Tautologías, Obviedades y la Invasión de Don Perogrullo

No podría decir con certeza si estaba despierto o dormido. Estaba tumbado en el sofá, eso sí puedo decirlo. Más bien estaba recostado. La película había empezado hacía rato y la seguía dentro de mis posibilidades. De las posibilidades de mi cansancio o de mi pereza, tampoco sabría decirlo. El argumento era sencillo: un político mediocre gana las elecciones en 2118 en un país indeterminado. Con el objetivo de dejar de ser mediocre y pasar a la historia como un estadista avezado, encadena una serie de decisiones —las unas conducen lógicamente a las otras repite cada vez que la situación se le complica un poco más—que el director había transformado en una secuencia de rocambolescas escenas que mi cerebro en duermevela unas veces interpretaba como cómicas y otras como dramáticas. La película debía ser extraordinariamente larga porque me pasó varias veces que, cuando creía que se había alcanzado el clímax narrativo y el guión se deslizaría sereno hacia el final, una nueva decisión bizarra del protagonista trastocaba la secuencia haciéndola otra vez irreconocible. Por ejemplo, cuando a mitad de legislatura el ficticio presidente confiesa sentirse derrotado por las fuerzas opositoras de los poderes fácticos conservadores y decide convocar elecciones anticipadas —parece que el director consideraba la democracia un sistema lleno de salud con, al menos, cien años de vida por delante— yo anticipé que sería un final adecuado proponer una derrota a manos de una fuerza política emergente que había aprendido la lección y optado, al fin, por tomar el camino de la racionalidad. Nada de eso. Después de una nueva victoria electoral del político mediocre —quien ya empezaba a parecerme al menos talentoso por su destacable capacidad de adaptación y supervivencia— se produce una acción terrorista indefinida que (no queda claro si por casualidad o no) pilla al limitado presidente reelecto en las proximidades. Es cierto que la aritmética parlamentaria no era definitiva a su favor cuando el reelegido decide exiliarse a una colonia en la luna, pero eso no hace aparecer suficientemente justificada la airada acusación de los analistas de que aquel hombre estaba huyendo para evitar hacer política. Ninguno de los personajes políticos de la trama, por otro lado, parecía estar haciendo política. No parecía ni siquiera saber qué es exactamente eso de hacer política. La película me resultó creíble por eso, porque dejaba bien claro que todos estaban haciendo solo —o nada más y nada menos— lo que podían. Diría además, aunque sin tener una idea clara de lo que pretendía el director —quien probablemente hacía más o menos lo que podía para escapar de la mediocridad de la que ninguno escapamos pese a todos nuestros esfuerzos— mi sensación era que quienes le resultaban más molestos en la historia, no era el presidente mediocre, ni los políticos opositores mediocres, ni los representantes de las fuerzas vivas genéticamente conservadores… eran los analistas políticos. Se trataba de unos señores y unas señoras (evidentemente mediocres pero que, en algunas ocasiones, no alcanzaban los estándares de la mediocridad) que se dedicaban a escribir crónicas, columnas y a hacer comentarios en los que no pasaban de asombrarse de lo que sucedía y de destacar, una y otra vez, lo inverosímil que resultaba aquella situación… Su capacidad de análisis tenía la profundidad del tosco sentido común de clase media recién acomodada incapaz de imaginar que las cosas pueden ser de otra manera. Por momentos, su estilo me recordaba al de mi jefe directo que se dedica (desde una mediocridad pausada que él considera le hace superior) a intentar transmitir los deseos de otros mientras se debate desesperado en el mar de indefinición calculada al que esos otros le han arrojado. Si, por ejemplo, el político mediocre hacía, en un día cualquiera de primavera, unas declaraciones de corte nacionalproteccionista, el más avezado y sutil de los analistas respondía veloz con una columna en ciertos indeterminados medios —el director parece proponer que en cien años dejará de existir el concepto de periódico o radio o redacción o cualquier otro sinónimo de estructura para la creación y difusión de información— en la que recordaba a los lectores el tiempo que había costado alcanzar un consenso para la convivencia basado en el imperio de la ley y la igualdad de todos más allá de nacionalidades o de diferencias e intereses personales. Lejos de despertar simpatía, la perogrullada repetida dejaba un sabor a rancio en la boca que me provocaba rechazo. Si el limitado presidente nombraba a un familiar suyo Vicepresidente Gestor del Patrimonio del Estado —que así se llamará dentro de cien años, según el director, el ministerio de economía— una analista, más avezada si cabe que el anterior, respondía con un artículo en el que insistía en la obviedad de que la meritocracia y la igualdad de posibilidades eran claves para conformar una auténtica sociedad avanzada. Sólo ella sabía que había alcanzado su lugar de influencia porque su padre era viejo amigo del primo de uno que conocía a alguien que fue ministro un día. Si el partido de nuestro mediocre presidente utilizaba las redes sociales para realizar entrevistas y hacer declaraciones, un tercer analista, en la misma línea avezada, se descolgaba con unas declaraciones en las que parecía descubrirnos a todos, la importancia de la profundidad y del tiempo que requiere alcanzarla evitando caer en la superficialidad de los mensajes reactivos y breves. Yo mismo podía haber escrito aquella tautología copiando y pegando al azar cosas escritas en los últimos años. Entre cabezada y cabezada contra el respaldo del sofá, iba cogiendo manía a los defensores de las posturas obvias, equilibradas, correctas que —seguía intentando convencerme— deberían ser las predominantes en nuestro mundo pese a lo inoperantes que se aparecían después de más de ciento cincuenta años permaneciendo idénticas a sí mismas (digamos que, para no exagerar, ignoro el renacimiento o la ilustración y me centro en la historia del activismo político desde 1960 más los cien años añadidos por la imaginación bastante atinada de aquel director). El presidente mediocre, me iba pareciendo cada vez más divertido y más frescas sus acciones que los mediocres políticamente correctos consideraban, farsas, patochadas, trampantojos y, en general, poco serias a medida que iban dejando en evidencia que ellos también estaban defendiendo su particular interés, en este caso, el de perpetuar un sistema que les iba al pelo. Insisto en que no seguía la película con atención. Insisto en que, ahora que lo cuento, también me empieza a parecer que la película se mezclaba con mis ensoñaciones. Ni siquiera la vi terminar, así que no puedo deciros si el presidente volvió de la colonia en la luna al país indeterminado a tomar posesión o si fue capturado y encerrado en una cárcel lunar por la gracia de algún convenio interplanetario o si fue asesinado por sicarios espaciales que compraron un billete turístico a la luna en una nave teslapropulsada de Space X. Solo sé que a la mañana siguiente, mientras me duchaba, no me podía quitar de la cabeza la sensación de desgaste de esa construcción racional que hemos llamado sociedad avanzada y de todos los valores que, supuestamente, materializa. El agua corría sobre mi cabeza sin que me atreviera a pararla. Tenía la convicción de que, si cerraba el grifo, todo a mi alrededor se cristalizaría y yo mismo me convertiría en un maniquí de cristal bajo un chorro solidificado en metraquilato. Estuve así cincuenta minutos: intentando elaborar un discurso alternativo que permitiese superar el poder autojustificativo del construido en los últimos cientos de años. Nada. Intenté imaginar mundos alternativos que mejorasen al nuestro. Nada. Cuando apagué la ducha me dije: el relato es de una lógica impecable porque ha tomado la forma de nuestras cabezas y nuestras cabezas han tomado su forma. Todo encaja porque todo es lo mismo. Ya están dichas todas las frases. Todos conocemos de memoria los argumentos, sus refutaciones, sus pros y sus contras. Cualquier cosa que se diga ya la habíamos oído antes, cualquier réplica estaba ya amortizada. Tan bien encajado está el asunto que ya no permite la acción, solo la repetición, la tautología, la obviedad, la perogrullada. Todavía mojado, me puse la ropa y me preparé taciturno para vivir el resto de mi vida en un mundo avanzado, sí, pero sin una pizca de emoción.

 

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