A Ciertas Edades no Hay Recuerdos Intrascendentes

Con los años hay muchas cosas que te van abandonando. Últimamente, he estado atento a esas cosas que se supone te abandonan para confirmar o desmentir que, efectivamente, la culpa sea del paso del tiempo. Adelanto que nos soy de sacar conclusiones y, muy probablemente, en este tema sea imposible sacarlas. Lo que sí me ha invadido es una vaga sensación de que ese abandono podría tener algo de profecía cumplida, de ganas nuestras de ajustarnos a ciertos tópicos. Por ser claro: en ocasiones, parecería que perdemos las cosas que se supone tenemos que perder para no defraudar las expectativas. Hay algunas cosas físicas en las que no decidimos, es cierto, como, por ejemplo, en perder el pelo o algo de vista. En estos casos el tópico nos sirve de escudo porque qué se le va a hacer. Pero hay otras menos evidentes. Perdemos la forma, por ejemplo, e incluso nos dejamos crecer la barriga, perdiendo, de este modo, el aspecto con el que los demás nos conocieron. Cambiando nuestro aspecto (sobre todo a peor) invalidamos, con derecho o sin él, los recuerdos de los otros. Cuando, en ocasiones me encuentro con algún amigo o amiga que se ha dejado ir, que ha engordado quince quilos y parece haber renunciado incomprensiblemente a cuidar su imagen, me gustaría decirle que quizá yo hubiese agradecido que siguiese más o menos igual, que me permitiese conservar ciertos recuerdos que se reforzasen en nuestros encuentros. Que me provocase cierta alegría ver que el tiempo pasa pero, de algún modo, nosotros mantenemos un cierto cuidado, una cierta tensión en la vida que permite establecer puentes entre el pasado y el futuro. Por eso, el siguiente tópico, suele ser perder esos amigos que se han convertido en testigos incómodos del paso del tiempo y que, potencialmente, pueden destruir el maravilloso relato de nosotros mismos con el que funcionamos en el presente. Así que una vez nos hemos deshecho de los testigos y con el noble objetivo de que todo sea perfecto, debemos olvidarnos de lo sucedido. Deduzco que, de este modo, la pérdida de la memoria se ha convertido, a su vez, en un tópico. Así que, llegados a cierta edad, nos empezamos a preocupar por mantener cierta cantidad de memoria. Un amigo me dijo que, para sobreponerse a este deterioro cognitivo, es tendencia jugar a juegos cerebrales. Después he leído que estos juegos no tienen ningún efecto beneficioso demostrado. Cómo nos marean. Por mi parte, he observado que me cuesta retener datos, que se me olvidan palabras, que no me aprendo las canciones como me las aprendía hace veinte años. Aunque analizando con cierto rigor el asunto, tengo que confesar que siempre he tenido problemas para retener datos. Sirva de ejemplo, mi incapacidad para aprenderme los números de teléfono de mis amigos. Por aquel entonces, por más inverosímil que resulte ahora, memorizar los teléfonos era la manera más sencilla de tenerlos a mano. Creo que todos teníamos una agenda, cierto, pero no la llevábamos siempre encima como hoy llevamos el móvil. Yo resolví la dificultad aprendiéndome el teléfono de los amigos clave y el número del que se sabía todos los números. En caso de necesitar algún teléfono que no había memorizado le llamaba a él para que me lo recordase. Tampoco, es cierto, nos llamábamos tanto como ahora. Incluso había veces que quedábamos de un fin de semana para el siguiente. Y una semana después, allí estábamos. En cuanto a las canciones, tampoco han cambiado tanto las cosas desde que era adolescente. En ciertos ambientes, a poco activo que fueras, era casi obligatorio tener un grupo de música. Yo, que era activo por encima de la media, tuve varios grupos. En uno éramos puristas y solo podíamos tocar cierto tipo de música. Me provocaba claustrofobia aquella estrechez tan pura. En otro solo podíamos tocar nuestras canciones. No teníamos ni idea de cómo hacer canciones así que nos pasábamos el día perfeccionando tres o cuatro canciones que no sabíamos cómo habíamos hecho. Me hastiaba dar vueltas a lo mismo por mucho que se estuviese perfeccionando. En el tercero tocábamos versiones de canciones conocidas. No versionábamos cualquier cosa, es cierto, pero tampoco lo dábamos demasiadas vueltas. Me sentía cómodo en este grupo. Cuando una canción me emocionaba, no tenía más que proponerla. La estudiábamos durante una o dos semanas y pasaba al repertorio. Algunos decían que éramos unos vendidos, demasiado comerciales, pero ya digo, yo estaba cómodo. Recuerdo que, no sé cómo, habíamos conseguido que nos dejasen ensayar en el gimnasio del colegio un día a la semana. Era un local más salubre que los otros en los que tocábamos que eran poco más o menos cuchitriles. Además era amplio, luminoso, con ventanas… Podíamos invitar a gente a los ensayos. Invitábamos preferentemente a grupos de chicas. Para eso teníamos un grupo, ¿no?. La desventaja era que no podíamos llevar alcohol a los ensayos. Creo que una cosa compensaba la otra. Además, como estábamos serenos las dos horas de ensayo, íbamos mejorando. Mejoramos hasta el punto de que hicimos un par de canciones. Hasta el punto de que quiénes nos oían asentían con la cabeza. Alguien nos sugirió apuntarnos a un concurso de bandas locales. ¿Pero si no tenemos estilo, dije yo?. No hace falta, tenemos dos canciones y hacemos algunas versiones buenas. Votamos y la mayoría decidió que nos apuntábamos. Dejé de sentirme cómodo. Empezamos a ensayar sistemáticamente. Se prohibieron las litronas. Dábamos vueltas a los más pequeños detalles. Tocábamos lo mismo una y otra vez. Puede que esa sea la manera, yo era consciente de ello y por eso me esforzaba. Escribí la letra para una nueva canción. No sonaba mal. A última hora decidimos presentarla al concurso. Siempre la había cantado con la partitura delante. Quedamos en que nuestra manera de estar en el escenario formaba parte del asunto. Decidimos que éramos dinámicos. Que yo tenía que moverme mientras cantaba para potenciar las canciones. El dinamismo no permitía trípodes con partituras sobre el escenario así que tenía dos semanas para aprenderme la letra. Era tiempo más que de sobra para un cerebro de menos de veinte años, que no ha tenido tiempo para pérdidas. Las dos últimas semanas se intensificó el régimen disciplinario. Ensayamos todos los días menos el lunes. Cada pequeño detalle tenía que estar previsto. Cada movimiento, cada nota, cada sílaba, cada punteo, lo que teníamos que decir entre canción y canción. Cómo subir al escenario, cómo abandonarlo. El guitarrista, el único que sabía música, me insistía en que tenía que ensayar sin la partitura, que debía hacer lo mismo que haría en el concierto. Yo le decía que sí, que no había de qué preocuparse, que solo eran dos frases que no acababan de meterse en mi cabeza. Curiosamente, la primera de cada una de las estrofas. Por pura paradoja cerebral, hoy solo consigo recordar de aquella canción esas dos frases. La primera era “La niebla maldita una y otra vez”. La segunda “He pensado marcharme para no volver”. Ni que decir tiene que seguía sin estar cómodo. Aquello había dejado de emocionarme en el momento en el que la democracia decidió por mayoría presentarnos a aquel concurso. Llegó el gran día. Con tres horas de antelación estábamos en el escenario del bar. Comprobamos que el equipo que nos dejaban era adecuado. Pudimos probar sonido. El técnico que estaba detrás de la primera mesa profesional que tocábamos, nos felicitó por nuestra eficacia, por lo bien afinados, por lo claro que lo teníamos. Empezaron a tocar a la hora prevista. Los primeros cuatro grupos se mostraron vacilantes o torpes o descoordinados. Nos pedimos otra cerveza para celebrarlo. Se me ha olvidado decir que uno de los organizadores conocía a nuestro guitarrista y estaba en la barra aquella tarde. Estaba encantado de dar de beber gratis a los próximos ganadores del concurso de bandas locales. Así pasaron otros cinco grupos más por el escenario. Dos de ellos lo hicieron bien, aunque no hicieron ninguna canción original. Nos llegó el turno. Yo había tomado manzanilla con limón y miel, tres cervezas y una tila con más miel. Estaba tranquilo. Tenía la garganta suave. Estaba en forma. La primera canción que hicimos fue una versión de los Rolling, esa que habla de la simpatía por el diablo. La tocamos mejor que nunca. Potente. Yo canté en mi tono, no en el de Jagger, pero fui expresivo y claro. El aplauso fue unánime. La segunda versión fue de los Guns’n’Roses, un autentico acierto del rock de los noventa, Welcome to the Jungle. Me permití el lujo de mover las caderas como lo hacía Axl. Tampoco era mi tono pero los aplausos confirmaron que habíamos perpetrado una versión convincente. Paramos dos minutos para preparar nuestra canción, la que debía consagrarnos. Yo bebí del botellín. Volví a beber. Le dije al batería, que era un buen amigo mío, dame la primera frase, que siempre se me olvida. Si la has escrito tú, tío, yo ni idea. Bebí un poco más de cerveza a ver si me inspiraba. Los guitarristas se arrancaron según lo previsto. Me acerqué al micrófono. No cogí la entrada. El guitarrista me miró. Me encogí de hombros. Me dijo algo que no oí, miró al resto y volvió a empezar. Esta vez entré cuando había que entrar pero no dije lo que había que decir, solo hacía ruidos con la boca al compás de la música. Era como si la canción fuese un continuo, una especie de muelle fino, que se resistía a salir porque no había salido bien la primera vuelta del alambre. El estribillo sí que lo recordaba. Lo ataqué con fuerza para disipar posibles dudas. Con tanta fuerza que desafiné con claridad. Mis compañeros me miraban con intención de animarme. Se acabó el estribillo. En cinco compases empezaba la segunda estrofa. Me dispuse a cantarla como solía. No me acordé de que no me acordaba de la primera frase así que el alambre volvió a trabarse. Empecé a emitir sonidos de nuevo. Esta vez ni siquiera acompasados con la música. Miraba directamente a los focos para no ver la cara de vergüenza ajena que tendrían los de primera fila. Me movía descoordinado. Estaba aturdido. No recordé una sola frase de ninguna de las dos estrofas. Canté el estribillo dos veces más. Ambas de manera desesperada. El público aplaudió supongo que el esfuerzo. Así fue. Me cogí una buena. Antes de perder el conocimiento pedí disculpas a la banda. Fueron realmente amables, se lo tomaron con humor. Esta anécdota podía haber sido intrascendente, algo sin consecuencias que se recuerda o que se borra. Pero no tengo yo tanta suerte. Dos semanas después, nos llamaron de la radio para hacernos una entrevista. Yo dije que no iba. Ellos dijeron en que no podían ir sin mí, que yo era la voz del grupo. Insistieron. Tuve que ir. Contesté ingeniosamente a las dos primeras preguntas. La de si queríamos ser una banda comercial o una banda con personalidad, la esquivé diciendo que queríamos ser un grupo con pegada, que llegase a la gente. ¿A qué gente? me preguntó a tradición el locutor que era especialista en rock progresivo y jazz fusión. A la gente en general… a la que le guste el rock, concreté al ver la mirada piadosa del experto. Hizo una pausa calculada. Dijo en antena que iba a pinchar la canción escrita por nosotros que habíamos tocado en el concurso. Yo abrí los ojos como platos. ¡Está grabado! ¿Quién coño les ha dado permiso? Me pregunté por qué querría hundirme de esa manera. Tuvo la delicadeza de cortar la grabación después del primer estribillo. Metió publicidad. Yo tenía lágrimas en los ojos. Gracias chicos, dijo con tono comprensivo. Me miró. Supongo que iba a decir algo más pero se cortó al ver los ojos húmedos. Dijo solo, seguid practicando. Hizo otra pausa, puede que valorase no decirlo, puede que estuviese buscando las palabras más adecuadas, dijo: y toma algo para esa memoria, chaval.

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Un pensamiento en “A Ciertas Edades no Hay Recuerdos Intrascendentes

  1. Impresionante relato, compañero y amigo.
    Como soy como soy, me ha gustado especialmente la parte en la que profundizas en el tema del paso del tiempo, y las argucias psicológicas que nos llevan a ocultar ciertas realidades, lo que me recuerda a la tercera etapa del duelo, la de “Negociación” (según el modelo de Kübler-Ross).
    Brillantísimo el final, que nos mantiene en vilo hasta su sangrante conclusión…
    Respecto al momento en el que dejaste de sentirte cómodo porque entraron en juego la prisa, la necesidad de mejorar y afinar, las expectativas, la disciplina, el cuidado de los detalles… tengo que decir que ahora, a mis 43, justo eso es lo que me da cuerda, lo que me motiva, lo que me apasiona y lo que me impulsa… poder llegar hasta el máximo nivel de perfeccionamiento (dentro de mi obra creativa) al que pueda llegar dadas mis circunstancias. Es como si cualquier otra cosa no me sirviese… como si por fin estuviera listo para poner toda la carne en el asador sin reservas y sin excusas.

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