La Fórmula de la Gravedad

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Al parecer hay muchas posibilidades de que Jean-Claude Romand salga a la calle en las próximas semanas (si no está ya por ahí). Mi amiga me lo decía porque yo le recomendé hace tiempo la novela de Emmanuel Carrère “El Adversario”. Me dio un escalofrío. Dije: Llevará ya más de veinte años en la cárcel, ¿verdad?, supongo que, si se ha portado bien, tendrá los beneficios correspondientes. Mi amiga —que es abogada— me explicó que sí, que es más o menos igual en todos los países de Europa: cumplido un porcentaje de la condena puedes solicitar el tercer grado y, si tu comportamiento ha sido bueno, los informes de los siquiatras son favorables y la junta de vigilancia penitenciaria lo considera oportuno, puedes obtener cierto grado de libertad; esto es lo que ha hecho el tal Romand. Le agradecí la información —con ella siempre se aprende algo— y volví a casa como si no hubiese pasado nada. A las tres de la mañana me desperté. Abrí lo ojos para confirmar que estaba todo oscuro. Que la persiana seguía bajada, que la puerta seguía cerrada, que nadie me vigilaba en la penumbra. Todo estaba tranquilo. Me pregunté a qué coño tenía miedo. Pasó una hora, no iba a volver a dormirme, estaba claro. Me levanté a coger la maldita novela y empecé a leerla por tercera vez. Se hizo de día, yo seguía leyendo. Salí de la cama cuando el dolor de espalda me obligó. Empezaba a oscurecer. Comí algo, me fui a la calle con la ropa de dormir debajo de lo que había sobre una silla del salón. Di un paseo. Volví a la cama. Me dije que yo no tenía nada que ver con Romand, que no iba a venir a visitarme estuviese o no en libertad, que nuestras vidas no tienen intersecciones. Me lo repetí varias veces a ver si eso me tranquilizaba. Era otra vez madrugada cuando leí una frase conocida de la novela, me había sobrecogido la primera vez, esta vez hizo que me estremeciera de dolor. Se trata de un cita que hace Carrère del informe de los siquiatras que trataron a Romand; dice así:

“‘Le será para siempre imposible ser percibido como auténtico, y él mismo tiene miedo de no saber nunca si lo es. Antes creíamos todo lo que decía ahora ya no le creemos nada y él mismo no sabe qué creer porque no tiene acceso a su propia verdad, sino que la reconstruye con ayuda de las interpretaciones [de los otros], únicamente cabe desear que acceda, incluso al precio de una depresión melancólica, a defensas menos sistemáticas, a un mayor grado de ambivalencia y autenticidad.‘”

¿Habrá accedido Romand durante estos veinticinco años a algún tipo de autenticidad y ambivalencia? ¿Habrá cancelado su sistemática defensa basada en la mentira? ¿Tendrá acceso —por fin— a algo consistente?

Pese a todas mis argumentaciones seguía asustado: Guardaba el coche en garaje, echaba la llave a todas las puertas en cuanto se iba el sol, miraba a izquierda y derecha antes de salir a la calle. Quizás no era a Romand a quien tenía miedo pero igual lo tenía. Menos mal que era viernes. Llamé a mi jefe y le dije que llevaba dos días en cama paralizado por un ataque de pánico. Se lo tomó con naturalidad: me dijo que seguro que el lunes estaría recuperado. Le di las gracias por sus buenos deseos. A mediodía del viernes acabé el libro. Lo dejé sobre la almohada. Lloré. Lloré y dormí a intervalos regulares hasta las tres de la tarde. Me puse a escribir. Solo me salía escribir sobre la mentira. Ya he escrito sobre la mentira bastante, me dije. Bebí una cerveza de un trago mientras me proponía escribir sobre otra cosa. Al terminar la segunda cerveza me pareció adecuado. Llamé a mi amiga. ¿Sabes algo de Romand?, ¿Sabes si lo han soltado?. Tardó un poco en saber de qué hablaba. No, no sé nada, ¿por?. He decidido que no voy a volver a hablar de la mentira, no lo merece. Me parece muy bien, estoy de acuerdo, ¿de qué hablarás entonces?. De las condiciones de posibilidad de lo auténtico. No sé si entiendo lo que quieres decir. Creo que hemos hecho de la mentira, de la perversidad, un espectáculo, que nos parece más literaria que la verdad, que la normalidad, por eso la consideramos más atractiva. Eso no puede ser, eso es ser cómplices. ¿Insinúas que somos todos unos perversos?. Todos no claro, y no todo el tiempo, tal vez quiero decir que somos capaces de entender mejor la perversidad que la normalidad, entendemos mejor que se pueda hacer cualquier cosa para obtener nuestros objetivos a que se puedan aceptar las cosas tal como vienen. Ya, pero tampoco creo que se pueda aceptar todo lo que viene sin más. Cierto, hay que dar algo de brillo a la vida, algo de estilo, pero no a toda costa. ¿Y dónde están los límites?. Buena pregunta, he estado buscando una imagen que permita explicar esto sin hablar de límites, de barreras y se me ha ocurrido que el equilibrio de los astros podría valer. A ver si veo la metáfora, descríbemela. Creo que para seguir adelante, necesitamos una imagen de nosotros mismo que no sea completamente fiel a lo que somos, una especie de resumen de lo más destacado que deje de lado lo mejor y lo peor, sobre todo lo peor. ¿Quieres decir que tenemos que engañarnos a nosotros mismos para poder seguir adelante?. Engañarnos no, se trataría de tener una imagen mejorada hacia la que movernos. ¿Y qué tienen que ver los planetas aquí?. Esa imagen de la que hablo es un satélite de nuestro yo, es la luna de la tierra de nosotros mismo. Muy poético, cómo te gustan estas frasecitas redondas. Me gusta sí, a ver si a ti también te acaban gustando: Mientras consigamos que el satélite se mantenga en la órbita de nuestra gravedad, el conjunto girará armónico consigo mismo y con otros planetas; El adversario representa el momento en que ese satélite de nosotros mismos se aleja tanto que se sale de la órbita proyectado hacia el vacío para convertirse en un agujero negro que todo lo absorbe, que arrasa, que nada deja. Ya no quiero hablar del agujero negro —por más literario que parezca—, quiero hablar de cómo se consigue girar en armonía; hablar de lo que queda y no de lo que se proyecta hacia el vacío. Entiendo, solo me queda una duda ¿de qué está hecha esa fuerza gravitatoria?. No es solo una duda, es la pregunta del millón; por más vueltas que lo he dado no tengo una respuesta definitiva, solo un boceto con algunos verbos importantes. La fórmula provisional que he esbozado lleva tres variables gravitatorias:

Armonía = Confiar + Preservar + Coherencia

  • Confiar: aprender a descansar —a cerrar los ojos sin más— en los brazos de alguien.
  • Preservar: cuidar lo que se tiene y hacer que dure.
  • Coherencia: no se trata de anticipar racionalmente lo que va a suceder, más bien de ser capaz de aceptar lo que sucede como una consecuencia natural de las decisiones  —más o menos conscientes— que se han tomado.

Y eso no significa que tengamos que conservar todo, significa que no podemos estar siempre frivolizando, jugueteando con todas las posibilidades, tirando las cosas por la borda cuando nos parece que ya no nos sirven.

Mi amiga lloraba al otro lado del teléfono. Yo lloraba a este lado. Imagino que ambos llorábamos por cosas diferentes pero por lo mismo. Nos mandamos un beso y colgamos. Yo me fui a escribir la conversación antes de que se me secasen las lágrimas.

Y eso es todo.

Solo voy a añadir dos citas más, la primera —de Carrère de nuevo— es el tipo de cosas que no quiero tener que decir nunca:

He sido amado, sí, pero no he sabido amar: o no he podido, es lo mismo. Nadie ha podido descansar en mi amor con absoluta confianza y yo no descansaré al final en el amor de nadie“.

La segunda —ya mítica, de Calvino en el final de “Las Ciudades Invisibles”— me gustaría poder decirla constantemente para estar siempre atento:

El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio.

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