Es Muy Fácil Perder un Amigo

Después de dos días metido en casa me he dicho que la lluvia no era para tanto y he salido a la calle. He andado sin rumbo durante más de una hora. Solo podía oír el ruido de las gotas en la membrana de la capucha, el que hacen al golpear en los charcos creando burbujas y el escupir agua de los coches al pasar deprisa sobre los charcos. No había casi nadie en la calle. Algunos corredores de esos a los que les gusta la épica. Algunos adolescentes que venían del partido dominical. Algunos niños que corrían hacia el coche en el que les esperaba sus padres.  Cansado, he buscado un bar. Me he ido hacia uno en el que había cierto ambiente. Dos jóvenes de unos veinticinco o treinta años hablaban en la puerta. Uno parecía querer irse. El otro le retenía en el quicio de la puerta agarrándole suavemente del brazo. Hablaban intensamente no sabría decir de qué. Me he tenido que quedar esperando unos segundos a que se decidieran. El que parecía querer irse se ha girado ligeramente hacia dentro como si fuese a cambiar de idea, pero en el último momento ha dicho no pasa nada y se ha vuelto otra vez hacia la calle. El otro ha hecho un poco más de fuerza en el brazo para retenerle. Al sentir que no iba a pararlo, ha levantado ligeramente la voz y le ha dicho no es tan fácil perder un amigo. Me he sentido mal porque me ha parecido que la situación se ha precipitado por mi culpa, porque yo quería entrar. Igual debería haberme dado la vuelta y haber seguido mi camino. Quizá si lo hubiese hecho, pienso ahora, esos dos jóvenes seguirían siendo amigos. Dentro del bar el ambiente era cálido. La frase del joven había quedado flotando entre la barra y la puerta de salida.  Me han dado ganas de acercarme a él y decirle, creo que te equivocas, es muy fácil perder un amigo. Entre los ocho y los dieciocho años yo tuve un gran amigo. Probablemente mi mejor amigo durante esos diez años. El año en el que cumplió catorce años (yo los había cumplido un mes antes) me di cuenta de que había dejado de hablar cuando había más de dos personas con él. Solo escuchaba y, de vez en cuando, nos sorprendía con alguna frase relativamente extravagante. Era divertido. Cuando estábamos solos, se comportaba como siempre, como yo suponía que él era. Este comportamiento selectivo se fue agravando con los años. Le observé durante cuatro años más sin entender muy bien qué sucedía. Unos decían que era del Madrid, otros que era del Barca. A mí él siempre me había dicho que no le gustaba el fútbol. En ocasiones me vinieron a decir que se había hecho de derechas, otras que coqueteaba con el socialismo. Delante de mí, defendía ser anarquista. Algunos me dijeron que no le gustaban las chicas, otros, que le gustaba mi novia. Él me dijo que tenía cosas más importantes que hacer que perder el tiempo con las mujeres. Cuando hablábamos de trabajo se mostraba decidido a seguir su sueño, a ser músico. Otro amigo común me comentó un día que a él le había dicho, muy convencido, que lo importante era ganar pasta y dejarse de líos. Cuando estábamos en grupo, él cada vez estaba más callado, cada vez seleccionaba más a quién acercarse y qué comentarios extravagantes hacer en cada situación. Dejó de manifestar opiniones sobre las cosas. Se iba refinando. Parecía querer mandar mensajes subliminales. Ridiculizar a uno o a otro. Estigmatizar a alguien. Desautorizar a cierta persona. Eran mensajes escasos, es cierto, así que procuraba no darlos demasiada importancia, al fin y al cabo, era mi mejor amigo. Aun así, no podía negarme que sentía como si sus frases tuviesen siempre un sentido oculto inconfesable. Como si se estuviese alejando poco a poco hacia una oscuridad que me era ajena. Cuando ya teníamos dieciocho años  un día decidí que había que hablar de ese malestar. Disiparlo para siempre. Recuerdo bien que me resultó muy complicado encontrar el modo. En cuanto empecé a hilvanar palabras comprendí que era un error. Que hay cosas que están más allá (o más acá) del discurso.Él puso cara de póquer, me pidió datos objetivos, me dio una explicación convincente para cada supuesta contradicción. Su cara era la de un cordero lechal a punto de ser degollado cuando me decía que había cosas que a él, tan inferior a mí, se le escapaban. Dijo no sé lo que quieres decir. Juro que lo intenté, lo juro. Le miré despacio, una sombra fría me atravesó la piel. Me callé de pronto. Estaba helado, no podía decir nada más. Me fui como el joven del bar se había ido: en silencio, hacia la calle, hacia la lluvia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios