Kodokushi

Será el mal tiempo. Serán quizás las fechas señaladas. Será lo que sea. Lo cierto es que llevo cuatro días metido en casa. He pasado aquí la víspera de nochebuena, el día de nochebuena, el día de navidad y ayer y hoy no he encontrado el momento de salir. Llueve. Hace frío. Será eso. Por hacer algo, he empezado a tomarme mi situación como una especie de experimento de supervivencia en aislamiento. Estoy anotando mis necesidades y las posibilidades de satisfacerlas sin salir de casa. Seguro que hay experimentos sociólogicos más completos que el mío, de acuerdo, pero, a mí, el mío me parece la mar de interesante. Después de mi cena de nochebuena —que consistió en un caldo de tetrabrick y unas salchicas Bratwurst— mi imaginación ha evolucionado hasta considerarme un astronauta pasando una temporadita solo en la Estación Espacial Internacional. Es muy necesario estar solo, siempre lo he dicho. Aprender a no tener que depender de la presencia de los demás para sentirse útil, a gusto, para ser productivo. La mayoría de nosotros se pasa el noventa por ciento de su existencia despierta acompañado. De modo tal que, cuando nos encontramos solos más de cinco minutos, nos entran unas terribles ganas de llorar porque no sabemos en qué coño emplear el tiempo o porque nadie nos indica a qué dedicarlo. Pues bien, yo puedo decir que estoy cogiendo el toro por los cuernos y enfrentándome al asunto con decisión. Es verdad que, pese a imaginarme en la EEI, no dispongo de las posibilidades investigadoras de los astronautas. No puedo indagar sobre la atrofia muscular en el espacio, ni sobre los efectos de la exposición al viento solar o a los rayos cósmicos. Vale, sí, no puedo realizar indagaciones sobre la microgravedad o sobre nuevos materiales; no puedo intentar descubrir evidencias de la existencia de materia oscura ni siquiera acumular experiencia para futuros viajes a Marte. Pero esto no quiere decir que no pueda aportar nada a la humanidad. Me he puesto a pensar qué, y, después de un buen rato no se me ha ocurrido nada. Me he puesto después a revisar mis notas de lo que voy haciendo y de sus resultados. Haré un pequeño resumen con lo que me parecen las principales aportaciones de mi indagación en el desconocido y apasionante mundo de la soledad. Para empezar me he asegurado de que tengo el frigorífico bien lleno, por si la cosa se alarga. He comprobado que es sencillo adquirir los productos de primera necesidad sin contacto humano (usando claro, la maravillosa red de redes). Aquí, he echado de menos la IoT —Internet of Things para más señas— que los gurús vienen anunciando desde hace años y que, supuestamente, permitirá que mi frigorífico haga la compra sin mi intervención. Estas cosas —ya se sabe— tienen el relato de los gurús (con toda seguridad subvencionado directa o indirectamente por directivos de alguna empresa cool…) antes que la mínima posibilidad de ser reales en algún sentido. Supongo que me ha entrado miedo de ir al supermercado porque temo que, en la desesperación de varios días solo, le pudiera dar un sentido abrazo a la cajera o al primer cliente o clienta que me encontrase en el pasillo de las conservas —que es en el que más tiempo paso—. También he diseñado una estrategia para evitar recibir al repartidor de mercancías en caso de no tener otro remedio que pedirlas: he manuscrito una nota disculpándome por una ausencia motivada por causas de la mayor gravedad e instruido al vecino —que por otro lado no está demasiado lejos de vivir aislado— para que recepcione los paquetes y los deje en mi puerta sin ninguna precaución adicional. La siguiente preocupación que me ha asaltado ha sido la de la salud. ¿Y si sufriese a una apoplegía mientras dura mi aislamiento? ¿o un ataque al corazón? ¿o una infección por una mutación desconocida del virus de la gripe A? Me he tranquilizado pensando en las millones de páginas dedicadas a la salud en Internet que, de no causarte una crisis de hipocondría, pueden ayudarte a encontrar remedios sencillos para esos imprevistos que tiene la salud. También está el 112 a través del que, profesionales perfectamente entrenados, te ayudan a tratar cualquier tipo de emergencia. Todo este trabajo de investigación lo he hecho tumbado en el sofá desde la pantalla de siete pulgadas de mi phablet, así que he decidido hacer inventario de las aplicaciones instaladas. He encontrado los siguientes riesgos potenciales para mi aislamiento: tres aplicaciones de mensajería, dos de ligoteo, tres de noticias, dos de radio, tres de gestión de redes sociales, dos de lectura de blogs, el correo electrónico y una famosa app de networking para convertirse en un profesional de éxito. Además he inventariado cuatro videojuegos instalados a los que no dedicaba mucho tiempo pero, claro, podría ser que el aislamiento cambiase las cosas. Es cierto que estos pedazos de código son útiles para la canalización social de las emociones: del miedo a no recibir mensajes de la persona que deseas; de la frustración cuando estos mensajes defraudan tus espectativas; de la ansiedad que genera lo que dices o lo que escuchas, lo que no dices y lo que no escuchas; de la tristeza genérica que no se puede contar; en general, de la multitud de posibilidades que sirve para que no concretes ninguna; también de la satisfacción de leer algo que te llega; de la alegría al compartir una canción intensa; de la satisfacción porque parece que te quieran por un instante… Para mal o para bien, no estaría aislado si esas posibilidades seguían ahí. Sí, he desinstalado todas aquellas apps que podrían servir como desagüe de mis emociones. Respecto al sexo —un instinto emocional tan complicado— llevo una temporada con la libido tan baja que estoy seguro no me va a causar problemas durante mi aislamiento. Una vez limpio mi gigantesco móvil, me han surgido las dudas, ¿qué mas da qué desinstale si reinstalarlo cuesta apenas unos minutos?. He desactivado los datos. Inmediatamente, he vuelto a dudar consciente de que tener conexión de nuevo consiste solo en pulsar un botón virtual. Así que he sacado la SIM y la he metido en un viejo móvil que solo permite llamadas. No me he quedado tranquilo porque, he pensado, mientras tenga Internet siempre tendré el recurso a consultar cualquier cosa o a intentar contactar con el exterior. He apagado el ruter. He sentido alivio. Media hora después de sentir alivio, he sentido ansiedad. Lo he vuelto a encender a los dos horas. Lo he vuelto a apagar tres horas después cuando llevaba una hora navegando a la búsqueda de datos sobre el aislamiento humano. Así he aprendido que el récord de tiempo de un ser humano aislado asciende a cuatrocientos sesenta y tres días. Solo me quedan cuatrocientos cincuentainueve para batirlo, está hecho. Sin reflexionar previamente, he salido de casa, he hecho un agujero bien profundo —cuarenta y cinco minutos de pico y pala— en medio del jardín y he enterrado el ruter y mi flamante telbleta. Aunque quiera recuperarlos, dudo que vuelvan a funcionar. Para no pensar más en las consecuencias de lo que acababa de hacer, he hecho tres grandes columnas —aproximadamente de metro y medio de altura— con todos los libros que tengo en casa. En la de la izquierda he puesto las novelas, en la del medio los relatos y a la derecha han quedado los ensayos y la poesía. El resto de libros los he quemado en la chimenea. Me he planteado el reto de no romper el aislamiento hasta no haberme leído todos aquellos libros. Para empezar he escogido las obras completas de Julio Cortázar, volumen uno, que comienza (cómo no) con Rayuela. ¿Encontraría a la Maga?. Me hallaba yo en una misión tan distinta de la de encontrar la magia que me puse a llorar silenciosamente mientras leía. A las dos horas de lectura me he dado cuenta de que yo no puedo ser escritor. Yo no tengo un mundo cargado de referencias cruzadas, yo no tengo una mano firme y una cabeza atenta que escucha los sonidos de ahí fuera. Yo estaba aislado antes de estarlo. He dicho “a las dos horas”. Eso me parecía a mí mientras que el reloj afirmaba que habían pasado cincuenta y cuatro minutos. He metido todos los relojes de la casa en una bolsa de basura blanca y los he enterrado en la parte de atrás del jardín dispuesto a ignorar el paso del tiempo. Eran las nueve de la mañana. En un ataque de debilidad, he barajado la posibilidad de dejar un reloj con vida para jugar a adivinar qué hora era. Un juego infantil, me he dicho mientras echaba las últimas paladas de tierra sobre la bolsa blanca. Después he cerrado todas las persianas de la casa para evitar que la luz me diese referencias. He vuelto a leer. Cuando me ha parecido que han pasado otras dos horas sabía que habían pasado cincuenta minutos. Me he dicho deja de pensar en el paso del tiempo. Me he dormido. Al despertarme he pensado instintivamente en el tiempo que habría pasado. Me he vuelto a dormir. Me he despertado con taquicardia. Después de pensar un rato he recordado que a los niños hiperactivos se les trata con estimulantes. Parece que la idea es inducir el agotamiento en el cuerpo a base de anfetaminas. He decidido usar la cafeína de un paquete de medio quilo de café extrafuerte. Como no podía dormir ni centrarme en la lectura he estado mirando por las rendijas de las persianas a ver si veía algo. He acabado Rayuela. He empezado 62, Modelo para Armar. He ido al servicio varias veces. Me he dado una ducha fría. He apagado la luz. Me he quedado tumbado en el sofá mirando el techo. Lógicamente, no podía dormir. Me he ido a la cama. He vuelto al sofá después de mirar un rato por las rendijas. He paseado por la casa. He hecho flexiones. He vuelto a la cama. He hecho hipopresivos. Me he despertado y, por fin, no he pensado en el tiempo que había pasado. Estaba lo suficientemente confundido aunque todavía no estaba muerto. Se me ha ocurrido que podría hacer meditación. He tenido tentaciones de salir a desenterrar mi telbleta. Me he sentado como hacen los zen. El culo se me ha quedado helado. He puesto una almohada y me he vuelto a sentar. ¿Cuánto me quedaría para batir el récord?. He conseguido cierta calma no pensando en nada. En nada a parte del dolor de rodillas, del culo helado y de cuánto tiempo podría aguantar así. Creo haberme quedado dormido porque me he encontrado tumbado en el suelo con la espalda helada y el brazo derecho dormido. He vuelto a sentarme sobre la almohada sin cerrar los ojos. Es cierto que yo tengo una perra. Pero no es cierto que tenga dos perras. He visto la sombra de dos perras andando por el pasillo oscuro. Se me han acercado y me han olfateado curiosas. He vuelto a la meditación. He cerrado los ojos. Cuando los he abierto de nuevo, las perras ya no estaban. He vuelto a pensar en cuánto tiempo llevaba allí. He descartado el pensamiento. He salido al pasillo a buscar a las perras. Estaba desierto. He vuelto al sofá a leer. Me he quedado dormido. Cuando he abierto los ojos una muchacha insultantemente joven me miraba desde una sonrisa imposible. He vuelto a cerrar los ojos y me ha parecido que me acariciaban la cabeza. He salido otra vez al pasillo. Vacío. He mirado en las habitaciones. Aparte de oscuridad, nada. He vuelto al sofá. He intentado leer. En un instante de lucidez he pensado: todo esto está pasando porque el otro día leí que kodokushi es el término japonés que designa el modernísimo fenómeno (o accidente o suceso) que consiste en la muerte de ancianos en tal perfecta soledad que su entorno tarda días, semanas, meses o incluso años en encontrar los cadáveres en, por supuesto, avanzado estado de descomposición. Puta empatía, he concluido. Luego me he puesto a lamentar no tener conexión a Internet para poder consultar los números a día de hoy y las previsiones para después del año 2050, que es, ya lo he dicho alguna vez, lo que realmente me importa.

 

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