¿Qué tal van los Propósitos del año?

Hay una abundante literatura relacionada con los propósitos de año nuevo. Listas de los diez más habituales, de los treinta más difíciles de cumplir; mil sugerencias de propósitos que deberías plantearte organizadas por grupo de consumidores potenciales: propósitos para emprendedores, para deportistas, para menores de cuarenta, para mujeres con clase, para seres extravagantes, para adictos a las opiniones ajenas. Literalmente hay miles, cientos de miles. Hay aplicaciones de móvil que te ayudan a cumplirlos, hay artículos que ridiculizan los propósitos, otros que los ensalzan. Hay libros escritos sobre los propósitos en general y sobre propósitos específicos. Este año he observado que ha sido tendencia el propósito del orden: el establecimiento de un procedimiento infalible para tirar, colocar y mantener el orden en tu casa. No sabría decir si esta tendencia tiene que ver con la gestión de la ansiedad, con una necesidad racional de tenerlo todo bajo control o si solo se pretende impostar bajo una imagen pulida un orden mental que se intuye imposible. No sé si se trata de otra manera de ahondar en las carencias de nuestro mundo o de un procedimiento que lo hará mejor. Eso lo decidirán los sicólogos, los sociólogos, los etólogos, los divulgadores científicos, los comunicadores… y, por supuesto, el paso del tiempo. Yo solo puedo hablar de cómo dejé de plantearme propósitos. Fue el primer día del año mil novecientos noventa y cinco. Me desperté desnudo con una fabulosa resaca en una cama desconocida. Una cama que, recuerdo, olía a mujer. En la mesilla estaba la foto de la hermana de uno de mis amigos. Ella tenía dos años más que nosotros, el pelo liso, muy negro, un cuerpo menudo bien proporcionado y, en la foto, una sonrisa sincera y, por lo tanto, contagiosa. Estuve a punto de empezar el año enamorándome de aquella mujer pero me distrajo el dolor de cabeza intenso mezclado con una sensación de ahogo muy familiar en aquellos tiempos. La causa era, pensé en un primer momento, la cantidad de diferentes tipos de alcohol que había ingerido para celebrar la llegada del nuevo año. Hice intención de levantarme pero no pude. Volví a quedar de espaldas como si tuviese piedras dentro de la cabeza. La prudencia me recomendó quedarme mirando al techo un rato más. Estaba pintado de un azul pastel bastante molesto para un iconoclasta. Por lo demás, no parecía tener nada especial. Algunas huellas de brocha, algunas oscuridades en las esquinas, algunos pequeños abombamientos del yeso. Fijándome bien, pude distinguir unas diminutas grietas en la pintura que parecían letras. Intenté ajustar mis ojos para descifrarlas. Diré aquí que habíamos utilizado durante la celebración algunas drogas, por lo que es posible que todavía estuviese bajo su efecto cuando mi cerebro empezó a convertir en palabras aquellas grietas. En una leí “Año nuevo, la misma miseria”; en otra “Hay que resistirse a empezar el año con esperanza”; había un conjunto de grietas que decía “Cada año empieza uno nuevo, no hay mucho que celebrar”. Me asusté porque ninguna vaticinaba nada bueno. ¿Quién habría estado dedicando tiempo a escribir aquellas frases para mí? La hermana de mi amigo estaba descartada, no creo que supiese de mi existencia. Mi amigo no era el tipo de persona que se sube a una escalera a escribir mensajes crípticos y pesimistas sobre el nuevo año. A esas alturas de la película, yo no creía en ningún tipo de dios, así que tampoco me valía una explicación que lo incluyera. Me giré hacia el lado izquierdo mientras me hacía el modesto y puntual propósito de dormir un rato más. Al poco me giré hacia el lado derecho recordándome el propósito que me acababa de hacer. Acabé mirando otra vez al techo haciendo un esfuerzo por no leer. Como era de prever, incumplí mi propósito. Leí: “¿Qué propósitos te has hecho este año?”,”¿Tienes pensando incumplirlos como los del pasado?”. Aquello estaba empezando a resultar inquietante. Era cierto que había incumplido sistemáticamente los propósitos del año anterior, y del anterior y del anterior, pero hasta aquel momento estaba convencido de que había sido porque no les daba ninguna importancia. Por cierto, me dije, ¿cuáles eran esos propósitos?. Era como si algo o alguien estuviese empeñado en que evaluase mi pasado. En realidad, ninguno de los años anteriores me había planteado objetivos explícitamente, así que me veía obligado a hacer primero una toma de conciencia de cuáles podrían ser esas cosas que, alguna vez, había deseado hacer y no había hecho. Mi mente se puso a repasar posibles candidatos: correr una maratón, hacerlo con una japonesa, leer el Ulises de Joyce, dejar de ser un tipo normal, tener un perro… Nada raro como veis, cosas que todos deseamos en algún momento de nuestras vidas y que muy pocos acaban haciendo. La cabeza me dio un vuelco. Me encontraba en esa paradójica situación en la que sabes que tienes que cambiar de postura y sabes que si te mueves va a ser intensamente doloroso. Al mismo tiempo evitas con todas tus fuerzas moverte y evalúas la posición a adoptar para dejar de sufrir. Me tumbé sobre mi lado izquierdo. El interior de mi cabeza se tambaleó como un rascacielos durante un terremoto. Cerré los ojos. Volví a abrirlos. En la pared pude leer: “Más te valdría acabar con esta farsa”. Aquello era demasiado. Cerré de nuevo los ojos intentando quitarme de encima aquel discurso infernal. Apreté fuerte los párpados y me quedé mirando fijamente a las líneas de luz que se movían allá dentro. De pronto un grito agudo llenó la habitación. Parecía venir de la puerta a la que yo estaba dando la espalda. O más precisamente, a la que estaba dando mi culo desnudo sobre aquel edredón de flores. Dejé de apretar los párpados, miré la pared azul pastel y, de pronto, sin pensarlo, me di la vuelta. Ya no enseñaba el culo. Me fijé en que tenía un ligera erección vete tú a saber porqué motivo quimiofisiológico. La cabeza me seguía dando vueltas. Al abrir los ojos vi que la puerta mostraba una rendija de luz que, de pronto, se hizo más grande. Creí que seguía con las visiones cuando la silueta de una mujer se apareció sobre la luz. Pensé, lo recuerdo bien, que esa alucinación era más apetecible que las frases. No me dio tiempo a pensar mucho. De nuevo el grito agudo me retumbó en la cabeza. Pestañeé todo lo rápido que pude para hacer desaparecer la silueta. No desapareció. Es más, se hizo más grande y pronto tapó toda la luz de la puerta. Se encendió una luz que me dejó ver la cara suave de la hermana de mi amigo. Estaba muy cerca. Me miraba medio extrañada medio interesada. Estaba despeinada, tenía cara de sueño y probablemente la tradicional resaca de año nuevo, como yo. Se me pasó por la cabeza que, ya que estábamos en aquella tesitura, lo suyo sería follar un rato. Por un instante me planteé empezar fijándome ese objetivo. Poco duró la alegría: La hermana de mi amigo se acercó aún más, yo levanté lo que pude la cabeza para recibir el primer beso del año, ella gritó ¡cerdo! y me dio una estupenda bofetada. Salió de la habitación gritando el nombre de su hermano. En mi cabeza el rascacielos se derrumbó con gran escándalo. Perdí la orientación. Creo que me desmayé. Y fue entonces, en un instante de lucidez, cuando me juré que nunca más me plantearía objetivos que estuviesen dentro del espacio de mi vida. Según las estadísticas yo viviría unos ochenta años así que a partir de aquel momento, solo me planteo historias que van a suceder después del año 2050. Eso me permite hablar sin esperanza con toda tranquilidad, seguir adelante desinteresado por mi propia vida que es, estoy seguro, un verdadero desastre.

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