¿Seremos Capaces de Distinguir?

Cuando me explicaron, hace muchos años, qué era eso de la realidad virtual no me sorprendí en absoluto. Me dijeron que se trataba de ver cosas que no estaban realmente delante de ti como si realmente lo estuvieran. No era una explicación muy elaborada, así que pedí que me pusiesen un ejemplo. Como toda persona simple que se precie de serlo, soy un convencido de los ejemplos. Tengo la constante sensación de que, con un buen ejemplo (igual que con una buena metáfora), se puede decir todo lo que se necesita decir en un determinado momento. Quizá mi interlocutor no era un buen creador de metáforas. Se dedicaba a la informática industrial y había necesitado perder cualquier impulso creativo en aras de lo que se conoce como “productividad”. Dijo: “Pues puedes ver una casa sin que esté construida. Por dentro, por fuera; todos los detalles que te permitan decidir más fácilmente si comprarla o no. Es una estupenda manera de ahorrar costes a las empresas y decepciones a los consumidores”. Le entendí bien aunque no pude evitar pensar algo en lo que él no creo que hubiese pensando; ¿Acaso no era eso lo que había hecho la literatura durante siglos? Yo había leído novelas que me habían hecho ver mucho más que casas sin que hubiese nada más que papel y tinta delante de mí. Se lo dije. No se trata de imaginación, me corrigió. Es algo más poderoso porque el objeto se representa de manera realista. No tienes que imaginar nada, todo está ahí. Así que, lamenté, es más poderoso un mecanismo que simula que las cosas están ahí que otro que, sin pretender simular nada, consigue que las cosas se presenten con claridad al lector. El tío estaba convencido de que imaginar es un engaño y la imitación de lo que vemos agota la esencia de la realidad. Un mecanicista. Un representacionista. Uno de esos que no pueden ir más allá de lo evidente. No hay que pararse a pensar mucho para comprender que lo que vemos no tiene sentido si no le ponemos algo de nuestra parte. Probablemente por esto, algún tiempo después, apareció la realidad aumentada. Me pareció una metáfora algo más humana: No se trataba de hacer que las cosas se te apareciesen, sino de cargarlas con información una vez que están delante de ti. No es que hubiese lugar para la imaginación (que, por supuesto, tiene que seguir proscrita) pero al menos, no se niega lo obvio: que las cosas no son nada más que lo que nosotros hacemos de ellas. Aquí podría tratarse de encontrar tipos de información relevantes y variados que enriquezcan las situaciones en lugar de empobrecerlas. Por lo tanto, el asunto de la realidad virtual oscila entre poder elegir lo que quieres que esté ignorando lo que está y poder añadir datos a lo que está para que se convierta en algo significativo. Se me ocurre que es un mecanismo sicológico que existe desde siempre. Siempre han existido los que ignoran sistemáticamente la realidad maleándola en su cabeza para convertirla en lo quieren que sea y los que se dedican a coleccionar datos y razonamientos para que las cosas sean distintas a lo que parecen. Hay algunos pocos que se dedican a hacer relatos sin importarles demasiado lo que las cosas sean, parezcan o puedan llegar a ser. Estos seres son una especie en extinción porque ya se han hecho estimaciones que predicen que para 2085 viviremos una vida mitad virtual, mitad real. Había intentado imaginarme cómo sería esa vida pero no lo había conseguido hasta anoche. Al llegar a casa, un poco aturdido por el día de sol invernal, me tomé dos güisquis que me permitieron imaginar con más precisión. Me había invadido sin previo aviso una intensa sensación de hastío. Estaba viendo la tele y era la segunda vuelta que me daba por la parrilla para confirmar que la oferta era lo que parecía: patética. Ni siquiera una película de acción o subida de tono que permitiese a mis instintos anonadarse en la sucesión de imágenes primarias. Qué tiempos aquellos de los dos rombos que, por si solos, hacían la película emocionante. No es que sea un nostálgico de la represión (o eso creo) pero es innegable que tiene un poderoso efecto liberador cuando consigues burlarla. Mientras daba un nuevo sorbo hastiado al vaso con güisqui y pedazos flotantes de hielo, se me ocurrió que ese sería el momento perfecto para tener una realidad alternativa a mano. Ponerse un traje de buzo repleto de sensores conectados a un ordenador que te permitiesen “estar” en otro sitio más sugestivo. Como vivo en medio de la nada,  pensé que estaría bien poder aparecer, sin moverme del sofá, en un bar para charlar con otros seres. No me importaría lo más mínimo si esos seres eran reales o código en ejecución, ya he tenido suficientes experiencias decepcionantes con humanos para saber que solo se puede aspirar a breves momentos de armonía que no tienen la más mínima continuidad. ¿Alguien duda que eso lo puede conseguir fácilmente el código en ejecución?. Puestos a imaginar, imaginé que podía pedir a mi proveedor de realidad virtual (por supuesto después de pagar el correspondiente precio competitivo) que me trasladase al centro de Nueva York o de Tokio o de Ulán Bator para poder visitar alguno de esos “lugares que uno no debe perderse”. Lo que más pereza me daba, probablemente por el aturdimiento del día multiplicado por el del alcohol, era tener que enfundarme un traje, unos guantes o ponerme unas gafas que pesasen quilo y medio. Se tendrían que inventar, pensé, otros dispositivos más ligeros para virtualizar la realidad: una pantalla envolvente gigante, unos visores incorporados como lentillas en los ojos, un chip integrado en el cerebro capaz de generar las sensaciones adecuadas, yo qué sé. Esta última parecía la mejor opción, no tener que hacer nada y no ser capaz de diferenciar unas sensaciones de otras. Puesto a hacerlo que sea con todas la consecuencias. Mi cabeza se puso a imaginar toda una sucesión de alternativas virtuales que se le iban ocurriendo para escapar de aquel hastío. Menos mal que me quedé dormido. Era lógico después de haber imaginado estar virtualmente en una docena de sitios “que no te puedes perder”, en decenas de bares de todo el mundo, de haber conocido a medio centenar de personas, de haber follado cuatro o cinco veces, de haber estado dentro de un par de clásicos del cine… Al despertar creo que susurré: “si a esto le añades un módulo de estupefacientes que estimule adecuadamente el cerebro, no creo que nadie quiera saber nada de la parte no virtual de la existencia”. Eran las seis de la mañana y notaba el sabor del güisqui en la boca seca. Fui a mear y a por una cerveza. En dos horas debía empezar a trabajar. Estimé que la variante realidad virtual era útil para el ocio y para los negocios prosaicos que requieran representación o simulación. La variante la realidad aumentada sería más útil para el mundo del trabajo, en el que priman los enteradillos. Me imaginé que el mismo microchip en el mismo cerebro era capaz de funcionar como creador de realidad y como aportador de datos. Lo ideal sería que tuviese un interfaz cerebral que permitiese cambiar fácilmente el modo. Después de mear y beberme la cerveza de dos tragos, me volví a tumbar en el sofá para imaginar cómo sería el módulo de realidad aumentada para el trabajo. Empezaría, seguro, revisando el calendario y el correo. Permitiría consultar los datos de las personas con las que tendrás reuniones ese día y de las personas que te han enviado algún correo. Sus últimas interacciones contigo, su actividad en las redes sociales, sus ubicaciones habituales, su perfil profesional, vital, sus hobbies. Calculé que con una media de cincuenta correos al día y un diez por ciento de nuevos interlocutores, necesitaría hora y media para consultar los datos básicos de esas personas antes de poder responder adecuadamente. También se complicarían las reuniones de trabajo. Cierto que podrías consultar aquello que desconocieses durante su transcurso, pero los demás también y sería necesario preparar las intervenciones en profundidad para evitar que los enteradillos te enmienden permanentemente la plana. No se tolerarían los errores. A menos que tu módulo de realidad aumentada (que imagino estaría asociado a uno de inteligencia artificial) tuviese errores demostrables, tu jefe esperaría un trabajo cercano a la perfección. Con todo, la jornada diaria aumentaría fácilmente dos o tres horas. Entonces, por fin, lo entendí: trabajaremos doce horas consumiendo información con avidez y las otras doce nos las pasaremos enganchados a un dispositivo consumiendo emociones enlatadas en código en ejecución. Apasionante.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s