Si Pudiéramos Ser Algo Más que Sutil Energía

Existen ciertos tipos sutiles de recuerdo a los que nadie se ha preocupado de poner nombre. Quizá por eso, en los últimos meses, me he sorprendido necesitando nombres para cosas sin la menor importancia. He sondeado en mi entorno y nadie ha sabido muy bien a qué me refiero, así que estoy preocupado. He buscado en Google de diversas maneras, en inglés y en español. Nada. He pedido cita en el médico por si fuese conveniente que me viese un neurólogo. Después de escucharme con atención profesional, la doctora, que tiene unos ojo claros intimidantes, me ha recetado unos ansiolíticos suaves. Ha dicho suaves como para tranquilizarme. No lo ha conseguido. También he intentando, utilizando diversas técnicas budistas, deshacerme de esa necesidad que es, a todas luces, superflua. Han sido meses muy duros. He hecho meditación en el suelo frío de mi habitación. Taichí en el helado jardín. He ido a tres sesiones de constelaciones a ver si el terapeuta se dignaba a seleccionarme como voluntario para representar mi historia. Cuando por fin lo ha hecho, ha sido para representar al hermano de una mujer de unos cincuenta años que no acaba de aceptar que no puede quedarse embarazada. En la sesión, movido por la rabia, he gritado, me he revolcado, he mordido la alfombra. Nada. Me he sentido mal por la mujer que no acaba de aceptar que no puede tener hijos porque he pensado que igual no le estaba ayudando. Pero bueno, me he dicho, el terapeuta sabrá cómo arreglarlo. Lo cierto es que no he conseguido olvidar la superflua necesidad de poner palabras a ciertas sensaciones vagas. Por supuesto, he probado también con la conciencia plena del mindfulness. Esto ha sido lo peor. Lejos de ayudar a quitarme la idea de la cabeza, ha conseguido que no piense en otra cosa. Dado que el objetivo es hacerse consciente de cada pequeño acto para convertirlo en elegido, en voluntario; ha llegado un punto en el que he preferido quedarme en la cama. De ese modo, me he ahorrado la insoportable obligación de tener que tomar conciencia de cada paso que daba, de cada movimiento de mis dedos, de mis manos o de mis ojos. Tirado en la cama inmóvil, a oscuras, me he convertido en una especie de Funes el Memorioso oriental que no podía dejar de pensar en vagos recuerdos a los que nadie ha puesto palabras. Una buena amiga ha venido a casa y al verme en ese estado, me ha recomendado probar con la bioenergía. La energía sutil podría ser equivalente a esas sensaciones vagas que tienes, ha razonado, y canalizando la primera, quizá logres dar nombre a las segundas. Prometedor. Me he enterado de que soy una especie de imán viviente que desprende un aura generada por mis pensamientos, sentimientos y otras cosas inmateriales por el estilo. Esta aura interactúa con las de los otros en complejos campos magnéticos cambiantes produciendo liberaciones, bloqueos, equilibrios, vibraciones, absorciones, desprendimientos y toda una serie de efectos seudoenergéticos que yo puedo aprender a controlar. Me han dado ganas de volver a la cama a tomar conciencia plena de mi condición de imán viviente. No lo he hecho porque la terapeuta me ha invitado a tumbarme en la camilla para comprobar mi estado vibracional. Es un mundo este lleno de metáforas, me he dicho mientras me quitaba la camiseta. Ella, reconcentrada, ha comenzado a masajearme la espalda. Se ha entretenido en algunos sitios, que he supuesto estratégicos, como buscando algo debajo de mi piel, como intentando repartir de manera uniforme los fluidos grasos de mi espalda. Me he relajado cuando he estado seguro de que no iba a hacerme daño. En el momento que he bajado la guardia, me ha sorprendido uno de esos recuerdos sutiles: Me he acordado de Chari. Chari fue monitora en mi último campamento adolescente. No mediría más de metro cincuenta, se le notaba que tenía tendencia a engordar y se manejaba con un desparpajo envidiable para el niñato tímido y acomplejado que yo era (y que todavía, no lo descarto, sigo siendo). La historia de Chari se puede resumir en pocas líneas: Teníamos un viaje de varias horas para volver a casa. Yo, como cada vez que se acaba algo, sufría un fuerte ataque de melancolía. Solo me apetecía llorar pero, comprensiblemente, no podía hacerlo delante de aquel grupo de adolescentes si quería seguir manteniendo algún prestigio. Así que simulé que estaba enfermo. Chari me buscó un sitio cómodo en un banco mientras esperábamos el tren, dejó que me acurrucara en su regazo y, de vez en cuando, me acariciaba el pelo y el contorno de los ojos para que me sintiese mejor. No dijo nada. Estuvimos así como media hora. Jamás he sentido tanta comprensión. Cuando llegó el tren me acarició la mejilla con intención de devolverme a la realidad. Tentado estuve de resistirme a volver al frío. Flojo como estaba, la resistencia fue mínima. Me puse de pie. Cogí mi bolsa. Me metí en el tren. Y eso es todo. A veces me da por imaginar qué hubiera pasado si me hubiese resistido con determinación. Chari y yo nos hubiésemos quedado dormidos en aquel banco. Al despertar hubiésemos buscado un sitio para tomar un café. Luego un sitio para comer y, finalmente, un sitio para vivir en aquella comprensión perfecta. La terapeuta me golpeó un par de veces con la mano en el hombro izquierdo. Me desperté de golpe. La baba me escurría por la comisura de los labios. Sorbí. Allí estaba ella que no se parecía a Chari (porque era alta y estaba al borde de la anorexia) pero que me la había recordado por un instante. Estaba sentado en aquella especie de diván, ella tenía la mano en mi hombro, me explicaba que había sentido una gran cantidad de energía vibratoria en mí. Eso parecía buena cosa. Lo que le preocupaba era el nivel de entropía con el que esta energía fluía hacia el exterior. Me habló de los numerosos y demostrados beneficios que se obtienen cuando somos capaces de controlar nuestra bioenergía. En ese momento se agachó a cámara lenta (supongo que para evitar añadir más entropía al asunto) para recoger una toalla que se había caído al suelo. Al ahuecarse la camiseta pude ver sus pezones puntiagudos por efecto, seguramente, de un alto nivel de energía positiva canalizada. Entonces me volvió a poseer un recuerdo sin importancia. Me acordé de Bárbara. Bárbara era de algún país de Centroeuropa. Hablaba un castellano correcto aunque con mucho acento. Tenía un cuerpo exuberante. Una melena rubia bien cuidada que le favorecía (sobre todo cuando le tapaba la cara). Y es que tenía la nariz achatada y los ojos desalineados. Yo la recuerdo con ternura. Era, lo diré de una vez porque es absurdo intentar hacer poesía de todo, era puta. Yo estaba tan reconcentrado en amar a mi primera novia, en mostrarla respeto absoluto, que no había manera de introducir el sexo en aquella ecuación. Intentarlo hubiese provocado un desorden que no hubiese podido gestionar de ninguna manera. Así que miré en el periódico. Tampoco era plan, me dije, de cumplir los dieciocho en estado de virginidad. Tuve algunas dudas respecto al modo en que se podía conciliar el amor con aquella aventura, pero me pareció obvio que yo a mi novia la amaba sin reservas y, precisamente por eso, no debía meterla en asuntos turbios que tenían que ver con necesidades fisiológicas y fluidos. Bárbara te hará sentir bien. No pongo límites a tu imaginación. Pídeme lo que quieras y lo haré sin ninguna prisa. Eso decía el anuncio.
Me fui para allá repasando mentalmente todas las cosas que tenía que probar por primera vez. Bárbara estuvo extremadamente amable desde el primer momento. Me invitó a una cerveza, fue cariñosa, maternal. Me enseñó algunos secretos del cuerpo femenino. Se mostró comprensiva cuando mi masculinidad se mostró reacia a responder. Me dejó estar tumbado en su cama contemplándola desnuda durante un buen rato. Al final, me acompañó a la puerta y me dio un beso en los labios que todavía no he olvidado. La terapeuta debió notar la fuga extrasensorial de energía que se estaba produciendo. Quitó la mano de mi hombro, se puso la toalla al cuello y me acompañó a la puerta. Me dio una tarjeta azul cielo. Yo salí al descansillo notando el frío provocado por el derroche energético. Empecé a bajar las escaleras pensando que, con un poco de suerte, aquel había sido el último recuerdo sutil de mi vida.

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