Como Supuestamente se Sienten los Adultos

Era verano. En el ascensor olía a perfume. Dentro estaba la vecina del tercero. Dije hola. Me fijé en su moño tenso que le daba un aire a Tippi Hedren en Marnie la Ladrona. Al entrar el olor me había parecido demasiado fuerte pero en unos segundos mi cabeza pareció cambiar de opinión. Miré de reojo su vestido de verano que, como el peinado, daba la sensación de pertenecer a otro lugar, a otro tiempo. Obvié el detalle cuando me fijé en que la tela se ajustaba discretamente en las caderas y en el pecho. Un instante antes habría dicho que era demasiado delgada. Tendría unos cuarenta años. Era, para mis estándares de teenager, una vieja. Se adelantó para salir, la espalda muy recta como si estuviese siempre pensando en mantener una postura adecuada. Los labios gruesos, las mandíbulas apretadas, supongo ahora, que para evitar las arrugas de expresión. Dije adiós y no puede evitar fijarme en cómo el vestido acariciaba sus muslos al andar. Respiré hondo el olor que había dejado. Noté que me excitaba. En casa tuve que darme una ducha. Esa noche soñé con un cuerpo maduro debajo de un vestido de tela suave. Al día siguiente, cuando llegué de la piscina, el ascensor olía al mismo perfume intenso. Eran las siete y diez. Me dije que ella llegaba un poco antes, probablemente a las siete. Recopilé algunos datos. Tenía una hija rubia de seis o siete años que se le parecía más bien poco. A veces, subía con ella y otra niña de su misma edad hasta el sexto. Justo debajo de nuestra casa. Coincidimos alguna vez los tres, recuerdo que la otra niña me miraba con curiosidad desde unos ojos azul intenso. Mi madre me informó de que en el sexto vivía la suegra. Nunca le vi con su marido, por cierto, eso alimentaba mi imaginación. La niña de los ojos azules, me dijo mi madre, era una sobrina que venía desde algún sitio del norte a pasar el verano. Aquel mes de julio llegué a casa todas las tardes a las siete. Si por algún motivo estaba en casa antes, espiaba por la ventana hasta que la veía bajar desde la plaza. Me tiraba entonces escaleras abajo saltándolas de dos en dos y de tres en tres. Sabía por mi flamante cronómetro digital, que tardaba algo menos de treinta segundos en llegar al bajo, ella tardaba aproximadamente un minuto desde la plaza así que tenía veinte segundos de margen para recuperar el aliento y llamar al ascensor que estaba, casualmente, en el séptimo. Ella subía las cinco escaleras que llevaban a la puerta del portal, yo aprovechaba que los cristales estaban ligeramente tintados para apreciar el conjunto del día. Le abría la puerta. Solía saludarme con un hola automático. Alguna vez yo preparaba conversaciones en la cabeza que sabía nunca sucederían. Un día, mientras le abría la puerta del portal y me fijaba en la blusa blanca que marcaba los contornos de un sujetador de copa, le dije “vaya calor que hace hoy”. Ella no dijo nada, torció el gesto en una mueca que recordaba una sonrisa. También le dije una vez: “menos mal que ha refrescado un poco con el chaparrón de mediodía”. Me emocioné cuando me pareció oírle mascullar: “sí, que se ha cargado mi peinado”. Un viernes que me había puesto una camiseta rojo fuego, me espetó: “te gusta vestirte con colores llamativos, ¿eh?”. Ella no usaba colores.  En el ascensor procuraba colocarme en diagonal para poder mirarla con mejor perspectiva. Se me encogía el corazón al preguntarle a qué piso iba por la posibilidad de que fuese al sexto en lugar de al tercero. Casi siempre iba al tercero. Me atraía su aspecto pulcro, distante. Sus movimientos disciplinados la convertían en intocable porque solo un mal paso o un tropezón podrían haber roto la distancia formal entre vecinos. Soñé varias veces que subiendo en el ascensor con ella le quitaba el vestido de un tirón. Ella se quedaba desnuda allí, misteriosa, mirándome con gesto frío como si esperase que le diese la orden para vestirse de nuevo. Una mezcla de prisa por hacerme adulto y de atracción por el misterio, me impulsaba a encontrar un modo de ganarme su confianza, de asomarme a su mundo ordenado y averiguar qué había al otro lado. Hacia finales de julio, mientras estaba en la ventana esperando verla venir, vi algo divertido: la niña del sexto dejaba caer una cuerda roja por la ventana. Pensé que la imaginación de los niños era imprevisible y seguí vigilando la plaza. Volví a mirar con curiosidad a la niña. Varios pisos más abajo, no podía determinar cuántos desde aquella perpendicular, las manos de otra niña con coletas rubias ataban un rollo de papeles a la cuerda. A los pocos segundos, el pergamino empezó a ascender hacia el sexto. Si la cuerda no hubiese sido de color rojo, se podía haber pensado que la niña del sexto utilizaba poderes telequinéticos para hacer llegar el rollo hasta sus manos. Me distraje intentando dar sentido a aquel juego de niñas. Eran todavía las seis. Me fui a la habitación a leer algo. No lograba concentrarme en las preocupaciones de Humbert Humbert que, por otro lado, entiendo mejor ahora que cuando tenía diecisiete años. Especulaba con la ropa que traería ese día mi vecina del tercero. Me gustaban sus vestidos de corte clásico. Las faldas con vuelo le daban un aspecto más juvenil que me atraía menos. Muy raramente vestía pantalones. Le daba también vueltas al misterio de las niñas y su cuerda roja. ¿Qué se traerían entre manos? Especulé con la posibilidad de que, de aquella bastante pública manera, compartiesen material prohibido. Iba y venía a la ventana de la cocina.  A las seis y media las manos de la niña del sexto volvieron a aparecer. Empezó a descolgar un rollo de papel idéntico al que había subido un rato antes. Me cambié a la ventana de mi cuarto desde la que sí pude ver el piso en el que estaba la niña de las coletas rubias. Era el tercero. Ya no cabía ninguna duda, la hija y la sobrina de mi vecina se estaban pasando algo por la ventana. Al poco, ella apareció por la plaza, salí corriendo. Con el despiste no tuve los veinte segundos que necesitaba para recomponerme. Cuando le abría la puerta del portal jadeaba. Ella me escrutó con ojos de interrogadora profesional. Estuve a punto de declararme culpable. Las dos tardes siguientes estuve espiando desde el banco de la plaza la ventana del sexto. Entre las cinco y las seis, la sobrina descolgaba la cuerda roja, la hija ataba unos folios que ascendían despacio hasta desaparecer. Más o menos una hora después, los folios recorrían el camino inverso. No encontraba ninguna explicación; quizá por eso actué de aquella manera tan poco razonable al día siguiente. Estaba en la plaza. Contemplé el inexplicable espectáculo de la cuerda roja. El juego había terminado hacía rato cuando ella apareció. Fui a su encuentro sin intención premeditada. Me paré delante de ella, era algo más baja que yo. Me miró con el gesto de interrogadora profesional, sin ningún cariño, como si supiese que, por fin, iba a confesarlo todo. Yo no tenía nada que confesar. O, al menos, eso creía. Dije de pronto: “su hija y su sobrina se andan pasando cosas por la ventana”. Fue emocionante captar su atención de aquella manera. Me dijo “no me llames de usted que me haces vieja”. Esta vez sí consiguió sonreír. “Vamos hacia el portal y me cuentas”. Me sentí por primera vez como supuestamente se siente un adulto, alguien con una misión importante en su vida. Ya en el portal aproveché para mirarla de arriba abajo. Se dejó mirar unos segundos antes de recordarme con firmeza que tenía que decirle algo. “¡Ah! sí”. Le conté todo lo que había visto. Me dijo que le gustaría ver aquello con sus propios ojos. Quedamos al día siguiente a las seis en el banco de la plaza. Subimos juntos en el ascensor sin decir nada. Al irse dijo, “has hecho muy bien” y me acarició el pelo. Era la primera vez que quedaba con una mujer; además una mujer adulta que, incluso, me había tocado. Estaba tan excitado que no pude entrar en casa. Me tiré escaleras abajo. Salí a la calle. Estuve dos horas corriendo por la ciudad. De vez en cuando gritaba levantando la cabeza al cielo. Se me olvidó que habíamos quedado para confirmar una acusación y descubrir el misterio de unas niñas de siete años. Se me olvidó que, por impresionar, me había  concertido en un indiscreto, en un chivato, en un colaboracionista. De eso no me daría cuenta hasta el día siguiente, cuando mi vecina salió corriendo desde el banco de la plaza, subió por la escaleras a toda prisa, entró como un agente especial en su casa y le dio un susto de muerte a su hija que recogía en ese mismo momento el rollo de papeles que le descolgaba su prima. Yo la había seguido porque me sentía legitimado para conocer el final de la historia. Debería haberme quedado en la plaza disfrutando de las últimas partículas de olor que flotaban en el aire después de que ella saliese corriendo. La niña estaba tan pálida que yo pensé que había muerto. Le quitó de un tirón los folios. Gritó “qué es eso”. Leyó unos segundos. Gritó de nuevo “de quién es esta letra”. Los dos sabíamos de quien era. “Maldita enana estúpida, no vas a llegar a nada en la vida”. Con la carrera se le había desabrochado un botón de la blusa, cuando se volvió hacia mí, pude ver claramente su sujetador de aros negro. El sudor potenciaba su olor habitual. Sentí miedo. Se recompuso. Dijo a su hija “tú no te muevas que ahora vuelvo contigo”. Era innecesario, la niña no podía moverse, estaba petrificada. Ni las lágrimas le salían. Me acompañó a la puerta, me dio las gracias varias veces y la cerró en mis narices. Bajé despacio las escaleras. Paseé hasta la plaza. Me senté en el banco. Al levantar la vista miré automáticamente a la ventana del sexto. Allí estaba la niña de los ojos azul intenso. Miraba hacia abajo con insistencia. Supongo que intentaba averiguar qué estaba pasando en el tercero. Me levanté deprisa para que no me viera y subí a casa.

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