El Material de los Sueños en una Sociedad Líquida

Estás cogiendo un colorcito muy mono, le dijo mi vecina a mi vecino. No es que me guste espiar lo que pasa al otro lado de la valla, es solo que algunas veces, teniendo la historia tan cerca, te da por ser discreto y hablar del sexo de los ángeles. Ella presenta una flaccidez de cincuentona estropeada aunque todavía no ha llegado a los cuarenta y por decirlo todo y no parezca que solo me fijo en lo negativo, es una destacada profesional del bronceado: todos los años, en el puente de mayo, ya luce moreno de quincena en la playa. Para ello dispone de un instrumental refinado que incluye, además de cremas y aceites con queratonina —o no sé qué otra alquímica molécula mano de santo contra el envejecimiento causado por los rayos ultravioleta de los espectros conocidos y por conocer— una tumbona de madera de teka comprada en Ikea, dos o tres pulverizadores en los que mezcla agua con distintos tipos de sales, un ungüento para hidratar los labios, una mascarilla protectora de su melena infectada de mechas americanas, un par de cáscaras de avellana plásticas que coloca sobre sus ojos, paños de fibra, toallitas húmedas y tres toallas de tamaños diferentes con una función perfectamente definida cada una. Podría entretenerme en contar cómo se desarrolla el ritual pero soy de los que piensan que no tenemos tanto lugar para el saber como presupone el optimista refrán. Mi vecino da la sensación de ser más joven que mi vecina. Y no solo porque está en su peso y conserva bastante pelo; tiene también un determinado brillo en la mirada que, me parece, denota esa curiosidad altruista que se pierde indefectiblemente con los años (y probablemente con la agresión de los rayos ultravioleta en las pupilas cubiertas con cáscaras de almendra plásticas). Pasaron cinco minutos en silencio al otro lado y, mi vecina, convencida de que mi vecino no había oído su comentario elogioso, lo repitió con más énfasis: Que digo, que estás cogiendo un colorcito bien mono este año, no como el pasado, que te pusiste como un tomate. El silencio continuó. Imaginé que él estaría tumbado en su correspondiente tumbona de teka de Ikea, cansado de un día de trabajo a principios de julio —creo que es comercial de maquinaria agrícola o algo así— sin ganas de nada y menos de comentar el colorcito que se le estaba poniendo. Siguió el silencio. Perdí la esperanza y empecé a pergeñar un relato pedante sobre el sexo de los ángeles. Pese a que, al parecer, los ángeles no disponen de aparato reproductor, me dio por imaginar que con los avances de los que disponemos a día de hoy, no resultaría extraño que alguno de ellos se cansase de esa monótona ausencia de hormonas y se dejase llevar por la curiosidad de probarlas. El relato, por supuesto, sería posmoderno-simbólico (me imaginé un homenaje a Wim Wenders) y tendría un mensaje subrepticio y sutil, que huiría del moralismo aunque estaría secretamente destinado a los adolescentes que tienen tentaciones de dejarse llevar por su curiosidad incontrolada hacia las nuevas tecnologías. Empecé a imaginarme las peripecias del ángel en cuestión. Una, muy divertida, versaba sobre el procedimiento que seguía para decidir si debía intervenirse por la pública o por lo privado (creo haber escuchado habitualmente esta distinción sexual que el asexuado individuo no podría probablemente contextualizar en la raíz heteropatriarcal de nuestra sociedad). El atribulado ángel leía en Wikipedia toda la información sobre la implementación de los modelos de gestión de la sanidad en los diferentes países (del primer mundo, por supuesto; se dio cuenta bien pronto de que había continentes que no ofrecían las necesarias garantías en tan serio asunto) y sobre los servicios que ofrecían. Concluyó que, aunque lo suyo no era exactamente lo que nosotros llamamos un cambio de sexo, ese era el servicio que necesitaba. Razonó, con innegable agudeza, que es lícito plantear la existencia de tres sexos: los bien conocidos para nosotros y un tercero —no quise entrar en distingos más sutiles— que se podría llamar “neutral”. Lo que necesitaba era cambiar de “neutral” a “masculino” o a “femenino”, no le sería difícil plantear el caso. Lo que sí le pareció complicado en ese momento, fue decidir si quería ser un hombre o una mujer. Así que se bajó a la tierra, a Suiza y luego a Francia —países que le parecieron los mejor posicionados en cada modelo— para visitar clínicas privadas y hospitales públicos aprovechando, además, para ir avanzando su posible identificación con los hombres o con las mujeres. Después de plantear agudamente las fortalezas y debilidades de cada modelo, el relato se entretenía en una alegórica diatriba sobre la elección de sexo concluyendo, por boca del ángel, que el sexo está marcadamente asociado a la personalidad social del individuo y que hace tiempo que dejó de estar determinado por unas u otras características físicas. Me sentía orgulloso del humor profundo que había utilizado y estaba planteándome optar por un final abierto — dicen que más satisfactorio para el lector atento— cuando, al otro lado de la valla, se oyó la voz contundente de mi vecino: Pues empiezo a estar hasta la polla de coger colorcito. No fue un grito. No parecía una advertencia de nada. No sonaba a enfado. Tampoco a frustración. Sonó como la simple constatación de un hecho incontrovertible. Abandonada ya la posmodernidad y en plena modernidad líquida, desconfiamos automáticamente de las constataciones de hechos incontrovertibles. Por eso mi primer impulso fue negar la mayor para continuar con mi relato alegórico. La voz se volvió a escuchar con claridad pese a que yo estaba plenamente concentrado en mi creación. Me voy a dar un paseo. Recuerda que hemos quedado con mi madre a las siete. Lo recuerdo, por eso me voy a dar un paseo. ¿Qué quieres decir con eso?. Mi vecina, como buena mujer de su tiempo —pese a su dificultades para abandonar algunas hábitos que la clase media con aspiraciones ya considera de mal gusto— se mostró sorprendida no tanto por lo que decía mi vecino, cuanto por el tono incontrovertible que estaba utilizando. Quiero decir, querida, que lo último que me apetece hacer esta tarde es ir a ver tu madre así que voy a ser coherente por una vez en mi puta vida y no voy a ir. El tono incontrovertible se mantenía. A riesgo de parecer superficial reconozco que, después de esta frase, fui incapaz de continuar con mi relato sobre el sexo de los ángeles. Yo no tengo la culpa de que hayas tenido un mal día, solo he intentado ser amable contigo. Mi vecina —era obvio— confiaba en que se impusiese la cordura. Lo siguiente que escuché fue cómo se arrancaba el coche de mi vecino y cómo salía disparado hacia la carretera. Olétushuevos, pensé de modo patrialcalmente inconsciente admirando conscientemente su capacidad para decidir qué se quiere y qué no. Como ya he dicho, no soy de los que están pendientes del otro lado de la valla o de la pared, así que no volví a saber nada del colorcito de mi vecino hasta mediados de agosto. Mi vecina debía estar en medio de su diario baño de sol mientras hablaba por teléfono con alguien —imaginé que su madre o su hermana— Pues no, no quiere ir a Mallorca este año, dice que hay muchos extranjeros, que le genera estrés. Yo, con los antecedentes de los que disponía, deduje que le habría dicho que estaba hasta los huevos de los putos guiris porque actuaban como si la isla fuese suya. Sí claro, yo voy igual, a ver si porque él esté estresado no voy yo a poder estar con mi familia. Dice que se queda en casa, que tiene cosas que ir avanzando del trabajo. Sí, parece que le están presionando mucho este año, le veo un poco ahogado. En aquel momento recuerdo que pensé que se estaba inventando todo aquello para no tener que decir la verdad sobre el inminente divorcio. Después hablaron de una nueva crema que se había comprado, del tiempo en Mallorca —que en agosto es siempre estupendo con esa brisilla que viene del mar— y se despidieron hasta pasado mañana que, entendí, era el día en que empezaban sus vacaciones. Eso sucedía un martes, el siguiente sábado me llamó la atención una voz de mujer al otro lado de la valla. Ese día, casualmente, estaba corrigiendo mi relato sobre el cambio de sexo de mi ángel inquieto del que no acababa de estar totalmente convencido (no sé muy bien porqué). La voz se expresaba con atropello adolescente, como si tuviese muchas cosas que decir y no diese abasto con todas. No le entendía bien. Hablaba de que habían pasado casi seis meses, de que le habían prometido el oro y el moro, de que había dejado una relación de toda la vida; hablaba de vivir escondida, de no poder hacer una vida normal… Hubo un pequeño silencio con un murmullo masculino de fondo. ¡Que no!, ¡que estoy hasta el chocho de estar así!, tú verás lo que haces. Aquella frase me recordaba a otra. Legitimado por la necesidad artística de encontrar un final a mi historia, me encaramé en uno de los árboles que me permitía ver la parte trasera de la casa de mis vecinos. Justo donde mi vecina realiza sus rituales precisos de bronceado. Mi vecino estaba sentado en el borde de lo que parecía su tumbona de teka. Solo podía ver frente a él, sentadas en una silla en el porche trasero, unas piernas sutilmente oscurecidas por el sol. Me balanceé todo lo que pude para coger más ángulo. Solo conseguí ver la falda de gasa y estampados florales. Mi posición era delicada. Justo cuando estaba mirando al suelo —que estaría a algo más de tres metros de mis pies— pensando en lo dura que es la vida de un artista, la mujer se levantó de la silla caminando ágil hacia donde yo tenía más ángulo. ¡Joder con mi vecino! Era una joven de unos treinta años que si alguien me hubiese dicho que era miss universo, me lo hubiese creído. No voy a intentar describirla siquiera porque, como buen escritor mediocre, caería en la típica sucesión de tópicos de significado desgastado que no harían justicia a aquella armonía. Recuerdo haber lamentado no tener el móvil conmigo para dejar constancia de que no exagero. Recuerdo que aquel cuerpo, su falda floral, el top vaporoso, las sandalias neohippies, etcétera, levitaban de allá para aquí en el porche de mi vecino que, estoy seguro, se preguntaba cómo demonios había llegado esa beldad allí y qué podía hacer para retenerla. Me dieron ganas de gritarle desde el árbol que no podía hacer nada, que los dioses no pueden vivir en urbanizaciones de medio pelo. Después apoyé mi culo en una rama para descansar la pierna izquierda y me dieron ganas de gritarle que sí, que tenía que intentarlo, que hay que perseguir los sueños hasta el final. No pude gritar ni una cosa ni la otra. La rama en la que tenía apoyado el culo cedió y solo me dio tiempo a gritar la “a” final de “mierdaaaa”. Me dieron el alta a primera hora de la mañana del veinte de septiembre. El médico me dijo que me vendría bien un poco de sol preotoñal que es mucho menos dañino que el del verano. Salí al porche despacio. Poco a poco me fui dejando cubrir por la luz templada. Me senté en una jardinera de piedra. Levanté la vista asintiendo, sentí el calor de los rayos que iban alcanzando mi cuello, mi cara, mi cráneo: así me curaré pronto. Estaba contento. Puede que su médico le hubiese dado el mismo consejo a mi vecina porque estaba sin duda en el sitio donde tiene la tumbona cuando dijo: Cariño, dice mamá que vayamos un poco antes para ayudarla con los canapés. La voz de mi vecino sonó convincente cuando dijo: yo estoy listo, cuanto tú quieras vamos para allá.

 

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