Red Oscura y Cerveza Negra

Si estáis pensando en navegar por la red oscura más vale que tengáis bien claro lo que necesitáis de ella. Lo digo porque yo llevo dos días con sus noches navegando a la deriva por el oscuro ciberespacio sin que haya llegado a ningún sitio productivo, todavía. Ando de aquí para allá atraído por una rara sensación de clandestinidad como si a cada clic de ratón me acechase el delito definitivo de mi vida. Tengo un amigo que dice que todas las vidas están abocadas a cometer un delito. Al menos uno. Sostiene que esto es así por dos razones: la primera y obvia (dice él) tiene que ver con el complejo y gigantesco sistema normativo del que nos hemos dotado: es casi imposible en ochenta o noventa años no incumplir alguna de las normas fundamentales de convivencia. La segunda razón, al parecer de mi amigo menos obvia, es que la naturaleza humana añora el mal y tiende irremisiblemente hacia él con una mezcla de curiosidad y perversión que se materializa en forma de reacciones químicas en el lóbulo occipital de su gigantesco cerebro. Pues eso, que llevo dos días ensimismado por la perspectiva de descubrir cual será el delito de mi vida y si será el único o solo el primero de una larga lista. En general, lo que cuentan de la red oscura es cierto aunque es mucho más prosaico de lo que podría parecer. Navegar por los punto-onion puede ser tan aburrido como navegar por los punto-lo-que-sea dentro de la legalidad. Mi intención inicial, lo voy a confesar aunque no tenía pensado hacerlo, era recoger información sobre uno de los temas que me están rondando la cabeza últimamente: la maldad. No penséis en la gran maldad, no, esa me viene grande. Me fascinan las pequeñas maldades del día a día. Las que ni siquiera se consideran tales quizá por su carácter rutinario. Es ese tipo de cosas que todo el mundo está de acuerdo en que no se deben hacer, pero que luego se hacen constantemente “sindarseunocuenta”. No sé si sabéis de qué hablo… Lo cierto es que, hace tres días, tuve la sensación de que se me estaban acabando las ideas además de la convicción de que las que había tenido hasta ese momento no eran especialmente buenas. Me bebí cuatro cervezas mientras hacía zapin y, en una de esas, en un programa matinal líder de audiencia alguien estaba hablando con tono misterioso de la red oscura. Y me dije, mira, ahí lo tienes, tiene pinta de que aquí se junta todo el mal a conspirar contra todo el bien. Me descargué unos manuales en pdf. Los estudié con ansiedad y a las pocas horas ya me sentía libre como un criptopunk: me costó convencerme de que podía hacer lo que quisiera sin temor a que me rastrearan. Al principio, imagino que por la costumbre, andas cohibido. Es necesario que pase un poco de tiempo y te digas: para esto no nos hemos metido en la red oscura, ¿no te parece?. Una vez superada esta primera fase de temor provocado por la costumbre, y a poco que te muevas de aquí para allá, das con facilidad con todo tipo de drogas y medicamentos de esos que son súperventas por sus efectos milagrosos. Cosas tipo viagra (masculina y femenina) y opiáceos de curso legal. Incluso ansiolíticos que imagino serán especialmente recomendables porque, me han dicho, que por algunos céntimos y con la inestimable ayuda de tu médico de cabecera, los obtienes en la farmacia con toda tranquilidad. Las drogas no me han tentado especialmente nunca, me tentó más el asunto de la documentación falsa porque últimamente he estado fantaseando con la posibilidad de dejar de ser quien soy y empezar una vida completamente distinta a la que he tenido hasta ahora. No creo que se trate de una insatisfacción esencial, creo que es más bien que me tira mucho mi sentido novelesco de la existencia: cambiar de identidad a estas alturas constituiría un fantástico relato. También me llamó la atención la posibilidad de conseguir dinero falso o datos de tarjetas de crédito y cuentas bancarias. En ocasiones, estos productos están acompañados de un manual de cómo “colocar” mejor el dinero falso, cómo explotar los datos de tarjetas de crédito o de cómo transferirte imperceptibles cantidades de dinero de una multitud de cuentas bancarias para que constituyan un bonito salario mensual colaborativo. Me detuve un buen rato en las páginas que venden herramientas para realizar hackeos pensando que me podrían ser útiles para confirmar lo de mi novia. Os diré que tengo la sensación de que me engaña habitualmente con cualquiera (hombre o mujer) que la atraiga mínimamente. En el epígrafe de armas y sicarios, carezco de fascinación por pistolitas y fusiles de asalto. Tampoco tengo enemigos a los que odie lo suficiente como para mandarles a un ser vil a que les mate o les de una paliza. Llamadme aburrido. Tampoco me atrae la pornografía infantil salvo que cuente como tal sentirse atraído por adolescentes con cuerpos recién formados y luminosos que aparentan muchos más años de los que tienen. Por supuesto, no tenía idea de comprar nada (ni hubiese tenido el valor para hacerlo) porque pensaba que en el lado oscuro, las transacciones económicas también serían oscuras. Vamos, que habría algún sistema de pago hiperencriptado y solo para iniciados, al que ni siquiera podía soñar acceder un pánfilo curioso como yo. Pero no es así, se pueden comprar cosas con tu nada oscura tarjeta de crédito de toda la vida. Además, esas cosillas ilegales te las mandan por correo (en sobres de los de toda la vida). Aunque lo que recomiendan en todos los foros oscuros, es que uses el bitcoin. Me he dicho que otro día me entretendré en este tema a ver qué juego me da para mis pretendidas crónicas del mal. En las últimas horas (era de esperar en un solitario empedernido) he estado investigando foros y redes sociales para buscar pareja (oscura supongo). Lo más destacable que me he encontrado es una hermosa muchacha de vientiséis años que ofrece sus fotos más o menos eróticas, a cambio de que la digan lo bella que es y así mantener su ego en un nivel suficientemente alto para poder vivir un día más sin tener que afrontar su inevitable suicidio. Sórdido, sin duda. En fin, que llevo dos días aquí sentado, tomando cerveza negra (pensé que era lo más adecuado) fantaseando con cosas que están en el límite entre la realidad y el deseo, sin haber encontrado una sola idea útil para mi investigación sobre la pequeña maldad rutinaria.

 

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