Y Yo sin Saberlo

Iba yo ayer andando por una de las calles principales de mi ciudad natal (algo que no es habitual porque procuro evitar el barullo) cuando vi de lejos a un viejo conocido que venía hacia mí. Su modo de andar era extraño. Juzgué rápidamente y decidí que se encontraba bastante aturdido. Pese a una leve tentación de preocuparme por su estado, me dispuse a evitarlo discretamente. Se me acercaba por la derecha así que volví la cabeza hacia la izquierda. No tuve suerte. El escaparate de ese lado era el de una tienda de ropa de bebé. Mostré un discreto interés en las nuevas tendencias premamá. A los pocos segundos noté que me apretaban el hombro con decisión. !Hombre¡, por fin te has decidido a ser padre, ya pensábamos que te salías con la tuya de no aportar nuevos cotizantes para que paguen nuestras pensiones. Se mostró tan decidido que me encontré en medio de un abrazo sin poder evitarlo. Me sorprendí a mí mismo golpeando con mi mano dos veces en su espalda sudada. Mi juicio inicial no parecía haber sido bueno: puede que estuviese aturdido, pero definitivamente no estaba bastante aturdido. A punto estuve de decirle que no, que seguía convencido de que no sería un buen padre y por eso no iba a tener hijos pero la prudencia me recomendó mentir levemente. En ello estamos, en ello estamos, dije en un tono condescendiente; no podemos permitir que colapse el sistema, todos tenemos que arrimar el hombro. Era indudable que me había pasado de la raya así que me preparé para pagarlo. Aunque mi conocido continuaba abrazándome, iba aflojando a medida que se imponía su estado inicial de aturdimiento (ligero, por supuesto). El hecho es que ignoró mi comentario pro-sistema y soltó excitado: necesito hablar con alguien ¿por qué no entramos en ese bar de ahí a tomar una cerveza?. Hasta ese momento pensaba que jamás rechazaría una oferta que incluyese tomarse una cerveza; ya me dijo mi madre que para todo llega el día. Puse mi cerebro a funcionar a toda velocidad en busca de una buena excusa. Como mi cerebro no es gran cosa, me quedé mudo y me dejé empujar dentro de aquel bar. Decidí ser positivo y rectifiqué el pedido de mi conocido cambiando la caña por una jarra de las más grandes que tuvieran. Él asintió mirando al camarero al mismo tiempo que empezaba a hablar en voz demasiado alta para mi gusto, dijo: Me acabo de enterar de que estoy deprimido. Saber que la cerveza estaría pronto a mi disposición me tranquilizaba. Me prometí a mí mismo que no iba a mirar a la morena del fondo de la barra y que iba a escuchar atentamente a mi conocido. Ayudarle no me pareció viable. Pero alguna vez he escuchado que solo con escuchar se puede ayudar a las personas. Yo era capaz de hacerlo, me dije echando un último vistazo nostálgico a la morena del fondo. Salgo ahora mismo del terapeuta. Ajá (practicando yo la famosa escucha activa). He ido porque mi mujer se ha empeñado, dice que estoy insoportable y bebo demasiado. Ajá, ¿Cómo ha ido?. Mal tío, la sicóloga me ha estado haciendo preguntas durante más de una hora, me ha tratado constantemente de usted y ha terminado asegurándome que estoy en el límite del alcoholismo y en medio de una profunda depresión endógena. Dios mío, dije yo, eso parecen malas noticias. Ya te digo, asegura que así no puedo seguir. Decidí quitarle hierro al asunto después del segundo trago a la jarra. Vamos a ver, ¿en qué ha basado su diagnóstico esa señora? supongo que te lo habrá contado. Lo peor es que no es una señora, es una tía más o menos como nosotros, me ha dado la sensación de que intentaba humillarme. Eso también podía ser, pensé, aunque no era conveniente entrar en eso ahora. Bien, centrémonos en el diagnóstico. Pues no me acuerdo bien de las preguntas, pero tío, todo el puto rato que si dormía bien o si notaba que se me olvidaban las cosas fácilmente; ¡qué cojones! ¿Tú tienes hijos?, le he preguntado, yo tengo dos, uno de cuatro y otro de dos; si no es el uno es el otro, no hay modo de dormir seguido una sola noche. Y ¿tienes mujer? (marido, perdón) pues entonces sabrás de sobra lo que es ponerse de los nervios cuando la otra (o el otro) duerme plácidamente mientras tú das vueltas en la cama oyendo a uno de tus hijos toser o tener pesadillas; me va a tocar levantarme a mí otra vez. ¿Y lo de la memoria? (le pedí, en este punto, otra caña porque se estaba alterando). Igual tío, tantas cosas que hacer ¿Cómo no se te va a olvidar alguna?. Claro que sí, a mí también me pasa digo mientras asiento al camarero que me pregunta si yo también quiero otra de lo mismo. Ya veo a lo que te refieres, la tía es una tocapelotas; ¿Qué más te ha dicho?. Pues luego ha pasado a bombardearme con que si me enfadaba fácilmente o pasaba de la alegría a la tristeza de forma repentina. ¿A ti qué cojones te importa? (lo he pensado pero no se lo he dicho, claro). Has hecho bien, estos sicólogos son muy suspicaces y si se lo dices seguro que hace una anotación en su cuaderno. Sí, sí, todo el puto rato tomando notas de lo que yo decía; ¿Qué estás apuntando? le he preguntado ¿puedo verlo?; y dice hiperdigna, ahora de momento son apuntes, cuando tengamos un diagnóstico podrás leer mis notas en el informe preceptivo. ¿Te ha dicho “preceptivo”?. Sí, te lo juro, “preceptivo” ha dicho. Entonces es una tipa que sabe de lo que habla, no todo el mundo utiliza esas palabras adecuadamente. Puede que tengas razón, pero eso no ha sido todo, me ha empezado a preguntar si estoy motivado y si hago mi trabajo con alegría. ¿¡Con alegría!? ¿Conoces tú a alguien que haga su trabajo con alegría?. ¿Yo? Claro que no, pero igual esa doctora sí que lo conoce. Pues permíteme dudarlo; todo el mundo que conozco está hasta la misma polla (no te importa que te hable con claridad, ¿verdad?) de su puto curro y sigue porque no tiene otra ¿De qué mierda de motivación estás hablando?. ¿Le has dicho eso?. Claro que no, le he sonreído y le he dicho que podría ser mejor, pero que estoy seguro de que ella se hace cargo de cómo está la situación. ¿Y se hace cargo?. Me ha dicho que sí, que claro, y ha anotado algo en el puto cuaderno. Seguro que ahí le has convencido. No te creas, se ha callado un buen rato y me ha espetado ¿realizas alguna actividad periódica que te resulte placentera?. Buena pregunta, seguro que iba por ahí, ¿eh?. No sé por dónde iba, yo le he dicho que definiera “placentera”, que si estaba hablando de sexo o qué. Lo que yo te decía. Pues no, me suelta que de sexo hablaremos luego; ¿luego? ¿después de dos o tres copas o a qué te refieres?; me estaba volviendo loco. No me extraña, menudo repaso que te ha metido. ¿Ves a lo que me refiero? Le he dicho que me gusta jugar al fútbol, ir al cine, ver los partidos de los domingos con los colegas. Bien dicho, por ahí la has pillado. Tampoco, porque lo siguiente que me ha preguntado es por la última vez que he realizado una actividad de esas; ¡coño!, antes de tener a los niños. Eso son tres o cuatro años, ¿verdad?. Y qué quieres que yo le haga, es lo que hay; tú porque no tienes niños. Me hago cargo, incluso a mí me gusta encontrar ese tipo de actividades, ¿cómo era?. Placenteras. Eso, placenteras. Entonces le he dicho que, por cierto, tenía que ir a buscar a los niños al cole. Ella, toda estirada, aún me ha hecho una última pregunta. ¿Cuál?. Imagínate. No, no me imagino, la cerveza me está afectando un poco. Me ha preguntado cuántas veces practicaba sexo a la semana. Joder, una tipa directa. Ganas me han dado de decirle que ese no era asunto suyo, pero la educación me puede la mayoría de las veces así que le he preguntado si en “practicar sexo” se incluye la masturbación; me ha dicho que no. Pues no veo porqué no, colega, es una práctica sexual como cualquier otra. Eso digo yo, pero la tía se estaba refiriendo a con mi mujer. Malo. ¿Acaso crees que mi mujer quiere follar alguna vez? Pues no, no quiere, siempre tiene alguna disculpa a mano, no es culpa mía. Aquello estaba yendo demasiado lejos. Como tenía intención de ayudar supongo que tenía que decir algo convincente y no se me ocurrió otra cosa: Eso nos pasa a todos; de hecho, el otro día escuché que en la Universidad de Oxford han publicado un estudio que afirma que entre 2050 y 2060 lo que hoy llamamos “depresión” será el estado de ánimo habitual del ciudadano occidental medio. Mi conocido pareció aliviado y dijo: lo que yo te digo, estamos empezando a sacar las cosas de quicio. Preguntó al camarero que cuánto debíamos, pagó y salió a atender una llamada de su mujer (me lo dijo por mímica aunque todavía no había cogido el teléfono). A los cinco minutos se asomó a la puerta y me gritó que se tenía que ir corriendo, que gracias por el consejo, que esto teníamos que repetirlo. Asentí aunque él ya no estaba en la puerta, apuré la jarra, miré a la morena del fondo de la barra que seguí allí (quién sabe si esperando a que yo le prestase un poco de atención) y aguanté las ganas de llorar. Como aquel conocido, yo tampoco sabía que estaba deprimido.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s