Los Dinosaurios no tenían Plan Espacial

Hoy he tenido un sueño extraño. Tenía diecisiete años y me estaba entrenando para ir a Marte. La cosa es que, en el sueño, no era yo. Quiero decir, no era exactamente yo. Para empezar todo el mundo me llamaba Mike y yo contestaba a todo el mundo en un perfecto inglés con acento de Massachusetts. Por ciertas conversaciones con mis instructores durante el sueño, deduje que tenía la nacionalidad americana (vaya, pensé, qué suerte tal y cómo se han puesto las cosas en el otrora país de las libertades). También reforzaba la idea de que algo raro estaba pasando el hecho de que no habitara en mi cuerpo habitual (si lo pienso bien, es lógico: yo no tengo diecisiete años). Habitaba en un cuerpo de casi un metro noventa, desgarbado, con pelo rubio, ojos azules y un montón de granos enrojecidos que le cubrían la cara (creo que he pensado que ni en los sueños salgo favorecido). Deduje también, que me encontraba en unas instalaciones propiedad de la NASA. Había un gran hangar lleno de gigantescas maquetas de naves espaciales de todo tipo. Había una piscina rodeada de estructuras metálicas. Había una sala con esas atracciones de astronauta que dan vueltas aleatoriamente en todas las direcciones y sentidos. Había una cafetería azul metálico, roja y blanca repleta de máquinas de vending con formas inspiradas en la parafernalia espacial: Una estaba inspirada en Saturno (con sus anillos y todo), otra en un transbordador espacial, otra tenía la forma del Apollo 11… Había también una zona llena de máquinas de videojuegos con créditos infinitos. Nunca me han gustado los videojuegos, pero en el sueño me pasaba la hora de comer jugando en las Arcade. Solo comía, entre partida y partida, algún sangüis de crema de cacahuete que tenía apoyado en la parte superior de la máquina. Yo iba vestido con un mono azul. No era el azul de un mono de trabajo, nadie se equivoque. Era el azul-NASA, ya sabéis a qué color me refiero. No estaba solo. Éramos una docena de adolescentes que nos pasábamos el día en clases, charlas o laboratorios. Por ejemplo, había un laboratorio en el que teníamos que construir una maqueta de un cohete espacial capaz de despegar y aterrizar de forma segura. Para medir la seguridad utilizábamos un huevo como tripulante. Después del despegue y el aterrizaje de nuestro cohete, el huevo debía permanecer intacto. En el sueño aprendí cuáles son las dificultades esenciales que presenta ir a Marte. Para empezar el viaje, en las condiciones actuales más optimistas, podría llegar a durar uno o dos años. No solo es cuestión de tiempo, mantener la necesaria precisión para garantizar que la nave llega a destino con éxito, requiere controlar todos los factores (incluido el humano) con unas garantías que a día de hoy no tenemos. Por eso estáis vosotros aquí, nos dijo el instructor que era veterano del proyecto del transbordador espacial. Nos transmitieron la esperanza de que la tecnología evolucionaría rápido para permitir obviar este problema. Parece ser que dos famosos hombres de negocios están colaborando para que esto sea posible. Eso, en el sueño, parecía ser una garantía. También aprendí que la gravedad y la luz son significativamente menores en Marte que en la Tierra. Si mi sueño no está equivocado, eso hará que los habitantes de Marte sean más altos y capaces de ver en condiciones adversas. Aprovechando el inglés de Massachusetts que tenía, le pregunté al ponente que si eso no podría ser un riesgo de escisión para la raza humana. Me dijo que ese le parecía una asunto político del que los técnicos (él) y los futuros técnicos (nosotros) no teníamos que ocuparnos. Sin embargo, sí que debíamos ocuparnos de cómo garantizar la generación de energía, de alimento y de transporte a los seres humanos que colonizarán el planeta rojo. En los laboratorios, por lo tanto, nos dedicábamos a lanzar ideas sobre cómo podrían ser los huertos marcianos o cómo se podrían criar gallinas y vacas en naves gigantescas construidas con impresoras 3D perfectamente aisladas del exterior. También especulábamos sobre la producción de energía utilizando, por ejemplo, molinos gigantes (construidos también con impresoras 3D) colocados estratégicamente en lugares especialmente ventosos del planeta. Para el transporte diseñábamos vehículos eléctricos todo terreno capaces de subir montañas del tamaño del Everest. Resultaba divertido estar allí metido, en ese sueño, sintiéndose importante y convenciéndose, poco a poco, de que viviría mis últimos años de vida en un retiro dorado en un planeta carmesí. Hay gente que vive así toda la vida y es considerada feliz, ¿por qué no voy a poder serlo yo?. Recuerdo que, cuando más especial me sentía, me llevé un pequeño chasco al enterarme de todos los proyectos que están en marcha. La NASA espera que pisemos (solo han pasado unas horas desde que desperté y me resulta imposible pensar que no estaré allí) Marte en 2033. Emiratos Árabes mandará una sonda en dos o tres años con idea de construir el “primer asentamiento humano estable” en Marte en 2117. Aunque no se sabe qué, es seguro que los rusos y los chinos tienen programas similares. Parecía haber mucha competencia en este asunto. Quizás porque me frustré me entraron ganas de preguntar qué coño íbamos a hacer en Marte si, por lo que habían dicho, no era precisamente un planeta habitable: atmósfera tóxica, fuertes tormentas de arena, superficie muy montañosa y, encima, desértica, temperaturas extremas… pero no hice la pregunta porque me pareció de un sentido común que no tenía lugar en aquel lugar limpio, azul y blanco y rojo. Aquí tomó forma lo de los dos famosos hombres de negocios. Parece que Elon Musk ya tiene alguna idea sobre lo que vamos a hacer en el viaje a Marte y una vez lleguemos al planeta. El viaje será pura diversión, algo así como un crucero selecto aunque, probablemente, sin piscina. Para la estancia, estoy seguro, también tienen alguna que otra idea, se parecerá (me temo) a un gran parque temático de todo lo que no se puede hacer en Marte. Habrá grandes ventanales con mesas futuristas para pasarse los días contemplando los paisajes dorados y rosas en sus variaciones a lo largo de un día marciano. George Bezos, por su parte, parecía tranquilo con su nuevo negocio cuando dijo aquello de que en esto del espacio no se puede hacer nada desde un garaje (en clara alusión a los ya míticos inicios de Steve Jobs o Bill Gates). Parece que ahora le han salido unos universitarios americanos que quieren mandar una sonda casera a Marte para democratizar el asunto. Puede que incluso lo hagan desde un garaje para bajarle los humos. Me enteré de que el presupuesto de la NASA está un poco mermado y confían en que estos dos señores (entre otros) solucionen, para empezar, el problema de los cohetes. Al parecer, nos contaron, lo más caro de mandar una nave al espacio es el despegue. Así que hacer un cohete barato y, sobre todo, reutilizable (que es en lo que están los señores famosos) inaugura un fantástico negocio (no creo que una nueva era) que tendrá como principal cliente a la NASA. Vamos, pinta tiene que han externalizado el asunto de viajar al espacio para convertirlo en una feria de la que sacar interesantes beneficios. Pero todo eso no lo pensaba en el sueño. Poco antes de despertarme me enteré de que estaba allí por culpa de mis padres. De mis padres americanos, claro. Por lo que parece, mi madre (americana) era (o es, no sé si algo de todo esto tiene validez una vez despierto) una mujer muy aprensiva. Durante los últimos años había estado oyendo toda la cháchara que he reproducido arriba sobre Marte unida a la equivalente del cambio climático. Un día cualquiera, vete tú a saber dónde, leyó una frase que le afectó profundamente. La frase era algó así como que los dinosauros no tenían plan espacial y mira dónde han acabado. A mí me parece que venir a insinuar que los dinosaurios se pasaron la vida haciendo el vago y no invirtieron en ImásD ni nada, es injusto, pero a mi madre la hizo visualizar de golpe a La Humanidad aplastada por una gran piedra venida del espacio. Comprendió (supongo que ayudada por algún gurú de Internet) que Marte era La Alternativa (como si en Marte no cayesen meteoritos) y empezó a preparar un plan para salvar a nuestra familia. Calculó que, de ser necesaria la evacuación, los americanos tendríamos preferencia. De los cientos de millones de americanos, los primeros en salir de la Tierra serían seguro el presidente y su séquito: familia, guardaespaldas (por si acaso en Marte la cosa se pone fea) secretarios de estado, altos funcionarios, asesores, personal de confianza más sus respectivas familias. Teniendo en cuenta que se habla de naves con capacidad para cien pasajeros (digamos algunos cientos), mi madre comprendió que nuestra familia tenía muy bajas posibilidades de salvarse. Así que decidió (ya sabéis cómo son los americanos) que yo debía hacerme astronauta y encontrarme entre los primeros colonos del nuevo planeta; de este modo era probable que pudiésemos reunificarnos en Marte y seguir viviendo felices por toda la eternidad. Rellenó un formulario descargado de la web de la NASA y ese mismo verano yo estaba preparándome para ir a Marte. En este momento me ha despertado mi perra saltando con inusitada alegría sobre mi cama. He estado a punto de reñirla pero me he controlado por aquello de la educación en positivo y, además, porque seguro que no podría alcanzar a comprender la trascendencia del sueño. Seguro que, de intentar contárselo, bostezaría dos o tres veces y emitiría algún gemido (mi perra no ladra ni le encuentra sentido a los ladridos) queriendo decir “pero ¡qué obsesión tenéis los humanos con la inmortalidad!”. Bien cierto, ahora toca saber si van a garantizarnos la inmortalidad antes los de Marte, los de la criónica o los de la descarga  del cerebro. Hagan sus apuestas.

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