¿Por Qué el Mundo es Tan Problemático?

Llevaba algunas semanas inquieto. No había ninguna razón para que lo estuviera pero igual lo estaba. Si tuviese que buscar una posible explicación se me ocurre que estábamos a punto de dejar los ochenta y parecía que nadie tenía la menor idea de lo que iba a pasar después. Pese a todas las ilusiones que habían circulado, pintaba que no iba a cambiar mucho la cosa. Diré en este punto que, después de diez años hablando de los ochenta, de la movida, de la liberación sexual, la barra libre de drogas y alcohol, yo había vivido toda una década sin sentir nada destacable. No es que no sintiera nada, es que no sentí nada destacable aparte de barullo oficial de quinceañero. Quizá mi entorno era demasiado vulgar, demasiado clase media recién ascendida como para tener la posibilidad de hacer o sentir de un modo sofisticado, de un modo digno de ser relatado (aparte de que la época de la preminencia del relato todavía estaba por llegar). No lo sé. Lo cierto es que estaba inquieto así que empecé a beber sin demasiado tino. Mi principal referencia, hasta donde recuerdo, era Robert Smith, el santificado cantante de los Cure. Me atraía su pelo despeinado con dedicación. Sus pantalones rotos. El pintalabios rojofuego corrido que no venía a cuento. La raya de los ojos pintada hasta convertirse en ojera. No sé dónde, vi que calzaba unas botas de inspiración militar con los cordones desatados aparatosamente, me gustaron e hice por conseguir unas. Probablemente fuesen unas Martens y, a lo mejor, no se las vi a Roberto Smith. Quizá se las vi a los Pistols. Pero yo no tenía ni idea de qué eran las Martens. Tampoco tenía muy claro qué era el punk pero me atraía el exceso. Paradójicamente, recurrí a los contactos de mi padre en el ejército español para conseguirlas. Imagino que imaginábamos que la inspiración de nuestras botas no era las de los ejércitos regulares destinados a mantener el orden y a ostentar el monopolio de la fuerza. Nuestras botas debían recordar, más bien, a las de grupos guerrilleros luchando contra fuerzas imperialistas y burguesas. Lo cierto es que, al final, conseguí labrarme una imagen que daba un cierto miedo a mi entorno demasiado clase media recién ascendida. Mis botas de militar desatadas. Mis pantalones vaqueros rotos. Camisetas oscuras sin planchar (bueno, desplanchadas con rabia porque mi madre tenía que cumplir con su deber). Me dejé el pelo largo. En realidad, debido a mi falta de rigor habitual, se trataba de un pastiche. No siempre mis camisetas o mis niquis eran adecuados. Mis pantalones podían ser, por ejemplo, unos Levi`s 501 que no cumplían el estándar punky por más rotos que estuvieran. Mi pelo crecía rizándose en las puntas y, además, los extremos se aclaraban dándome un aire más glam que punk. Me vi obligado a tomar medidas para endurecer mi imagen. Primero intenté dejarme barba, pero solo me salía un bigote escaso negro que mi sentido estético pequeño/burgués no conseguía aceptar. Después me hice distintos cortes de pelo que pretendían ser agresivos sin que en ningún caso lo llegasen a ser. Entonces empecé a escupir. Así, sin más. Un día escupí en la acera y provoqué el escándalo de mi padre. Otro lo hice en el patio y provoqué el escándalo de algunos de mis compañeros más refinados. Ya estaba. Era además bien sencillo. Con mantener una correcta hidratación podía provocar escándalo a mi antojo. Además, era compatible con mi gusto sin tino por la bebida. La cerveza, observé al poco tiempo, favorecía la formación de escupitajos densos que podía dirigir con garantías. Mi buena puntería hacía el resto. Como aquella tarde de viernes en la que andábamos en pandilla buscando algo que hacer. Yo llevaba una litrona en la mano y bebía grandes tragos cada poco. Tenía sed. Estaban los políticos de turno en plena campaña electoral así que en las farolas colgaban fotos de los candidatos. Después de dar un buen trago de cerveza, eructé, levanté la cabeza para dejar salir mejor el aire y, sin solución de continuidad, envié un proyectil desde mi boca hacia una de las fotografías. El gargajo se pegó en el mismo centro del ojo izquierdo del candidato y empezó a deslizar despacio por su mejilla. La imagen paradójica de un hombre ofreciendo su sonrisa más honesta mientras se le escapaba una especie de lágrima espesa y verdosa, provocó reacciones entre los representantes de cada una de las dos Españas que me acompañaban. Unos se regocijaron por la humillación del candidato adversario, los otros se indignaron por la falta de respeto a sus ideas. Como yo estaba decidido a abandonar mi vergonzante etapa socialdemócrata, ignoré la tendencia a la argumentación de mi cerebro y dije: la saliva no es más que un fluido natural de nuestro cuerpo y una foto es solo una foto, no entiendo tanto escándalo. Y volví a beber de la litrona. Escupí, al suelo esta vez, para dejar claro que me daba igual una cosa que otra. Se había iniciado una discusión sobre el concepto de respeto y los límites de la libertad individual. Una discusión, por otra parte, que se ha repetido durante toda mi vida en los mismos términos sin que se haya producido el más mínimo avance. Por eso ahora, me estoy planteando convertirme, por fin, en ácrata. La discusión se detuvo cuando encontramos algo mejor que hacer. Nos cruzamos con unos compañeros que celebraban uno o varios cumpleaños, no recuerdo. Lo cierto es que tenían una actitud muy contagiosa que nos obligó a unirnos a ellos. Yo no tenía planeado un fin de semana largo. Tenía que estar en casa antes de que se hiciese de día. Pensé  que debía empezar a tomarme en serio eso tan manido de que no se puede controlar todo. Los cumpleaños eran ocasiones para redistribuir riqueza. Todos éramos generosos con el extra de paga. No sé cuántas litronas pasaron por mi mano aquel viernes. Y no fueron solo litronas. Alguien trajo de fumar. Empezamos con el tabaco hasta que algún otro alguien, propuso hacernos unos porros. Esto era habitual. Una especie de iniciativa privada para fomentar la imagen de maldito o la imagen de emprendedor. Los egos, en definitiva, ajustándose a los estándares culturales que les han tocado en suerte. Así que eran ya las cinco de la mañana cuando quedamos los últimos, los que teníamos mayor margen para llegar a casa por la razón que fuera. Yo tenía cierto margen, ya lo he dicho, pero no tanto. Estábamos en un bar musical oscuro, cansados, hastiados, bajo los efectos resacosos de los últimos residuos de diferentes drogas. Sin saberlo empecé a comprender el concepto de adicción. Cualquier sustancia o actividad que te deja con ganas de más, que por sí misma te incita a repetir. Que te deja en el paladar del cerebro un agradable gusto de ven a por más. Escuché una frase suelta que se quejaba de que se hubiesen acabado los porros. Un rato después el último cigarrillo daba su última vuelta. Son momentos en los que el cuerpo se resiste a abandonar el estado de quietud. En los que la racionalidad comienza lentamente a invadir el espacio de la vida anunciando que es hora de dejar de fluir para volver al orden. Nuestros cuerpos se defendieron quedándose dormidos en los sofás sucios de aquel garito. Se encendieron las luces al mismo tiempo que un par de camareros nos zarandeaban para que nos fuéramos. Alguien conocía a alguien así que hubo saludos y se nos concedieron diez minutos de prórroga para despertar. Era invierno. Di un trago a un botellín de cerveza mediado que estaba calentándose sobre la mesa. Qué desperdicio. Volví a cerrar los ojos, me eché hacia atrás en el sofá. En ese momento, soñaba que mi cuerpo (no yo) estaba desnudo sobre una arena de color vainilla oscuro. Sentía con toda claridad el calor de la arena en los tobillos, en las lumbares, en los omóplatos. El sol, cayendo despacio desde un cielo de verano, se paseaba desde la punta de los dedos de mis manos hasta la parte superior de mi cráneo haciéndome cosquillas. ¿Se puede pasar así la vida entera? me preguntaba. Se encendieron más luces. Se había acabado la prórroga. Nos incorporamos poco a poco. Yo todavía tenía la carne de gallina por las cosquillas solares. Sobre la mesa baja había una bolsa de plástico transparente. Para que no os vayáis tristes, gritó una voz desde el fondo del bar. Desayunamos aquella sustancia en polvo. Yo no tenía muy claro qué era pero sí tenía claro que preguntar no era lo adecuado: los demás tendrían tan pocas ganas de explicar como yo. Salimos al frío esperando que el consuelo químico lo hiciese más llevadero. Entramos en un coche helado para dormir un rato. Algo, sin embargo, impedía que durmiésemos en paz. Anduvimos por la ciudad no sé cuánto tiempo. Estuvimos tomando un café en silencio en un bar de esos que ponen cruasán a la plancha para el desayuno. A medida que nos animábamos nuestro andar era más seguro. Quedábamos cinco, en aquellos momentos yo conocía el nombre de cada uno de los otros cuatro pero no hubiese podido decir nada más de ellos pese a que tres de nosotros nos conocíamos bien, mi mejor amigo estaba entre ellos. Una fuerza extraña nos mantenía unidos creando una sensación de comunidad en algún tipo de destino. Era la hora del vermú. En el segundo bar del nuevo día un grupo de chicas se unió a nosotros. El barullo alrededor era perfecto, diáfano, encajaba con nuestras conversaciones, con nuestros chistes, con nuestras miradas como si un director de película lo hubiera puesto ahí para nosotros. Una de la chicas tenía los ojos azulklein, otra llevaba un jersey de lana verdejade con un cuello enorme. Aposté que se lo había hecho ella misma. En un ataque de pragmatismo me pregunté de dónde salía el dinero para seguir pagando rondas, yo me había quedado sin un duro hacía horas. Abandoné el pragmatismo al mismo tiempo que brindábamos por los sábados por la mañana regados en vermú y un grupo próximo de machos adultos se animó a proponer un brindis por la chicas guapas mientras se movía descaradamente hacia las chicas con las que estábamos. Aquello desató mecanismos ancestrales de superviviencia. Hubo codazos, empujones, zarandeos, pero el ambiente festivo no se vio alterado. Quizá porque no eran horas. Cada grupo volvió a lo suyo. La chica del jersey verdejade propuso ir a comer a su casa. Brindamos por la comida casera y nos fuimos sin dejar de montar jaleo. A los postres brindamos con orujo de hierbas. Después del café alguien puso sobre la mesa güisqui, cocacola y un sobre de plástico transparente. Los ojos azulklein me miraban (o eso me parecía a mí) con insistencia. Tenía una ligera borrachera cuando brindábamos por los sábados por la tarde. Estaba inesperadamente sereno cuando brindamos por los sábados por la noche. Quizá porque siempre he sido muy sensible a los colores, unos ojos azulklein y un jersey verdejade me hicieron olvidarme de que era punky, ni un mal escupitajo eché en todo el día. A las tres de la mañana alguien me dijo al oído que era hora de irse a la cama. Miré alrededor, aquello era una discoteca, mis amigos saltaban en la pista, no parecía que hubiésemos llegado a nuestro destino. Dije buenas noches. Vi con el rabillo del ojo la estela de dos luces azules alejarse hacia la escalera de salida. Fui a mear. En el servicio de aquella discoteca se hacía de todo incluido lo que normalmente se hace en un servicio. Era un microcosmos con una humedad relativa bastante más alta que el resto del recinto. Vi a mi mejor amigo tirado en el suelo. Pensé que aquel no era el mejor sitio para tumbarse. Entre un revoltijo de piernas me pareció que intentaba incorporarse. Pero seguía tumbado. Entonces fue cuando me zarandearon a mí. Un par de empujones. Gritos e insultos. Gritos de la novia de no sé quién. Ante la perspectiva de caer en aquel suelo lleno de charcos de no se sabía qué, me dispuse a pelear. Me abrí camino entre piernas y brazos hasta mi amigo que había conseguido ponerse de rodillas. Le agarré por el cuello y tiré para sacarlo de allí. El resto no sé cómo se había enterado pero llegaba en ese momento para echar una mano. Salimos como pudimos. Nos reagrupamos en la escalera mientras los gorilas del garito sacaban a puñetazos a la docena de personas que estaba enzarzada en poco más de tres metros cuadrados. Transmitían sensación de alivio, de que por fin, después de toda una semana entrenando, podían soltar los guantazos por los que se les pagaba. Fuera hacía más frío que la noche anterior. Nos recompusimos cuando pudimos ponernos nuestros abrigos. Necesitábamos un culpable. Tan pronto como recuperamos el aliento, empezamos a recapitular los hechos. Interrogamos a conocidos que salían de la discoteca. Fuimos a los lugares habituales de esa hora a hacer inventario de quién andaba por ahí. Preguntamos a todos con los que nos cruzamos. Nos llevó varias horas y varios cafés pero conseguimos los nombres. Eran las nueve de la mañana y teníamos un pequeño ejército de trasnochadores que estaban dispuestos a colaborar en la venganza. Los hechos eran los siguientes: la del jersey verdejade era la novia de uno que iba a un colegio rival. Mi amigo se encontró con ella en la escalera cuando se iba con su amiga de los ojos azulklein. Lamentó de corazón que se fuese tan pronto. La del vestido verdejade, conmovida por la pena de mi amigo, se dejó querer un rato. Al irse, le dio un beso en la boca. Estaba claro que mi amigo no tenía la culpa de ser un tipo tan atractivo. Todos supimos que era necesario vengarse. El plan era como sigue: Sabíamos en qué bar se reunían los culpables a tomar el vermú del domingo. Iríamos a ese bar hacia el mediodía. Esperaríamos a que llegasen. Entraríamos en el bar y les daríamos su merecido. Volvíamos a ser punkies, pensé aliviado. A las diez empezaron las primeras bajas en el ejército. Algunos tenían que irse, no podían quedarse más. A las once éramos seis de los trece que trazamos el plan. A las once y media nos quedamos cuatro. A cinco minutos del mediodía, cuando ya acechábamos la puerta del bar, nos quedamos solos mi amigo yo. Por supuesto que no íbamos a amedrentarnos, teníamos que hacer lo que teníamos que hacer. A aquellas alturas ya sabíamos que el miedo era un asunto de mediocres. Estuvimos a punto de quedarnos dormidos en el bar de enfrente. Pedimos una cocacola en el momento en el que los culpables hacían su aparición en su bar que estaba hasta los topes. Desde donde estábamos, pudimos ver cómo saludaban con efusión a los que estaban dentro. Se colocaron hacia la mitad de la barra. Eran casi las doce y media. Espiamos durante otros diez minutos sin que hubiese movimientos destacables. Aquello no iba a cambiar en, por lo menos, un par de horas, no había ninguna razón para esperar. Gritamos a por ellos. Gritamos putos fascistas. Escupimos dos veces y salimos corriendo hacia la puerta del bar. La abrimos. Gritamos los nombres de los culpables mientras entrábamos lanzando puñetazos a todo aquel con el que nos cruzábamos. Llegamos a la mitad del bar porque los que estaban dentro no acababan de creerse lo que veían. Supongo que estarían pensando que un ejército de locos había entrado a matarlos a todos. Lanzamos más puñetazos. No tengo ni idea si hicimos algún impacto, ni si causamos algún daño, lo cierto es que los del bar se debieron dar cuenta de que el supuesto ejército eran solo dos individuos con cara de no haber dormido. Se dispusieron a ponernos en nuestro sitio. Lanzamos algún golpe más. Paramos de pronto. Miré a mi amigo. Mi amigo miró a la puerta. No había tiempo para decir nada. Nos dimos la vuelta y empezamos a empujar en dirección a la salida. Gritábamos. Lanzábamos golpes. Lanzábamos patadas. Supongo que todavía había algo de desconcierto porque llegamos sin demasiados problemas a la puerta abierta. Algunos curiosos se asomaban. Una vez fuera seguimos corriendo. Miramos atrás, nadie parecía haber estado en condiciones de seguirnos. Nos miramos. Movimos la cabeza. Escupimos tres veces. Nos miramos. Escupimos de nuevo. Estaba claro que nos importaba una mierda la bronca que nos esperaba al llegar a casa.

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