El Apego en los Tiempos de la Inteligencia Artificial

Estaba yo ayer dormitando en una conferencia titulada “Ya no seremos necesarios: Análisis de datos e Inteligencia Artificial en el siglo XXII” —afirmándolo, sí, que la inteligencia natural ya no será necesaria en solo un puñado de años— cuando me desperté sobresaltado por una frase del conferenciante (un tipo alargado, con zapatos de punta y en posesión de un máster en businessintelligencebigdataanddatascience por una universidad americana de reconocido prestigio de la que no recuerdo el nombre) que era literalmente así: “A ver, amigos, las máquinas no tienen apegos, por eso pueden hacer análisis de datos con garantías. Nosotros, nos pongamos como nos pongamos, no podemos”. Y punto, pensé mientras me espabilaba. Me maravilló la pasión con la que aquel hombre intentaba convencernos de que no podemos analizar datos. Por un segundo me dieron ganas de convertirme en analista de datos para demostrarle que sí podemos. El arrebato se me pasó enseguida y volví a dejar vagar mi cerebro por mundos fantásticos que están en este. Lo del apego me hizo recordar a una amiga que, un día de primavera, me contó que tenía problemas serios con el apego. Me dijo que siente apego por cualquier persona que le hable; por ejemplo, si alguien le pregunta amablemente por una calle se siente impulsada a sentir simpatía sincera por esa persona, a ayudar hasta que llegue a la calle en cuestión sana y salva. Imaginaos qué no hace en el caso de que la persona sea alguien con el que  ha tenido un enganchón sexual satisfactorio. No os puedo contar (disculpadme) las historias que ha vivido. Ella lo llama apego sentimental desatinado. Pensé que debía llamarle y avisarle de que ni siquiera se le pasase por la cabeza intentar ser analista de datos. Me tranquilizó recordar que ella es actriz por lo que estará a salvo de la tentación de ser nada parecido. Aun así le puse un mensaje simpático: “¿Cómo va ese apego sentimental? ¿Ya has conseguido que atine?”. Volví a poner mi atención en el individuo que estaba empeñado en que no seremos necesarios. Hablaba ahora de la incomparable capacidad de procesamiento de un engendro con más de tres mil procesadores y una veintena de teras de RAM. No se privaba de una ironía poco disimulada al comparar aquel trasto con cientos de miles de cerebros humanos entrenados. Decía que hay cálculos —no recuerdo cuáles exactamente— que el trasto hace en milésimas de segundo y los cerebros entrenados tardan horas, incluso días, en completar satisfactoriamente. Quizá ese trasto debería estar dando la conferencia y no tú, atiné a pensar. Juro que estaba muy interesado en seguir a aquel tipo para ver dónde llevaba a la humanidad —no tenía pinta de que a ningún sitio productivo— pero me distrajo el móvil cuando recibió el mensaje de respuesta de mi amiga: “¿Quién te lo ha dicho?” Tiene un punto de desconfianza y cierta hostilidad crónica que requiere paciencia. “Quién me ha dicho ¿qué?” Respondí de inmediato (soy de los que prefiere responder en caliente, supongo que por el gusto ególatra de enlazar una serie de frases brillantes aunque la comunicación se resienta por ello. O quizá sea mejor decir que prefiero que la comunicación se resienta por inmediatez que por sobreanálisis). “Que me he enrollado el sábado con este”. Era miércoles, hice por imaginarme el infierno de apego desatinado que llevaba viviendo desde el domingo. Diré que mi amiga es una mujer atractiva, algo histriónica pero no lo suficiente como para librarse del seductor medio. Tiene un punto de inseguridad que la hace moverse, en cuestión de segundos, de ser una devorahombres a ser víctima de cualquier heterosexual con el que se cruce —los homosexuales le parecen seres asexuados adorables—. El conferenciante seguía a lo suyo: en ese momento afirmaba que su aproximación al big data era científica y basada en sus capacidades predictivas. Pese a mi condición humana, fui capaz de prever una conversación turbulenta en mi móvil. “Ni idea; solo te preguntaba por saber de ti, ¿cómo se porta este?” “¿Seguro que no sabías nada?¡¡¡¡” (es, como buena histriónica, de poner muchos signos de interrogación para dejar claro el énfasis que hay que poner en cada cosa). “Que no, de verdad”. Y entonces, cuando se cree algo, gira de golpe hacia la complacencia absoluta. “Qué majo eres!!!!! Es un tío súper cariñoso, tanto que a veces parece que sobreactúa”. “El cariño nunca es suficiente”. “Ya, pero claro, me planteo si es real, si voy a alguna parte con eso”. “No siempre hay que ir a alguna parte, se puede estar a gusto sin más”. “Tienes razón”. “Entonces todo perfecto, ¿sí?”. “Regular”. “¿Por?”. “No contesta a mis mensajes”. Esto dicho por una persona que tarda, de media, una hora en contestar los mensajes que se le envían, me resultó chocante. “Pues estupendo, así no estáis todo el día enganchados al móvil”. “Ya, pero me gustaría que me contase cosas, qué hace, dónde está, con quién…” “¿No será que estás celosa?”. Este mensaje tardó en leerlo el doble que el resto. “Joder tío, sabes que no soy celosa”. “Todos los somos en entornos inciertos; igual tendrías que hablarlo con él para que sepa que quieres tener ese tipo de conversaciones”. “Ni de coña, entonces pareceré la típica pija-posesiva que quiere pillar marido”. “A mí, contarse cosas, no me parece necesariamente ni pijo ni posesivo”. “Además, así abriría la puerta para que él pueda controlarme, y no estoy dispuesta!!” “Por lo que veo, tu apego sigue desatinado”. Ahí se suspendió la conversación, según el sistema de colores de la apepe del demonio, mi mensaje no había llegado al móvil de mi amiga. Me imaginé por un instante que lo había tirado al mar o a un acantilado o al váter. Miré al conferenciante que ahora presentaba una serie de diagramas con datos inesperados obtenidos gracias a la pericia de una máquina artificialmente inteligente. Había allí, según él, relaciones que los humanos no habían sabido ver durante años teniendo delante de ellos los datos correctos. Nos puso el ejemplo de un ensayo clínico de una terapia génica revolucionaria y exitosa que había sido predicha por uno de esos trastos. Pues nada, se acaba de fulminar a los investigadores y a los médicos de un plumazo, está en racha. Gracias a dios, mi amiga se había serenado y volvía a distraerme: “Pues sí, así que estoy pensando que lo mando a tomarporelculo”. “Mujer, no seas impulsiva, igual con un poco de paciencia alcanzáis un equilibrio”. “Ya me sé yo cómo son estos equilibrios, se lo pasan bien y fuera”. “Hablas como la madre de una pija-posesiva”. “Yo sé lo que me digo, no te puedes fiar de nadie”. “Quizá si te fiaras de alguien, las cosas irían mejor con ese alguien”. “No me vengas con tus frasecitas redondas!!!!”. Y acompañó la ristra de exclamaciones con una ristra de caras amarillas enrojecidas por la ira. “Yo solo intento ayudar”. “Pues tendrás que esforzarte más”. Noté (no sé cómo) que se había movido al lado oscuro, ahora inhibiría cualquier tipo de sentimiento y hablaría como lo hace una de las máquinas de las que nos seguía hablando el conferenciante (si es que me volvía hablar). Guardé el móvil y atendí. El hombre alargado estaba acabando de abrirnos los ojos a nosotros, los humanos de a pie, con un resumen de las potencialidades de la inteligencia artificial y de los modos en los que iban a facilitarnos la vida. Eso sí —nos dijo sonriendo como si fuese tremendamente ingenioso—: “Sería interesante que se fuesen buscando un nuevo trabajo que las máquinas no puedan hacer mejor que ustedes” y se despidió con prisa. Yo supuse que tendría algún servidor procesando en paralelo la siguiente tarea de su agenda y que eso le hacía ir siempre a contrarreloj. Aliviado de que, pese a su ansia por hacernos desaparecer, el conferenciante nos hubiese dejado salir vivos, me metí en el primer bar que encontré a tomar una cerveza. En el segundo trago sentí una ligera frustración por el hecho de que mi amiga hubiese decidido suspender la conversación unilateralmente. Esa frustración la causaba, por una lado — y por supuesto— el orgullo por no haber captado suficientemente su atención. Por otro, algo había de cariño por si tenía realmente intención de salir de su círculo desatinado. Le llamé. Me sorprendió que contestase. “Qué quieres”. “Nada, ya ha terminado la conferencia y quería que supieses que un señor con un máster en mil cosas en inglés, nos ha dicho que, si somos demasiado sentimentales y sufrimos de apego, no nos podemos dedicar al análisis de datos, que eso lo hacen mejor las máquinas. Quería que lo supieses”. “Gracias por la información, ahora me tengo que ir que he quedado”. “¿Con tu nuevo ligue?”.”No, con otro. Adiós”. Pedí otra cerveza. En ese momento tuve una iluminación que me hizo comprender la teoría cuantitativa de la agenda que sostiene un amigo analista de datos que también sufre de apego. El suyo sería más bien un apego distractor sin pretensiones. Defiende este buen amigo que la solución a los problemas de apego es bien sencilla: tener una agenda suficientemente grande para que en caso de sufrir esperando la llamada o el mensaje de la mujer o el hombre de quien estás en ese momento enamorado/enamorada puedas iniciar inmediatamente una conversación con una o varias mujeres distintas que te distraigan del dolor y, eventualmente, lo hagan evaporarse. Yo defiendo que eso es un círculo vicioso, que no tiene salida, que eterniza el malestar. Él se encoge de hombros y dice que, si es suficientemente grande, nunca se llegará a saber que es un círculo. No sé si mi amiga conoce esta teoría además de aplicarla, me apunté hacerle consciente de ella en cuanto tuviese ocasión. Después, apuré con aire preocupado la cerveza, eructé y recité algunas palabras de despedida dedicadas a las agonizantes relaciones humanas.

 

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