La Inmortalidad Fría

Oigo ruidos acompasados de vida artificial. Pulmones que se llenan y se vacían con el estruendo propio de una urgencia. O de una chapuza. Oigo un ligero chapoteo justo a la altura de mi cuello. A veces mi nariz cae dentro de un líquido espeso y yo diría que frío. A veces escucho un débil borboteo cuando saco la cabeza. Domina un sonido de grandes compresores frigoríficos. Huele a desinfectante hospitalario y a carne congelada. Me invade una sensación extraña que va decreciendo en el tiempo. Digo tiempo y tengo la sensación de no estar utilizando la palabra correcta. En general, el transcurso no parece aplicar al sitio donde estoy. No tengo ni idea de dónde estoy ni la menor tentación de saberlo. De improviso una gran luz blanca invade mi cabeza de un modo ensordecedor. Empiezo a escuchar sonidos agudos que quieren tener sentido. Mi cerebro se esfuerza por descifrarlos. Una voz de mujer está hablando en plural mayestático con cierta suficiencia (¿De dónde me salen estas palabras?). Hola. Sabemos que todavía no te encuentras en plenitud de condiciones. Hoy es treinta de abril de 2122. Ha estado usted cien años en un vaso Dewar con otras cuatro personas a una temperatura constante de aproximadamente doscientos grados bajo cero. Quienes le recibieron aquí, le acompañaron a esta sala, le explicaron lo qué iba a pasar y compartieron sus últimos pensamientos, ya no están. Pero puede, sin duda, estar tranquilo, nuestra compañía garantiza la transferencia total de la información relevante a los nuevos responsables de su vida, nosotros. Permítame, en primer lugar, que le recuerde el proceso: Hace hoy cien años y veintitrés días, el día en el que cumplía cincuenta años, vino a esta clínica para ponerse en manos del futuro, de la criónica. Por aquel entonces solo los enfermos terminales barajaban esta opción. Usted fue uno de los primeros individuos sanos que decidió confiar en nosotros. Fue una decisión extremadamente inteligente y una vez acabados los formalismos, le contaré por qué. Es cierto que tuvimos que solucionar algunas nuevas dificultades en su caso; básicamente, la legislación vigente hace cien años, obligaba a que una persona estuviese muerta antes de que pudiera dormir en un vaso Deward. Por eso usted firmó un testamento vital en el que afirmaba querer quitarse la vida y ser congelado hasta que el mundo fuese un lugar mejor. Nosotros le ayudamos a cumplir ese deseo y hoy, por fin, el mundo es un lugar mejor y usted va a poder disfrutarlo. El acuerdo que firmó con nosotros incluía algunas cláusulas que la tecnología ha dejado hoy relativamente obsoletas. Nos gustaría discutir estas cláusulas con total transparencia. Según voy escuchando a esta mujer, voy tomando conciencia de que me encuentro tumbado bocarriba en una especie de camilla metálica. “Tumbado” es un símil porque no tengo conciencia de tener extremidades. No tengo conciencia, si lo pienso un poco más, de tener ni siquiera un cuerpo. Me centro en escuchar a la mujer que continua su apabullante discurso. Tengo la obligación legal de informarle de que todos los miembros de tu familia que aparecen en su ficha, han fallecido, ninguno se ha acogido a un plan de vida futura como hizo usted. Lo mismo aplica a los nombres que consignó bajo el epígrafe “amigos”. Recuerde que eso no quiere decir que usted esté solo, su acuerdo con nosotros incluye garantías de una vida social normal a partir del día noventa de su vuelta. Tenga por seguro que no va a estar solo. Distinto es que los estándares sociales hayan cambiado y ahora tengamos que ayudarle a entenderlos. No se preocupe, le ayudaremos a entenderlos bien. El acuerdo también incluía, probablemente lo vaya recordando poco a poco, un plan de ahorro para que pudiese disponer de medios económicos a su vuelta durante, al menos, un año. Este plan ha funcionado razonablemente bien, aunque ciertas estimaciones no han resultado ajustadas y es muy probable que tengamos que trabajar en una nueva línea de financiación. Eso lo hablaremos cuando esté en perfectas condiciones. Los primeros noventa días después de despertar, le recuerdo, los consideramos un periodo de adaptación en el que no se toman decisiones de ningún tipo. Como observará, nuestro protocolo está perfectamente definido para garantizar que usted volverá a ser la misma persona que era hace cien años. Tenía la sensación de que aquel discurso iba colocando discretamente ciertas piezas en cierto orden en mi cabeza. Como si aquella mujer estuviese recomponiendo cariñosamente los bloques de mi cerebro descompuesto por el frío. También debemos informarle de que hemos iniciado con éxito los trámites legales para darle de alta de nuevo como ciudadano de pleno derecho. Hoy en día existe un estado civil que permite suspender temporalmente la situación legal de una persona, pero hace cien años no disponíamos de esta posibilidad. Nuestra previsión es que en unos quince días esos trámites estén completados. Pensé que sería por eso por lo que aquella mujer no esperaba ningún tipo de respuesta de mí, a efectos legales yo estaba muerto pese a que me quería imaginar allí tirado en una camilla metálica con los ojos abiertos como platos mirándola sin ver. Si hasta aquí todo está claro, pasemos a discutir la cláusulas potencialmente obsoletas. Teniendo en cuenta, pensé, que yo estoy muerto a efectos legales, no veo qué puede significar eso de que “todo está claro”; tampoco creo poder emitir ningún sonido significativo desde aquí, así que me temo que esta cháchara seudocientífica y seudocomercial va a continuar. Cuando usted firmó con nosotros su acuerdo de vida futura, pensábamos que en la fecha en la que despertara habría que seguir los siguientes pasos: Un periodo de recuperación de la consciencia y análisis de su situación física. Este análisis nos permitiría determinar qué órganos necesitaban reparación o regeneración basada en células madre, terapias génicas y nanotecnológia. Para que usted lo entienda bien, nuestra capacidad técnica permitía (hace cien años) recrear cualquier órgano que pudiese sufrir daño en el periodo frío. Entonces sabíamos que seríamos capaces de rehacer, por ejemplo, su piel, su páncreas o su hígado en caso de que presentasen algún daño al despertar. Técnicas aplicadas usando células madre nos permitirían, además de recrear sus órganos, perfeccionar su cuerpo usando tratamientos génicos contrastados que curarían enfermedades como el cáncer o el alzehimer antes de que su cuerpo volviese a la vida autónoma. También disponíamos de nanocitos capaces de curar o revertir malformaciones específicas en una amplia gama de casos. Una vez restaurado y mejorado su cuerpo, se debería aplicar un entrenamiento físico que le permitiese recuperar la motricidad propia de un ser humano del siglo XXII. Recordé de golpe que, en vida, yo había sido un ser humano enfermizo y enclenque que andaba día sí y día no debilitado por afecciones variadas no lo suficientemente graves como para matarme. Me hice rápidamente en la cabeza, pese a mi estado de semicongelación, una lista de deseos de cómo quería ser en la nueva vida que me esperaba para transmitírsela esta mujer en cuanto dejase de hablar. Tengo que confesarle ahora, que en el momento que usted firmó, había un problema que no habíamos conseguido resolver satisfactoriamente. Me angustié de pronto pensando que ese “problema” estaba relacionado con el tamaño de mi nuevo miembro viril (tampoco en mi vida previa había estado yo especialmente bien dotado). Sin embargo la mujer continuó igual de seria su discurso bien aprendido. El problema residía en el cerebro. Era cierto que sabíamos multitud de cosas sobre su estructura, su funcionamiento o su geografía. Sabíamos suficiente como para replicar el funcionamiento de las percepciones o, incluso, del lenguaje, pero éramos incapaces de determinar cómo se configuraban en ese misterioso órgano la identidad y la memoria que conformaban, mágicamente, una determinada personalidad. La suya. Aunque no veía nada, hice ademán mental de abrir bien los ojos sorprendido por el hecho de que yo tuviese una personalidad. No lo recordaba. Por los datos que nos envían sus sensores cerebrales, sabemos que nos entiende pese a su silencio obligado por el largo periodo de inactividad, así que, para que vaya madurándolo, le informaré ahora de que el problema del cerebro se ha hecho viejo mientras usted disfrutaba de un merecido descanso. Desde hace ya algunos años, sabemos con precisión cómo capturar su cerebro (o si lo prefiere su personalidad) y disponemos de mecanismos que nos permiten almacenar esas estructuras de datos para recrearlas dónde y cuándo sea necesario. Es decir, hoy, usted puede volver a la vida en lugares distintos al cuerpo que llamaremos “original”. Si ya he pensado antes que mis ojos (que es básicamente lo que puedo sentir además de las orejas) debían estar como platos, no encontraba ahora una metáfora ajustada a su estado después de escuchar lo que la burócrata me estaba diciendo. Sé que lo que le digo le sorprende y que no es capaz de imaginar con adecuada precisión de lo que hablamos. Le detallaré, por lo tanto, las opciones de nuestro nuevo catálogo. Su cerebro fue descargado satisfactoriamente, ocho años después del inicio de su primer periodo frío. En este momento, en lo relativo al siguiente periodo caliente de su vida (piense que, a partir de este momento, usted podrá alternar periodos calientes y periodos fríos en función de sus necesidades) usted podría descargar su cerebro en su cuerpo original (esta opción no la recomendamos por las imperfecciones no superables subyacentes al mecanismo genético de replicación), en un androide de última generación (disponemos de siete modelos de androides personalizables que responden a diferentes necesidades de vida física), en una infraestructura tecnológica especializada (por ejemplo, en replicación de criptomonedas o en secuenciación genómica de cuarta generación) o en un holograma seudosensible capaz de interactuar con el resto de opciones. De momento piénselo y, después del periodo de noventa días de adaptación, hablaremos de los costes de cada una de ellas y de las posibilidades de financiación que tenemos para usted. Recordé de pronto que yo, en lo que aquella mujer llamaría algo así como mi primera seudovida en periodo caliente, había pensado seriamente en suicidarme para evitar el dolor de la existencia y escapar a un mundo mercantilizado repleto de necesidades absurdas. Esta opción se me aparece ahora, tumbado como estoy sobre una fría camilla metálica, antiestética y vulgar. La criónica y sus periodos fríos y calientes es, sin duda, más limpia y elegante. Pese a todo, se me quedó clavada en mi cerebro exportable una pregunta de esas absurdas ¿Qué me impulsa a preferir ahora la inmortalidad personal a la nada cuando la inmortalidad siempre me ha parecido aburrida? Se me ocurre que, tal y como están las cosas, es probable que hayan intervenido discretamente mi cerebro para que esto suceda.

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