A ver si me Aclaro, ¿Procastinar es Bueno o es Malo?

ProcastinandoSi me lo preguntáis a bocajarro, mi respuesta sería que no, que no soy fetichista. Si me dejáis pensarlo —ablandarme— tomar algo de conciencia… Entonces podría ser que reconozca que tengo algunos fetiches: La belleza en cualquiera de sus formas, el desparpajo, el talento y las definiciones redondas de palabras. Solo esos y solo puedo hablar abiertamente del último. Supongo que las palabras que tienen definiciones redondas me ofrecen la posibilidad de hablar con intensidad. La definición más perfecta que conozco hasta la fecha es la de “analgesia”. No tengo ni idea de cómo harán para construir sus definiciones los sabios del lenguaje sentados en sillones con nombre de letra. El día que definieron “analgesia” yo diría que estaban especialmente inspirados: ‘Falta o disminución de las sensaciones dolorosas, que no afecta a los demás sentidos’. ¿Acaso esta definición no puede ser la de un vida lúcida y plena?. Sin embargo, cuando definieron “procastinar” no estuvieron finos. Ese día solo anotaron en el libro gordo en el que —imagino— consignan sus conclusiones, dos palabras separadas por una coma: ‘Diferir, aplazar’ y después se fueron a casa. Estarían de resaca o se les habría hecho tarde porque me parece que el verbo en cuestión podía haber dado mucho juego en los tiempos que corren. Ni siquiera si consultas los verbos referidos en la definición la cosa mejora: aplazar: ‘Retrasar el momento de hacer algo’, diferir: ‘Aplazar’. Lacónico. Precisamente ayer —que estaba yo con una resaca que dudo que los académicos hayan tenido alguna vez— me dio por indagar un poco más en las referencias. Me pareció muy interesante la segunda acepción de “diferir”, que va como sigue: ‘Dicho de una persona o de una cosa, distinguirse de otra’. No me había dado cuenta de que diferir no solo tiene que ver con el tiempo, tiene que ver también con ser diferente. Y entonces se me ocurrió que, si los académicos hubiesen estado finos, habrían tenido la tentación de definir “procastinar” como un ‘modo de diferenciarse de los demás aplazando las decisiones en tiempos de vorágine, cambio obligado y en los que las dudas tienen muy mala prensa‘. Es verdad que, a los académicos —conservadores ellos— les podría parecer una definición contra corriente, allá ellos. Bendita resaca, pensé y dormí durante un par de horas en el sofá. Soñé, casualmente, con un amigo que lleva ya veintitrés meses aplazando el momento de volver a trabajar. Le despidieron de improviso un luminoso día de principios de otoño. Varias veces me ha contado que recuerda que, ese día, se levantó convencido de que iba a pasar algo bueno. No tan obvio como que le tocase la lotería, pero algo bueno. Quizás que iba a cerrar esas dos o tres cosas que se le habían enquistado en su agenda; o a encontrar el modo de estar relajado con ella; o a confiar —por fin— en sus intuiciones. De algún modo pasó todo eso. Pero pasó a traición, retorcidamente. Hay veces que las cosas pasan así, que —por ejemplo— te abandonan retorcidamente —a traición— cuando no hay necesidad alguna. Hay veces que duele más la forma que el fondo. Allí en el sofá, soñé que mi amigo se emborrachaba con su novia la tarde de aquel día luminoso de otoño, que se reían como al principio y hacían el amor toda la noche. Ni idea si sucedió así. Casi veinticuatro meses después, él parece que sigue sin encontrar el camino. En el sueño —lo recuerdo bien— yo me hacía el interesante después de oír su historia, me colocaba artificiosamente y le decía: “No hay camino, amigo mío”. En la realidad, le llamé al día siguiente para que me dijese cómo había sido mientras nos tomábamos unas cervezas. Para mi disgusto, me hizo saber que sí, que se emborrachó aquella tarde, pero solo. Que se acostó pedo perdido después de media noche. Su mujer le dejó en el salón con un gin tonic a eso de las diez y media. Estaba cansada. No hicieron el amor, ni siquiera se le pasó por la cabeza porque estaba más preocupado por las vueltas que le daba su habitación que se había convertido en una atracción de feria. Cuando el mareo del alcohol se hizo soportable empezó a dar vueltas a su nueva situación de despedido. Intentaba dar forma en su cabeza al modo de contarlo para superar una vergüenza que provenía de un sentimiento de fracaso aprendido. Desde un punto de vista racional, tenía claro y bien argumentado que no había fracasado, que aquel trabajo no era lo que quería hacer y, por lo tanto, era lógico que le hubieran acabado despidiendo. El fracaso aprendido tenía que ver con lo que los demás pensarían cuando supieran. Sin darse cuenta —me dijo— se había acostumbrado a que los demás (amigos, familia, conocidos…) considerasen un éxito que hubiese llegado a trabajar en una multinacional como aquella en un trabajo retribuido por encima de la media. También comprendió —después de casi veinte años trabajando por cuenta ajena— que había dado por sentado que todos los meses alguien ordenaría una transferencia a su favor de ese sueldo mensual por encima de la media. Eso iba a dejar de pasar sin certidumbre de que fuera a volver a pasar pronto. Tampoco le había preocupado nunca la jubilación hasta aquella noche. Aquel contratiempo ¿haría que no pudiese cobrarla?. Y lo peor de todo —me dijo— era que solo unos días antes había soñado que sería perfecto no tener que cumplir con los horarios de trabajo. Que ser libre empezaba por disponer lo más completamente posible de tus días. Sin embargo, aquella noche empezó a pensar angustiado que qué coño iba a hacer para llenar todas las horas de un día cualquiera. En medio de estos pensamientos, sin haber pegado ojo, sonó el despertador de su mujer que se levantó de la cama como si hubiese estado durmiendo sola. Me dijo que sintió el alivio de cuando te liberas de dar explicaciones. Se giró para estar bocabajo hasta que ella se fuese de casa. Siguió simulando que dormía una hora después de oír cerrarse la puerta de la calle. No era la costumbre —ambos están de acuerdo en que sobran los sentimentalismos— pero me confesó que, aquel día, hubiese agradecido un beso en la frente. Dos años ha estado intentando resolver estas cuestiones que le abordaron aquella primera noche. Al parecer ha habido días en los que se sentía seguro y tranquilo; otros en los que se sentía derrotado e inútil. En octubre dejará de cobrar el paro y —aunque dice que no es lo que quiere— lo más probable es que busque otro trabajo lo más parecido posible al que tenía. Al final, me dijo una cosa más que me provocó un agujero de angustia entre el pecho y el estómago: Es inútil, conviene aceptarlo lo antes posible, yo he tardado demasiado. Él ya había hablado más de lo recomendable y, después de aquella frase, yo ya no podía hablar más, así que nos despedimos de manera convencional. Caminé de la mano de mi angustia algo más de dos horas. Pasé dos o tres veces por delante del sitio donde iba a dormir. Intentaba calmarla, intentaba que se fuese por su propio pie a otras entrañas. La cosa es que la ciudad estaba de agosto y no nos cruzábamos con nadie. Quizás por eso aquel desasosiego no encontraba el camino. Mi cabeza fabricaba razonamientos sobre la rendición, la pelea y la resistencia. Sobre la victoria y la derrota. Sobre lo útil y lo inútil, lo que se debe y lo que se quiere. En esos razonamientos los conceptos eran siempre relativos, escapaban de definiciones estándar y dependían solo de lo que uno necesita en cada momento. Nunca es demasiado pronto o demasiado tarde. Pulí los pensamientos hasta dejarlos impecables y ni aún así conseguían encauzar la angustia. A veces, bajaba el ritmo del paseo para no alimentarla con prisas. Seguía sin irse. Agotadas las piernas de andar, me tumbé desnudo sobre la cama a eso de las ocho y media. Cuando sonó el teléfono a las nueve, estaba a punto de dormirme. Me espabilé del todo cuando vi el número de mi jefe. No es inhabitual que encuentre un motivo para hacer este tipo de llamadas, yo sé que no es personal, que lo hace por inseguridad, pero esta vez era especialmente inoportuno. Descolgué. No había terminado de decir hola y ya estaba contándome sus penas para asegurarse de que al día siguiente, a primera hora, me encargaría de un asunto de esos de vidaomuerte. Me entraron unas irresistibles ganas de emular a Bartleby así que dije: preferiría no hacerlo. Noté por las ondas telefónicas que mi jefe se ponía rojo. Me dije: esto te pasa por no leer a Melville, no pillas las citas de tus subordinados. Me preguntó si me encontraba bien. Sí —le dije— un poco desubicado porque parece ser que ‘es inútil’ pero bien en general. Si puedo ayudarte en algo no dudes en decírmelo, ya sabes que estoy aquí para eso. Pensé en agradecerle su comprensión y, sin embargo, dije: pues, ahora que lo dices, sí que puedes ayudarme en algo. Claro, en lo que quieras. ¿Podrías arreglarme el despido lo antes posible?. ¿Hablas en serio? No creo que sea el momento de bromear, hace mucho frío ahí fuera. No bromeo, necesito un cambio. Vale, mañana lo hablamos en la oficina y vemos qué opciones tenemos. La cosa es que me gustaría no tener que ir mañana a la oficina. Me estás asustando, puedes cogerte las vacaciones y así tendrás tiempo pensar con más claridad. Vale, no se me había ocurrido, lo haré. ¿Seguro que estás bien? ¿Has hablado de esto con tu médico?. Sonreí lamentando que él no pudiera verme, dije: Mi ex también piensa que estoy loco, yo ahora que no lo estoy. Tiré el móvil al suelo con energía. Me interesé por el estado de la angustia. Ya no estaba allí, ni rastro. Pensé en el agujero que tendría ahora mi jefe entre el pecho y el estómago. Me di cuenta de pronto de que Bartleby nunca hubiera dicho nada parecido. Me entraron dudas: ¿Acaso lo acertado es seguir procastinando, quedarse a vivir en la oficina hasta que te detengan y puedas dejarte, por fin, morir de inanición?

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