Verano de 2050

No sabría decir de dónde, pero de algún sitio me tengo que haber sacado yo eso de que el fútbol es una metáfora de la vida. Algo así como que los futbolistas, al salir al campo, dejan de ser individuos para convertirse en partes de un organismo vivo formado en un disciplinado cuatro-cuatro-dos. Los laterales vienen a ser los brazos de este nuevo ser. Los extremos las piernas. Los interiores las vísceras que hacen fluir el balón por los pasillos que deja libre el adversario. Un equipo a la defensiva, es comparable con llevar una vida anodina, conservadora. Si sales con tres arriba y dos carrileros contrastados, la vida del organismo estaría más abierta a la novedad, sería más arriesgada, más divertida. Los equipos que funcionan transmiten (igual que las personas equilibradas) serenidad y ganas de quedarse a pasar la tarde. Con los equipos mal engrasados, torpes (como las personas sin talento) no logramos sentirnos identificados y nada nos invita a quedarnos. La cosa que me inquieta últimamente es si esta metáfora va a seguir funcionando en 2050. He oído decir que hay quien espera que, ese verano, se juegue un partido entre la selección campeona del mundo y el mejor equipo de la Robocup.

De los dos organismos que se enfrentarían,  al primero lo imaginamos fácilmente: la solidez de Alemania, la alegría de Brasil, la desesperación genial de Argentina, la personalidad de Francia, el tiqui-taqua Español (no entiendo muy bien porqué nos hemos resignado a una especie de onomatopeya para describir la personalidad de nuestro organismo, pero bueno). El segundo estaría formado por robots de aspecto humano y dotados de lo último en inteligencia artificial. Sería un organismo, digamos, preciso.

Hoy he tenido un ataque de insomnio y a eso de las tres de la mañana me ha dado por imaginarme cómo será el partido. He determinado se celebrará en Japón. Pese a las presiones políticas de las potencias mundiales, los japoneses acabarán haciendo cualquier cosa para satisfacer a sus ciudadanos que, a esas alturas, estarán en su gran mayoría de parte de los robots. Es decir, los humanoides jugarán en casa. No me ha parecido sencillo saber si este factor tendrá alguna influencia en el resultado final. Supongo que la idea de sus diseñadores es que los humanoides-futbolistas no necesiten motivación. Aunque, se me ha ocurrido, sería una poética lección para todos que, por uno de esos efectos inesperados del desarrollo tecnológico, los robots futbolistas empezasen a requerir algo más que programación y autoaprendizaje. No digo que empiecen a soñar con ovejas, pero igual les de por soñar con ganar la final y a alguno le da un ataque de ansiedad.

También he intentado imaginar cómo sería el público de la final. Particularmente, he imaginado a los ultras de ambos bandos. En el caso de los ultras pro-humanos no me ha parecido que podamos esperar un gran cambio. Serán, muy probablemente, los hijos de los actuales ultras que, como sabemos, no son seres especialmente inclinados a evolucionar. Eso sí, se añadirán a ellos (de esto estoy seguro)  grupos integristas que verán en peligro de muerte a nuestros valores y a la sociedad que tanto nos ha costado construir. Quizás la FIFA haya tomado medidas para establecer una política de tolerancia cero con aquellos que se dediquen a menospreciar a los jugadores de otras especies. Eso será una pena, porque tengo que reconocer que los insultadores de las gradas de nuestro país tienen una capacidad destacable para hacer daño, algo que pondría a prueba el nivel de humanización de los androides. A la madre no se la podrán mentar, vale, pero seguro que estos humanoides tendrán alguna limitación que sería explotada adecuadamente. Quizá compararles con humanos podría resultarles doloroso: “Vamos R2D2, que no llegas a una, pareces un homo sapiens, mi hijo de cuatro años ya está más espabilado que tú, a ver si te actualizan el firmware“. En cualquier caso, estoy seguro de que las dos aficiones estarán convenientemente aisladas y vigiladas para evitar incidentes durante la celebración del histórico acontecimiento.

Otra cosa que me ha parecido digna de discusión es si el árbitro será humano o androide. Lo más justo sería que fuese un trío arbitral mixto: dos jueces de línea humanoides, que serán más precisos en los fueras de juego, y un árbitro principal humano, que, se supone, será más versátil. En cualquier caso, seguro que se dispondrá de herramientas tecnológicas para aclarar situaciones dudosas y evitar polémicas innecesarias. Esto me ha planteado una nueva duda: En el caso de que haya, por ejemplo, un gol fantasma y se recurra al “ojo de halcón”, podría ser que este “ojo” fuera ya tan artificialmente inteligente como para que le asaltara la tentación de modificar la secuencia de imágenes para que se conceda gol a los suyos (los androides, claro) o se anule a los humanos.

Aquí he estado a punto de dormirme pero me ha espabilado la necesidad de tomar partido. Lo sé, ya me lo dice mi madre, no siempre es necesario tomar partido, se puede ser neutral en la vida y evitarse problemas innecesarios. Vale, sí, pero yo soy del otro modo, del modo de garantizarme problemas para sentirme vivo. La cosa es que he observado que aquellos que no toman partido, los que no quieren que gane uno u otro, los espectadores neutrales y educados, esos, no disfrutan de la metáfora de la vida que es el fútbol, ni, en general, de ninguna metáfora. Por eso yo siempre tomo partido. Diré que soy de los que sienten simpatía por el modesto, por el supuestamente débil, por el que está destinado a perder. Es duro, sí, sería más conveniente estar del lado del que gana pero no sé porqué los que ganan suelen dejarme frío. Así que me he puesto a pensar si iría con los humanos o con los androides. Parece obvio que, siendo uno de ellos, debería querer que ganasen los humanos. Pero no es tan sencillo. Por un lado, probablemente los humanos serán los débiles en esta ocasión. En caso de que haya que tirar penaltis, por ejemplo, a los humanos se les encogerá la pierna, sentirán miedo escénico y toda la serie de debilidades de las que el androide está, teóricamente, libre. Según avance el partido, sentirán fatiga, serán más lentos, más imprecisos. Sin embargo, los androides son seres inocentes, incapaces (teóricamente, insisto) de tener orgullo, de ser egocéntricos o de hacer el mal. Esta cualidad, aunque puede que los robots la tengan porque no tienen otro remedio, despierta en mí ternura y simpatía. Además, si ganan los humanoides, el antropocéntrico ser humano recibiría una merecida lección. Cierto es que, muy probablemente, esta lección para el orgullo de unos, fuera un refuerzo para el ego de los que van a considerarse padres de la especie que sucederá al homo sapiens.

A punto estaba de decidirme cuando ha sonado el despertador. Tengo configurado un sonido que mezcla cantos de pájaros, brisa y correr de agua, que habitualmente me provoca ganas instantáneas de ir al baño. Me he levantado de la cama, me he puesto las zapatillas y, al pasar junto al escritorio, me he tropezado con el cable del cargador del móvil que ha acabado justo debajo de mi pie izquierdo. He pensado por un segundo que aquel dispositivo era otro eslabón en la cadena de la evolución hacia la deshumanización y a punto he estado de aplastarlo. Al final se ha impuesto el sentido común y me he dicho, “cargarme a este no va a ser significativo, son demasiados”, me he agachado despacio, he desbloqueado el teléfono y he abierto el WhatsApp a ver si tenía algún mensaje nuevo.

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