Adiós a las Bicicletas

Los conductores ansioso-agresivos y los conductores inseguro-sensibles están de suerte. Los primeros son esos que pierden los nervios cuando un ciclista les interrumpe su camino haciéndoles perder un par de minutos en un trayecto que tienen perfectamente controlado. Los segundos son los que sufren cuando ven a un ciclista subiendo un puerto o cuando se imaginan el disgusto que se llevarían si le matasen con su coche. Están de suerte porque las previsiones son que en 2065 no haya ciclistas ni en las ciudades ni en las carreteras. Diréis que quedan cincuenta años y tanto tiempo requiere de una paciencia que los primeros no tienen y que a los segundos les hará sufrir aun más. Como quiera que sea, esas son las previsiones. Lo cierto es que se augura una revolución en el modo en el que nos desplazaremos de un sitio a otro. Para empezar, dicen que los coches se conducirán solos. Esta autonomía de vehicular convertirá las ciudades en sitios apacibles porque no será necesario reservar espacio para aparcamientos. Ni en línea, ni en batería, ni nada; quizá, como máximo, alguna suerte de embarcadero. Los coches nos llevarán al trabajo y se volverán a su correspondiente plaza de garaje en nuestros hogares. Sin duda se trata de un futuro prometedor: todos tendremos coche autónomo, plaza de garaje y no nos importará pagar el combustible de cuatro viajes diarios… ¿para qué demonios va a querer alguien una bicicleta? Eso sí, en trayectos largos tendremos una nueva fuente de ansiedad porque nos veremos obligados a aprovechar los tiempos del desplazamiento. Dado que iremos de brazos cruzados mientras nuestro coche conduce, deberemos hacer algo más que las típicas llamadas pendientes que el ya trasnochado manos libres nos permite hacer en el presente. De pronto se me ocurre que estoy yo aquí especulando sobre el futuro y que esto hay gente que lo ha solucionado hace tiempo; porque ¿qué más da que conduzca una máquina o Fermín? Así que no solo los ciclistas, el colectivo de conductores profesionales tendrá que pensar en qué hacer durante los trayectos largos en su flamante coche autónomo y además, plantearse cómo va a pagar las letras del engendro. Por eso, los que ya tienen chófer y los que se vayan cansando del coche autónomo, que siempre hay gente muy vanguardista, tendrán que buscar una alternativa más acorde a sus necesidades. Irán al concesionario para que un vendedor trajeado (eso me apuesto a que no va a cambiar tanto), formado en técnicas avanzadas de venta sicológica, les informe de las últimas tendencias en medios de transporte. Después de hacer una serie de bien atinadas preguntas, el vendedor informará al comprador vanguardista de que lo que necesita es un coche volador. Lo he visto en tantas películas que a veces, cuando me meto en mi turismo, me sorprende que el volante sea circular o que no tenga en el salpicadero el correspondiente altímetro. Lo cierto es que en cincuenta años, cuando yo ya no esté entre vosotros, parece que será posible comprarlos. Aquí se me aparecen una serie de problemas estructurales que no tengo ni idea de cómo se resolverán. Por ejemplo el de la utilización del espacio aéreo. ¿Cómo podrán volar sobre Madrid cientos de miles de coches dejando a su usuario a una distancia razonable de su destino? Porque lo de que haya una pista de aterrizaje en cada tejado me parece que es dejarse llevar por la euforia… Así que este, me temo, será un producto del que solo podrán disfrutar las mismas élites que ahora disfrutan de un jet o un helicóptero privado. Permitidme una advertencia: Procurad que vuestros hijos no se encaprichen con el coche volador si no estáis bien posicionados. Encima tendrán que competir con los drones, a los que los analistas dotan de la facultad de la omnipresencia en el futuro: Vigilancia, transporte de paquetes, polinización de ciertos tipos de plantas, vídeo e imágenes en zonas poco o nada accesibles… Lo único cierto que sabemos que son capaces de hacer los drones, es bombardear discretamente objetivos inteligentemente seleccionados por no se sabe muy bien quién. El espacio aéreo entonces (o simplemente cielo, como a mí me gusta llamarlo) estará lleno de objetos voladores más o menos identificados que no permitirán ver nada sobre nuestras cabezas. Y ya veréis qué lío con los seguros cuando se produzcan accidentes que involucren coches voladores autónomos, drones, comunidades de vecinos propietarias de tejados y peatones sobre los que ha caído algún trasto de estos. Hay algunas soluciones, es verdad, más modestas: parece que se ha propuesto crear teleféricos con cápsulas transparentes que conecten puntos clave de una gran ciudad. Hombre, si son cuatro cápsulas no habría problemas en cablear las ciudades, pero verás tú cuando los barrios periféricos empiecen a demandar a los ayuntamientos por dejarlos incomunicados en desfasados autobuses que solo pueden moverse a ras de suelo. Aunque sin duda la estrella de los viajes futuristas es un tipo apellidado Musk. Este tipo con aire de pelirrojo pecudo, empezó con los coches eléctricos (que parece una empresa razonable desde varios puntos de vista) y poco a poco se fue viniendo arriba hasta el día que afirmó que iba a construir una flota de naves para llevarnos a todos a marte a vivir una vida mejor. Lo hará poco a poco porque parece que los billetes para el viaje del 2022 van a costar casi doscientos mil euros. Los viajeros que puedan pagar estos billetes a precios nada populares, tardarán en llegar casi tres meses a marte donde no se me ocurre qué van a hacer; parece que este visionario pretende fundar allí una ciudad de un millón de habitantes hacia 2122 (él tampoco estará entre nosotros para verla a menos que, no lo descartéis, tenga algún invento eléctrico que garantice la inmortalidad). De momento, el señor Musk ha prometido amenizar el viaje a sus pasajeros con películas, juegos de gravedad cero y conferencias. Suena apasionante. Me consuela un poco saber que les ha explotado un cohete en las primeras pruebas. Pero aquí no acaba todo. Una de las principales virtudes (veremos si lo es al final) del muchacho, es la perseverancia, así que entre que monta una nave para marte que no explote, vende los billetes y unas cosas y otras, se le ha ocurrido construirles a los árabes unos tubos de acero huecos dentro de los que piensa meter unas cápsulas de viajeros (con motores eléctricos, por supuesto) que se desplazarán con un mínimo rozamiento a la bonita velocidad de mil kilómetros por hora entre las ciudades de Dubai y Abu Dhabi. Ríete tú del AVE. Me pregunto porqué no ha elegido hacerlo entre Madrid y Barcelona (lo mismo por aquello del problema nacionalismo) o entre Madrid y Sevilla (igual por lo de las primarias). Si lo pienso fríamente, para mí todos estos nuevos medios de transportes no son más que ideas brillantes, pequeñas ficciones que alguien se entretiene en hacer porque nos hemos acostumbrado a vivir con la necesidad de este tipo de relatos. Antes eran las novelas las que tenían el privilegio en exclusiva de crear mundos, ahora, cualquiera puede denominarse en su perfil “visionario” y quitarle el trabajo a un puñado de escritores con habilidades para la ciencia ficción. Por mi parte, hasta que no dispongamos de un sistema fiable de teletransporte, dejadme aquí tranquilo yendo y viniendo en mi bici morada. Además, tengo la sensación de que en no demasiado tiempo, lo más probable es que no salgamos de nuestras casas prácticamente para nada.

 

licenciatexto

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