Entropía

Probablemente porque este último, ha sido el mes más desordenado de mis últimos quince años, a las cuatro y treinta de esta madrugada, me he cansado de dar vueltas en la cama y me he puesto a dar vueltas por la casa. Reflexionaba sobre la incapacidad de Pynchon (pese a todos sus esfuerzos) para comprender el concepto de entropía que usa como título en uno de sus relatos de finales de los cincuenta (podía haber mirado la fecha exacta pero me ha dado cierta pereza). Hace tiempo, yo también tuve curiosidad por ese asunto, por el de la entropía. Mis investigaciones, estoy seguro, fueron menos concienzudas que las de Pynchon y, quizá por eso, llegué a una conclusión más determinante. Concluí que la entropía era una molesta tendencia hacia el desorden agazapada en cada rincón de nuestras vidas que había que controlar lo mejor posible. Y yo era feliz así. En su relato, dice Pynchon: “(…)No puedes ganar, las cosas empeorarán antes de que mejoren”, qué razón tiene. Caminaba de habitación en habitación rebuscando en cajones, estanterías, armarios… Rebuscaba porque no buscaba nada. Abría un libro por la página setenta y tres y allí ponía “Fue una visión muy nítida:(…)un hombre blanco y solitario, volviendo la espalda(…)a cualquier ayuda, a todo lo que pudiera recordarle a su hogar, emprendiendo un viaje que quizás le condujera a las profundidades de la jungla, hacia su vacía y desolada estación. No conocía sus motivos”. Cogía una llave y la probaba en la cerradura de la puerta principal sabiendo bien que no abriría aquella puerta. Miraba una foto e intentaba adivinar dónde estaba hecha aunque era obvio que no tenía la menor idea. En algunas de aquella fotos aparecía yo. Después de un buen rato, me senté en el sofá y busqué en DuckDuckGo la palabra “entropía”. Prefería los vídeos, leer requiere una cierta serenidad que no siempre se tiene. Empecé a oír cosas extrañas dichas por personas aparentemente normales. No, por personas normales con toda seguridad, de las que comen a eso de las dos y media. Decían: “Grado de organización de un sistema”. Decían: “Microestados compatibles con el macroestado de equilibrio”. Decían: “Energía desechable, no utilizada”. Decían: “Evolución, transformación”. Empecé a entender la confusión de Pynchon en el momento en el que entraba en al baño y me sentaba en la taza helada. En el mismo instante, entendí también porque los japoneses calientan sus tazas. La bañera estaba a mi derecha. Casi acariciándome la rodilla. Se me ocurrió que podía darme un baño caliente de los que te arrugan las plantas de los pies y las palmas de las manos. Rechacé la idea porque estamos atravesando un largo periodo de sequía y nunca he querido ser un irresponsable insolidario. Volví a vagar por la casa mientras retomaba, a falta de algo mejor, mis reflexiones sobre la entropía. En una de esas hojitas amarillas y pegajosas, ordené y anoté en columna las siguientes palabras: Energía, desechable, microestado, macroestado, equilibrio, transformación. La pegué en la palma de mi mano izquierda. Aparecí de nuevo en el baño. Tiré de la cadena. Sin quererlo, puse el tapón al desagüe de la bañera y abrí al máximo el grifo del agua caliente. Soy un insolidario irresponsable, me dije. Al desnudarme, el papelito amarillo cayó sobre la alfombra. Lo pegué en los azulejos donde pudiera verlo. Despacio, para evitar quemarme en aquella cazuela humeante con aspecto de bañera, fui sumergiendo partes de mi cuerpo hasta quedar tumbado, las rodillas flexionadas, el agua al cuello. Después de varios intentos me puse cómodo apoyando los pies en los azulejos sobre el grifo del agua; la nota amarilla quedaba entre ellos. Empecé a fantasear sobre el futuro. Ahora que ya me había quedado sin nada parecía imponerse una necesidad de movimiento. Como si fuese obligatorio confirmar materialmente que era libre. Esa necesidad, esa energía, debía de ser una buena noticia, así que no entendí porque caían lagrimones desde mis ojos al agua de la bañera. Repasé mentalmente lugares a los que ir para materializar aquella energía inútil. Me pregunté retóricamente si la libertad y la nada eran la misma cosa. El agua ya empezaba a enfriarse y a mí todavía no se me había ocurrido ningún sitio al que ir que me provocase una emoción clara. Pensé que, al estar sumergido, mi cuerpo no era capaz de comunicarse adecuadamente con mi cerebro. Quizás aquello era una señal para que me quedase en casa, seguro, en el macroestado de equilibrio de los últimos años. De pronto, se me ocurrió que mi posición en la bañera era la de un astronauta en el momento del despegue. No es que tenga idea de cómo se posiciona un astronauta al despegar (aunque todos hemos visto películas) pero la ocurrencia caló en mi sistema cuerpo-cerebro y me emocionó pensar que era un buen momento para irse a la luna. ¿Acaso no se está hablando mucho últimamente de la necesidad de tener una base permanente en la luna? Creo incluso que hay proyectos en marcha para construirla usando polvo lunar e impresoras 3D. Aparte de las bien conocidas necesidades estratégicas de la humanidad, a saber: tener un sitio en el que descansar antes de viajar a Marte, encontrar nuevas fuentes de minerales que escasean en la tierra, tener una Internet por satélite eficaz, construir centros de procesos de datos interplanetarios e incluso, poder ir a un resort lunar; aparte de todo eso tan necesario, podría ser un fantástico sitio para huir, para encontrar nuevos y sugerentes microestados. Lógicamente lo ideal sería ir ahora, cuando todavía no está explotado (si esperas diez años, este tipo de sitios acaban masificándose). Busqué viajes a la luna infructuosamente: aunque hay programado uno para finales del año que viene, no está previsto que aterrice en la superficie lunar y, encima, los billetes ya están vendidos a un puñado de personalidades destacadas que desean conservar el anonimato. Me propuse no frustrarme por aquel previsible fracaso. Sin previo aviso, el móvil se me resbaló de la mano izquierda y se sumergió decidido en el agua de la bañera. Quedó bocarriba en el fondo emitiendo esa luz blanquiazul que tanto les gusta emitir a los móviles. Lo miré hasta que la luz se apagó. Segundos después tomé conciencia de haber pasado a un nuevo microestado: el de ser humano incomunicado. En los tiempos de la hiperconexión yo, involuntariamente, me quedaba sin vías de acceso a los demás. Para consolarme, pensé que, en realidad, nunca había tenido la capacidad de llegar a los demás. Pensé que, incluso siendo mi incapacidad cierta y contrastada, lo dramático era no tener manera de comunicarse aunque tuviese posibilidad de hacerlo. Saqué el terminal del agua y lo envolví cuidadosamente en una toalla pequeña de microfibra azul. Tentado estuve de decir unas palabras de despedida. Mi manos estaban ya deformadas por las arrugas blancas. Me toqué las plantas de los pies: parecían las de un diplodocus. Miré la nota que estaba pegada en los azulejos. Recordé de pronto, una serie de microestados sentimentales que había atravesado en unos pocos días. Intenté olvidarlos todos en favor del equilibrio. No hubo manera. Las palabras de la nota amarilla se fueron reproduciendo y recomponiendo hasta que apareció en ella la siguiente definición:

Entropía = Energía aparentemente inútil de un sistema que se almacena en microestados desordenados dentro de un macroestado de equilibrio y que, inesperadamente, permite (incluso en ocasiones fuerza) su transformación a un nuevo estado.

Me sonaba haber escuchado que ese nuevo estado final era el más probable, lo que me hacía sentir que el desorden era muy relativo en el caso de un número de estados finito. Si Pynchon no lo había logrado comprender, era lógico que yo tampoco. Ignoré estas reflexiones por encima de mis posibilidades y salí de la bañera para ver qué hora era. Abrí la toalla de microfibra que contenía el supuesto cadáver de mi móvil. Al pulsar el botón se encendió temblorosa la pantalla: había un mensaje de esos del demonio de WhatsApp. Decía: “¿Qué es de tu vida, guapo?”. Me quedé muy quieto para evitar que pasase algo irreversible. ¿Por qué ahora si llevaba semanas sin hablarme? ¿Con lo de “guapo” se estaba refiriendo a mí o era pura ironía? ¿Cuál sería el estado de equilibrio más probable que esperaba detrás de aquella frase? ¿Acaso había agotado todos los estados de equilibrio y solo me quedaban estados de desasosiego?. Intuía que no debía moverme, que no debía hacer nada. Pero la intuición no sirve contra un dedo ansioso que desbloquea la pantalla y acaricia el globo del mensaje como si fuese su mejilla pálida. La aplicación verde se abrió y mostró el mensaje unas décimas de segundo antes de implosionar hacia la oscuridad de una pantalla fundida para siempre.

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