento. Así que, si entiendo bien, sois una especie de anarcocaprichosos. Rieron. Qué bueno, igual te lo copiamos. Fíjate, las cosas no han cambiado demasiado: si te das una vuelta por Facebook o Instagram, verás que no son más que escaparates para guapos, el papel de los feos es darle al “me gusta” y hacer comentarios elogiosos. La belleza sigue siendo el principal indicio del éxito. Eso sí, ahora las calles no son un problema, las calles son para los feos, los guapos las pisan lo menos posible, van a todos lados en coche y permanecen en sus bonitas casas mostrándonos esas estupendas vidas vía Internet. Por lo que dicen, en Silicon Valley, solo entran en los supermercados los personal shoppers —que apuesto que serán más bien feos—que se dedican a hacer la compra al resto de la población. No supe contenerme: Hay quien piensa que la belleza es limitada —tiene que cumplir con sus patrones— mientras que la fealdad es infinita —se puede encontrar en las más variadas maneras—. Al acabar la frase me di cuenta de que iba a ser considerada una pedantería en aquel foro. Muy bonita, seguro que la dijo un guapo, soltó uno irónico. O un feo que estaba intentando ser positivo y se le ocurrió como consuelo, dijo otro. Se rieron los tres y empezaron a decir barbaridades que no reproduciré aquí para evitar que la fiscalía me pida cuentas. Menos el de las radler, los demás estábamos borrachos, montaron una especie de monólogo a tres políticamente incorrecto basado en los tópicos de la belleza: las mujeres de derechas con mechas pero que huelen muy bien, las feminazis que ni lesbianas, ni hetero, los tipos hiperdesarrollados que hacen máquinas de gimnasio compulsivamente, el selfi como imitación compulsiva de un ideal de vida, las apps de contactos en las que solo las fotos de las feas son de alguien real… todo les venía bien para su caricatura. Cuando alguno se ponía a tiro, incluían a los abuelos que bebían tintorro en la barra o a cualquiera que pasase camino del servicio. Tenían su gracia. No me dejaron pagar, me dieron un abrazo cada uno y me recordaron que no podía usar sus nombres. Les di las gracias, me respondieron con amabilidad que el agradecimiento es cosa humana, demasiada humana, que hay que dar más calor y menos agradecimiento. Sonreí. Les dejé allí con su comedia. Vistos desde la puerta del antro se diría que solo buscaban pasar un buen rato.

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