La Vida en la Emergencia

img_20180302_1807006701532264836047911.jpgUna de las peleas históricas de mi madre ha sido la de conseguir que sus hijos no sean unos gilipollas. En mi caso, es obvio que no lo ha conseguido pero estoy seguro de que no ha sido por su culpa. Desde que era adolescente me ha venido diciendo —ahora se preocupa menos porque está en esa edad en la que las cosas que no se la olvidan, le resbalan— que, algún día, debía ponerme serio y abandonar la socarronería y el cinismo. Pues bien, ha llegado el día de “ponerse serio”. ¿Por qué hoy precisamente?. Porque hoy, por fin, la ciencia ha reconocido una de mis intuiciones relacionada con la insultante memoria de algunas personas. Esas que, un día cualquiera, mientras estás tomando un vermú con ellas te sueltan: pues yo me acuerdo perfectamente de cuando nací o de cuando mi madre me daba el pecho o de cuando mi padre me cogió en brazos por primera vez. Yo —que no me acuerdo de haber sido niño— he estado intuitivamente seguro de que mienten. Bueno, no quiero ser innecesariamente duro, no es exactamente que mientan, es solo que no son conscientes de que han construido esas historias en su cabeza sin correspondencia con ningún hecho real concreto. Han creado su realidad a partir de retazos que han sacado de cualquier sitio que han tenido a mano: fotografías, relatos, fantasías, sensaciones, deseos, invenciones, inspiraciones externas que han recogido de la tele, del cine, de las novelas, del Facebook, del Instagram… Eso yo ya lo sabía. Ahora los científicos —que necesitan algo más de tiempo para sus demostraciones usando el método científico que yo usando mi método de la seguridad intuitiva— afirman que el cuarenta por ciento de los recuerdos de antes de los tres/cuatro años son falsos. Han tardado y encima vienen con precisiones de edad y porcentajes. En el fondo les entiendo, es lo que requiere su esfuerzo diario por resultar creíbles pero igual estoy decepcionado. Es cierto que su relato está más trabajado que el mío. Razonan, apoyándose en el resultado de sus experimentos tozudamente diseñados, que lo que llaman memoria autobiográfica se forma en el ser humano entre los tres y los cuatro años. El cerebro, al parecer, necesita un cierto tiempo (esos tres o cuatro años) para desarrollar la estructura necesaria que le permita almacenar recuerdos de esos que son capaces de determinar quién demonios somos. Por lo tanto, cualquier recuerdo anterior que involucre a nuestro supuesto yo, lo más probable es que sea una reconstrucción posterior. También, añaden, los recuerdos y los olvidos infantiles pueden estar relacionados con la inmadurez del lenguaje; es decir, los recuerdos necesitan algún tipo de narración asociada. Otra relación conceptual que manejan es la intensidad emocional: a mayor intensidad mejor recuerdo. En su relato incluyen la memoria selectiva capaz de olvidar recuerdos traumáticos, los recuerdos latentes que pueden ser recuperados en determinadas circunstancias y muchos otros conceptos que vienen a ser muy útiles para conformar relatos. Rematan este arsenal teórico —supongo que para demostrar que no nos están vacilando— asegurando que son capaces de implantar recuerdos artificialmente y, claro, de borrarlos de las mentes de pequeños ratones indefensos.

¿Quién a estas alturas, es todavía tan ingenuo, dada la complejidad del ser humano, de pensar que es inocuo andar quitando y poniendo recuerdos de nuestros cerebros?

A mi corto entender, yo diría que tratan de mostrarnos que el cerebro crea la realidad que somos capaces de conocer y eso aplica de manera especialmente importante a la configuración de la propia identidad. Nada nuevo. Conozco varios ejemplos de personas cuyo cerebro se pasa el día creando realidad ignorando los hechos. Porque eso es lo decepcionante, que a estas alturas, lo científicos sigan planteando las cosas en términos binarios.

Para intentar entender mejor mi cabreo y preocupación sobre cómo se está transformando nuestra realidad, se me ocurre la siguiente hipótesis que, aunque parezca hiperbólica, no me parece descabellada:

Supongamos que el cerebro de una persona lleva digamos treinta años trabajando denodadamente en generar la propia identidad pero, por diversas razones, solo consigue hacerlo de manera errática. Pongamos que tiene un padre y una madre que se han pasado el día tirándose los trastos a la cabeza. La exposición al conflicto desde que tiene uso de razón le hace desarrollar una fobia. Para evitar la ansiedad que le provoca esa fobia al conflicto, procura satisfacer por igual a su progenitor y a su progenitora, lo cual —como todos los que tenemos padres sabemos— es imposible. Para intentar hacerlo posible, y con la mejor de las intenciones, comienza a deslizar alguna que otra mentira que consiguen hacer que sus padres se queden tranquilos y que ella tenga la sensación de controlar el cotarro. Aquello funciona razonablemente bien por un tiempo así que va perdiendo el miedo al tamaño de las mentiras. Esta deriva, se entiende, también implica que tiene que ser selectiva con sus recuerdos para no acordarse de las mentiras —a riesgo de que su vida sea inhabitable— y para recordar cosas que, en ocasiones, no sucedieron realmente como si realmente hubiesen sucedido. Añadamos que no es una persona a la que le guste mentir, por lo que siempre que puede procura que sus mentiras tengan una buena base fáctica o fácilmente demostrable. Hasta que un día cualquiera, los acontecimientos conspiran para hacer imposible que pueda evitar el conflicto: O se va de vacaciones con su padre o se va de fin de semana con su madre, tiene que elegir. Algún optimista quizás esté tentado de decir que la realidad va a imponerse. Pobre ingenuo. Lo que sucede sin embargo es que esta persona descubre la hecatombe (¿quién no ha deseado secretamente que suceda algo grave el domingo por la tarde para no ir el lunes al trabajo?). Razona que si pasa algo incontestablemente serio, no tendrá que decidir y no tendrá que sufrir. Dos días antes del día de la partida y después de decir a ambos por separado que prefería ir con cada uno de ellos, sufre un esguince de grado tres que la deja postrada. La hecatombe, descubre, no solo funciona y evita que tenga que mentir, si no que, además, te convierte en el centro de atención y, por una vez, en el objeto del cariño de los demás. Este descubrimiento es bien peligroso: no solo es eficaz, es también de lo más adictivo. Ahora bien, alguien puede preguntarse, ¿Cómo se provoca uno mismo un esguince de grado tres? Yo respondería a eso introduciendo grados de intencionalidad. Por supuesto, cabe la posibilidad de tener “suerte” y que el destino quiera que suceda un lamentable accidente en un tan oportuno momento. En el extremo, podría tratarse de una persona fríamente capaz de hacerse algo así, o de que perdiese completamente la consciencia en momentos de máxima tensión e hiciese barbaridades estando enajenada. También cabe que, sin llegar a retorcerte el tobillo con tus propias manos o quedar enajenado por completo, te dejes ir a un estado de desatención o euforia de suficiente calibre como para que el accidente acabe sucediendo. Supongo que no es fácil llegar a este punto, que requiere cierto entrenamiento (una serie creciente de hecatombes) pero si tienes una fuerte presión exterior, una personalidad adictiva por falta de cariño y una inteligencia destacable, no es imposible. Si generalizamos este modo de funcionamiento que llamaré vivir en la emergencia, ninguno de los ámbitos en los que se mueva esa persona está exento de que urda una trama que conduzca a la hecatombe para obtener su recompensa: evitar tomar una decisión, obtener una ventaja competitiva, vengarse de alguien…

A lo que vamos: ¿En qué clase de recuerdos, de identidad, de realidad vive esta persona? Pensemos empáticamente y tratemos de entender. La distinción entre mentira y verdad no es más que un veneno que tiene que evitar para seguir adelante; recordar la secuencia en la que suceden las cosas, un martirio; estar con otros sin estar a la defensiva, un imposible; recibir cariño pasa a ser solo una consecuencia de la última hecatombe. La emoción es lo que se siente mientras se trama la siguiente. Solo cuenta encontrar motivos para seguir viviendo en la emergencia en medio de una pretendida perplejidad ante tanta mala suerte.

Por lo que yo veo y escucho aquí y allá, diría que este modelo de vida en la emergencia se está imponiendo en mayor o menor grado. Es un mundo con variadas formas de sicopatía y bastante más caótico que el bonito mundo en el que existía la verdad y al mentira aunque, paradójicamente, está lleno de control. Pero los científicos siguen a la suya, desplegando arsenales teóricos y jugueteando con la posibilidad de implantar o borrar nuestros recuerdos. ¿Acaso no ha llegado el momento de ser honestos y reconocer que nos estamos deslizando hacia un lugar en el que no habrá asideros? Es como si el cerebro hubiese descubierto el truco y hubiese empezado a generar realidad de manera autónoma.

El mundo se está haciendo mucho más grande a costa de nuestras posibilidades de existencia. Al contrario que Sísifo —condenado a subir y bajar una pesada piedra por una loma por toda la eternidad— que vivía en una realidad microscópica, nuestra supuesta persona vive en una realidad infinita hecha exclusivamente de conexiones celebrales. Si Camus, quiso imaginarse a Sísifo feliz, yo, por mi parte, quiero imaginarme a esa persona angustiada, débil, a punto de rendirse, porque de otro modo, el mundo se nos va a hacer inhabitable.

Anuncios

Un pensamiento en “La Vida en la Emergencia

  1. Pingback: La Fórmula de la Gravedad | Pasar Desapercibidos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s